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Un coloso de la ciencia se pasea por Montevideo.

Seguramente muchos montevideanos se cruzaron por la calle con este
hombre, verdadera cumbre del pensamiento cientifico del siglo XIX, cuyas
ideas revolucionaron la manera de mirar el mundo, sacudieron al universo
religioso, influyeron en la filosofia
de su tiempo. Sus peculiarisimos
aportes cambiaron de raiz, no solo a las ciencias naturales campo
especifico de su actividad sino tambien a muchas otras ramas del
saber, con sus conceptos sobre la evolucion de las especies, la
seleccion natural, la lucha por la supervivencia. Nada fue igual despues
del paso de Charles Darwin por el mundo cientifico.
Y, como es sabido, este verdadero coloso de la ciencia y el pensamiento
llego a Montevideo un dia de 1832, y seguramente camino por la Plaza
Constitucion, contemplo la Iglesia Matriz, transito por nuestra Sarandi,
paso bajo el arco de la Ciudadela.
Uno se imagina los homenajes oficiales que se le habran tributado, las
comitivas que salieron a recibirlo, los actos academicos de
reconocimiento; y hasta el rechazo inevitable de la Iglesia que lo
demonizo o poco menos (el hombre descendiendo del mono!, el
desconocimiento del papel del Creador, etc.).
Sin embargo, no; ningun homenaje, la menor resonancia tuvo la presencia
de este hombre eminente entre nosotros. Y ello por una razon mas que
sencilla: que no era nada eminente y nadie habia oido hablar de Charles
Darwin cuando estuvo aqui; esas dos palabras, que tanto resonarian
despues, no se habian escuchado todavia ni en el Uruguay ni en el mundo.
Es que el Darwin que se paseo por nuestra ciudad era entonces casi un
imberbe. Lo que en todo caso algun montevideano habra presenciado, sin
tomar ninguna nota de su observacion, habra sido un muchacho con aspecto
extranjero, de rostro serio y reconcentrado, que en actitud atenta iba
descubriendo lugares y costrumbres de una ciudad para el remota y
desconocida. Tenia apenas 22 anios.
Pero eran, por cierto, unos veintidos anios nada corrientes en ninguna
parte del mundo. En efecto, recordemos que Darwin llego a Montevideo
formando parte de un proyecto cientifico admirable propiciado por el
gobierno ingles: dar la vuelta al mundo en cinco anios de navegacion,
conociendo todos los mares y continentes, para hacer lo que se podia
considerar como un relevamiento cientifico completo del planeta. Nada
menos.
Con tan grandioso objetivo se fleto un bergantin llamado a hacerse
famoso, el Beagle, comandado por otro joven, el Capitan Fitzroy, de
veinticinco anios tan solo. Cuando el Beagle llega a Montevideo en
aquel 1832, llevaba recien ocho meses de viaje de ese total de cinco
anios previstos para el periplo completo.
Al Gobierno britanico no le habia resultado nada facil encontrar los
hombres de ciencia, del calibre y talento requeridos, dispuestos a
afrontar los avatares de cinco anios de navegacion por todos los mares y
tierras del mundo. Pero Charles Darwin acababa de completar sus estudios
de naturalista en Cambridge, y este muchacho de espiritu inquieto y
recien salido de las aulas no dudo en registrarse como candidato,
intuyendo quizas que recogeria en el viaje conocimientos inestimables,
como en efecto ocurrio. Sus antecedentes universitarios lo favorecian y
en definitiva fue aceptado.
La labor que llevo a cabo fue gigantesca, pues aprovecho su viaje para
investigar y estudiar las facetas mas diversas de la naturaleza: tanto
animales como vegetales y minerales. No hay duda de que este trabajo
paciente y exhaustivo de recopilacion de datos e informaciones de
primera mano, le tiene que haber brindado un basamento formidable para
arribar mas adelante a la formulacion de sus revolucionarias teorias.
Los comienzos de su aventura no fueron, por cierto, nada auspiciosos: el
mismo dejo narrados los padecimientos que debio sufrir a causa del
mareo, las tempestades, lo poco confortable de la vida a bordo, al punto
de que las primeras semanas las tuvo que pasar tendido en una hamaca.
Pero su voluntad ferrea pudo mas, logro adaptarse a aquellas condiciones
tan adversas y al final consiguio llevar a termino con exito su ciclopea
tarea.
Mientras tanto, que hizo el joven Darwin entre nosotros? A que dedico su
tiempo en el Uruguay? De que le sirvio el conocimiento directo de
nuestro pais?
Se sabe que el Beagle permanecio fondeado en nuestro puerto poco mas
de cuatro meses. Durante ese tiempo, Darwin incursiono en variados
lugares de nuestro territorio, recopilando datos y observaciones. Se
sabe que anduvo por Maldonado, Pan de Azucar, Arroyo de la China, Aigua,
Colonia, Soriano.
Segun consigno en sus anotaciones, le llamo particularmente la atencion
la falta de bosques en toda esa zona, asi como la extraordinaria
abundancia de un cardo comestible que, segun averiguo, habia sido traido
por los espanioles, y que en nuestro suelo se arraigo con tanta fuerza
que llego a expulsar a otras plantas autoctonas. (Parece inevitable
preguntarse si ese ejemplo tan vivido de disputa por el espacio
disponible, no habra contribuido a despertar en el joven Darwin la idea
de la lucha de las especies y la supervivencia del mas apto).
En fin, no deja de ser conmovedor pensar que tuvimos a Charles Darwin en
Montevideo en aquel setiembre de 1832, por mas que ignorado en el
momento. No deberan pasar mas de unos lustros para que el paseante
desconocido de nuestra ciudad provocara un verdadero cataclismo en el
mundo de la ciencia y la filosofia de Occidente, cuyos ecos no se han
extinguido del todo todavia.
Milton Schinca - Boulevard Sarandi
Memoria anecdotica de Montevideo de la Colonia a nuestros dias.

Albert Einstein
visita Montevideo
El viejo vapor de pasajeros
atracó en el puerto una madrugada muy fresca. En el muelle, la gente que esperaba al
viajero demostraba ese cierto nerviosismo esperanzado de quienes esperan vivir un momento
excepcional. En ese apacible otoño de 1925, a las 8 de la mañana, Albert Einstein
desembarcó en Montevideo. Llegó procedente de Buenos Aires, adonde había viajado para
dictar varias conferencias. Pese al trajín del largo viaje que lo trajo aquí como una de
sus escalas, al descender del navío no parecía cansado. Autoridades nacionales y
universitarias, admiradores de su obra de investigación científica y simples curiosos
atraídos por su fama se agolparon al pie de la escalerilla del barco para encontrarse con
un cuarentón pequeño, de cabello y bigotes todavía oscuros. Las fotos de época que
conservan la imagen de este momento lo recuerdan sin las trazas de pajarraco alucinado con
que suelen representarlo sus fotografías más difundidas, aquellas que fueron tomadas
para la campaña pacifista de la década del '50. Oficialmente fue recibido por el
arquitecto Jacobo Vázquez Varela en nombre del Consejo Central de la Universidad de la
República, por Virgilio Sampognaro en representación del Ministerio de Relaciones
Exteriores, por Carlos Maggiolo como representante de la Facultad de Ingeniería y por
Luis Ponce que le esperó en nombre del Consejo Comunal de la ciudad. El mito dejaría en
los uruguayos la misma impresión que dejó a lo largo de toda su vida, en cualquier
rincón del mundo: bonhomía, humildad, llaneza... y un claro desconcierto en unos y en
otros. Tanto en quienes esperaban al supremo intelectual, al revolucionario de la física,
al teórico de élite, como en quienes esperaban al excéntrico, al loco, quizás al
sibarita. Ya en ese primer encuentro, Einstein demostró poseer una gran cordialidad para
encarar sus relaciones personales y dejando de lado todo protocolo impuso a su visita,
desde su llegada, un tono de informalidad. Einstein fue recibido en sesión solemne por la
Cámara de Senadores, pronunció una conferencia sobre la relatividad en el Paraninfo de
la Universidad de la República, visitó la Facultad de Ingeniería, ubicada en esa época
en la avenida Uruguay y se fue para no volver jamás.
Einstein y Vaz
Ferreira
en la Plaza de los Bomberos
Una tarde, el notable físico,
que aportó al conocimiento de este siglo la Teoría de la Relatividad y la concepción
del campo unificado, recorrió a pie el centro del Montevideo de la época, acompañado
por Carlos Vaz Ferreira, su anfitrión. Como dos amigos, se sentaron imprevistamente a
conversar en un banco de la plaza Artola, que no es otra que la llamada, popularmente,
Plaza de los Bomberos. Los dos hombres, en ese momento ya personalidades sobresalientes de
su tiempo, se conocían y profesaban un afecto mutuo, sustentado fundamentalmente en el
respeto intelectual. Ambos leían sus obras y gustaban de intercambiar correspondencia
para tratar, a la distancia, temas de interés común. Era lógico, entonces, que
aprovecharan este encuentro para charlar, sin testigos, en un momento de privacidad. Sin
embargo, la prensa de la época recogió, al menos en parte, la conversación.
Mi concepto del
universo es circunferencial. Partiendo de un punto, la línea parece que se aleja de él,
pero en realidad a él se acerca y en él termina. Quiero decir, que lo que se aleja, se
acerca, que lo que se va, viene; que lo que está aquí, está realmente allí; que la luz
es la sombra; que lo que es, no es... explicó el ilustre visitante a
su dilecto amigo, enfrascados ambos en la aventura de una plática personal, directa, que
hasta ahora había sido esquiva. Con asombro, un periodista del diario El País seguía
paso a paso la conversación. Con la mayor discreción del mundo, y haciendo gala de un
envidiable sigilo, recogió el diálogo en una versión taquigráfica que el matutino de
la Plaza Cagancha publicaría en su edición del 25 de abril de 1924.
No creo tanto pero
sí que lo que se aleja puede en realidad estarse acercando; que lo que está aquí puede
realmente estar allí; que la luz puede ser la sombra; que las apariencias engañan, que
lo que es, puede ser que lo sea y puede ser que no... replicó Vaz
Ferreira, cuyo placer por la polémica de ideas era bien conocida en su tiempo.
Fijaos en la luz del
sol... insistió Einstein.
¿Y quién puede afirmar
que esa luz es del sol y que el sol es él? interrogó el filósofo uruguayo.
Es que seguramente ni el
sol es el sol, ni la luz es la luz, ni que la estoy viendo, ni yo soy yo...
dictaminó Einstein que, en el transcurso de la charla que ambos sostuvieron, habló en un
español llamativamente claro.
Yo no llego a ser tan
radical contestó Vaz Ferreira al decir que no afirmo que yo no sea yo,
pero digo que es posible que no lo fuera o que lo fuera , al incursionar en una de
sus líneas argumentales favoritas.
Usted dice que dice, pero
por mi teoría, en verdad, no dice nada... zanjó el hombre que hacía tambalear los
cimientos de la Física en el primer cuarto de siglo.
Y por la mía, usted
puede ser que esté diciendo algo y puede ser que no, ratificó en sus trece el
autor de Lógica Viva.
Llegados a este punto, Einstein
tomó el toro por los cuernos: ¿Hablo con Vaz Ferreira?, preguntó. La
respuesta no se hizo esperar: Según mi teoría puede ser que sí, sentenció
muy seguro su anfitrión. Y a continuación, retrucó: Y yo, ¿hablo con
Einstein?
Fuente: Julio
Varela
Revista Posdata: Nº 13 2/12/1994
| Carta íntima de
Joan Manuel Serrat a la ciudad de Montevideo |
Querida Montevideo:
Ayer hablé por teléfono con Galeano y me contó que el tiempo está muy inestable
por ahí. El invierno empieza a mostrar su cara de palo y los plátanos de sombra ya
están arreglando sus cosas antes de echarse a dormir.
Cuando nos vimos las caras por primera vez, Montevideo, verdeabas por los cuatros
puntos cardinales y las muchachas se desparramaban adormiladas en los pastos del
Parque Rodó, robándole el brillo al Sol del mediodía para llevárselo puesto. Era
noviembre de 1969. Aquel año fue el primero de mi vida que tuvo dos primaveras.
Viajé desde Buenos Aires con Edmundo Rivero, el de las manos como capazos y la voz de trueno; con él
compartía cartel en el Parador del Cerro. Vine para un par de días, con urgencias, como siempre, y, nada más llegar, después de atender un par de
periodistas, tan convencidos como yo de lo efímero del éxito, en especial el mío, salí
del hotel con la intención de bajar al puerto a cumplir con una antigua promesa:
encontrar la sombra perdida del Graf Spee.
De niños, el Tito y yo, conmovidos por el heroísmo de aquellos marineros, rubios
como la cerveza, que hacían de buenos en la película, nos juramentamos, al salir del
cine, que, en cuanto fuésemos mayores, iríamos a Montevideo a echarles una mano
a aquellos desventurados tipos, aunque fuesen alemanes; así que, aprovechando la
ocasión, aun a sabiendas de que era demasiado tarde para hacer nada por ellos, eché a andar con moderado
entusiasmo al encuentro de mis fantasmas infantiles. De cualquier modo, aunque no
sacase nada en claro del Graf Spee, siempre me quedaba el Tito quien, en nuestra anual
conversación en el Bar Juanito, escucharía generoso el relato ampliado y aderezado de este rescate de
recuerdos.
Pero tú querías llamar mi atención con otras cosas, Montevideo.
Querías que te viera, que me fijara en ti, que me dejara de pavadas de Graf Speeses
y marineritos heroicos y que me enredase en tus redes. Por eso abriste para mi la
cajita de los asombros y, justo al salir del hotel, aprovechando mi torpeza habitual,
me hiciste pisar una bosta de caballo. En plena Plaza Independencia. En 1969. Una
rotunda bosta de caballo en la puerta del Hotel Victoria Plaza, antes de Moon.
Yo , que había salido a buscar perfumes de niñez me di de morros con ella. Qué
admirable y qué insólito se veía en el asfalto aquel trofeo verde y oro. No por el
hecho en sí, claro, no por el lugar elegido por el animal para cagar, sino porque aún
rondasen caballos por el centro.
Aquella bosta le dio una vuelta de tuerca al destino. Me devolvió a los cuarteles de
invierno de los años idos. Encendió mi curiosidad empujándome a buscar debajo
de tu vestido. Me llamaste y yo atendí y me dejé llevar.
Olvidé el asunto del Graf Spee y a Tito. Olvidé el programa previsto. Incluso olvidé
una visita concertada al Estadio Centenario -por cuyas tripas, si uno le pone atención, al
atardecer, se escucha el tintineo metálico de los tacos- y caminé a donde quisieron llevarme mis zapatos. Como un
gurí por la murga, me dejé llevar por calles engalanadas de forchelas; calles en las que aún estaba caliente el
recuerdo de Xirgú y donde los diarios voceaban nombres desconocidos que iban a tardar poco en
serme cotidianos; calles que aguardaban todo el año la vuelta del Carnaval, agotadas sus existencias de
longanizas para atar perros ; veredas por las que los hinchas de Nacional caminaban
agrandados con títulos libertadores e intercontinentales bajo el brazo como quien se exhibe con el termo para
cocer el mate de la gloria.
El termo. ¿ Quién dijo termo...? El termo y el hombre. El termo y la cancha. El termo y
Dios.
Qué insólito espectáculo, querida, para unos ojos profanos, contemplar a unos
ciudadanos comunes, en su mayoría tipos respetables, yendo y viniendo de sus quehaceres cotidianos con ese artefacto que uno cree
reservado a situaciones de emergencia, con la mayor de las naturalidades, enganchados a él como un yonqui a
la heroína. Aun reconociendo el aporte tecnológico que el termo representa para la
cultura de la yerba (mate), no deja de ser chocante para unos ojos profanos, repito.
Aquel día, caminé tus calles como nunca he vuelto a caminarlas mientras tú, Montevideo, hacías todo lo
posible por deslumbrarme. Unas veces de frente y otras por sorpresa. Me llevaste a comer achuras al Mercado del
Puerto, nos tumbamos en la tarde de Pocitos y juntos amanecimos en el Cerro. Me trajiste a Alfredo y a Daniel
y al loco del Sabalero y a la dulce Vera y yo te llevé conmigo al Este, a comernos las
noches con Nana, con Manolo, con la Camerata.
Me gustaste desde el primer momento, Montevideo, pero fue más tarde cuando me enamoré de ti. Fue cuando te
exiliaron y te viniste a mi casa con lo puesto. Ahí, mirada triste, sueños torcidos, carnes torturadas; ahí te conocí,
Montevideo; ahí te sentí como algo mío, y ahí nos juramos amor eterno.
Joan Manuel Serrat
Revista MonteVIdEO Ciudad Abierta Nro. 15
I.M.M. - Setiembre 1999
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