Gracias
por la tregua
Nadie
compró el primer libro que publicó. Vivió en 22 barrios montevideanos que hoy
son hojarasca. Hace pocos días, España le concedió el Premio Menéndez Pelayo y
48 mil euros. Él los va a invertir en el Alzheimer que sufre Luz, su compañera
de toda la vida. En esta charla frente al Río de la Plata, Benedetti recuerda la
vez que encontró un borracho muerto en una cueva, el tifus y el ómnibus que casi
lo matan. A los 85 años, este viejito bonachón se salva inmóvil al lado del
camino.
Apenas menciono mis intenciones de entrevistar a Mario Benedetti, todos tienen
algo para decir. El 90% de lo que dicen es hojarasca. Mi opinión también es
hojarasca, una más entre tantas erróneas construcciones que fabricamos los
simples vulgares. Recibo respuesta afirmativa al pedido de entrevista en mi
casilla de correo electrónico. La cita es para un viernes a las diez de la
mañana en su piso (departamento) céntrico. Michelini casi Dieciocho. Puntualidad
británica. Intento dejar la hojarasca en la planta baja. No quedan muchas
oportunidades para estar cerca de un gran escritor, un testigo privilegiado de
una ciudad y un tiempo que ya no existen. No quiero desaprovechar esta cita con
un conocedor del mayor secreto de la literatura: el de la comunicación directa
con generaciones de jóvenes que devoran y seguirán devorando cuentos y poemas de
su autoría.
¿Cómo un eficiente taquígrafo y sensato oficinista logra convertirse en el más
famoso de los escritores uruguayos?
-¿Cómo se lleva con el correo electrónico?
-¿Con el e-mail? Bien, me llevo muy bien. Me sirve para comunicarme con
muchísima gente. Lo abro todas las mañanas. Siempre tengo una gran cantidad de
mensajes, aunque también muchísimas cosas inútiles que no tienen nada que ver
conmigo.
-¿Utiliza el computador para su obra literaria?
-Escribí y sigo escribiendo los originales a mano. Lo que cambió ahora es que
paso los textos a la computadora, como durante tantos años lo hice en una vieja
máquina Olivetti. Y además, como tengo una letra medio confusa, que a veces ni
yo la entiendo, la computadora también es mejor para hacer las correcciones.
-¿Los originales de “La tregua” también los escribió a mano?
-Esa novela la escribí toda a mano. En un mismo café.
-¿En qué café?
-En el Sorocabana de la calle 25 de Mayo. Porque en lo de Piria, donde yo
trabajaba en ese entonces, nos daban dos horas libres al mediodía. Y en vez de
ir a Malvín, donde vivía, me iba al café. Y ahí escribí toda “La tregua”. Toda,
toda.
-¿Cuánto tiempo le llevó?
-La escribí bastante rápido. Menos de un año.
-¿Nunca utilizó el oficio de taquígrafo en el proceso de escritura?
-No. Las obras literarias las escribo con mi letra. Lo de taquígrafo fue
solamente un oficio, para ganarme la vida, entre otros trabajos.
-Un oficio que se volvería obsoleto por el avance tecnológico...
-Es verdad. Ya no se usa. Incluso le llaman taquígrafo en España a una maquinita
que no tiene nada que ver con los sistemas de signos que utilizábamos en la
época: el Martí, el Pitman o el Gabelsberger. El que más se prestaba para
nuestro idioma era el Martí.
-La actividad que sí se relaciona con la taquigrafía es el periodismo. ¿O me
equivoco?
-Es como decís. Toda mi trayectoria periodística -exceptuando las páginas
culturales- fue con la taquigrafía. Siempre recuerdo una vez, siendo taquígrafo
de “La Mañana”, que me mandaron a que le hiciera un reportaje al presidente de
Ancap (N. de la R.: empresa estatal que se encarga del petróleo y los alcoholes
en Uruguay), porque recién había aparecido el whisky nacional. Apenas llego, me
dice: “Éste es el que sale ahora, un gran whisky. Pero para que puedas comparar
la calidad con los escoceses, te voy a dar a probar de estas diez marcas
diferentes”. Me agarré una mamúa (borrachera) como nunca en mi vida. Salí a los
tumbos, agarrándome de las paredes, hasta que llegué al cine Plaza. Pasaron tres
veces la película, y yo, frito. Cuando me despierto no sabía qué hacer con la
nota. De repente miro la libreta y estaba en taquigrafía todo lo que había dicho
el presidente de Ancap. Y la nota que hice, en la que conté toda la experiencia,
tuvo mucho éxito.
-¿Tuvo otros trabajos aparte de ser taquígrafo?
-Sí. Mi primer trabajo fue en una casa importadora que se llamaba Will L. Smith.
Ahí fui pinche (junior), luego oficial de contaduría y terminé como cajero,
atendiendo al público. Después pasé a la Contaduría General de la Nación, donde
fui secretario de Previtali, que en aquella época era contador general; gracias
a él conocí casi toda la República.
MUERTO DE BORRACHO
-Y antes, de niño, supo conocer 22 barrios montevideanos, como le sucede al
personaje de “La borra del café”.
-Eso aparece en la novela, pero no lo pongo como mío, aunque yo también haya
vivido en 22 casas... Fue terrible. Mis padres tenían como una manía por
mudarse. Lo tremendo era que mi padre era químico. Y tenía laboratorio. No sabés
lo que era mudar un laboratorio, con todos los microscopios, las probetas, los
aparatos... Aun así, el barrio que consideré mi barrio, en Montevideo, fue
Capurro. Vivimos ahí un tiempo, cuando mi padre fue director en Ancap. Vivíamos
enfrente de una cancha, que ya no está más, y los domingos íbamos a ver los
partidos. Muy cerca también de Parque Capurro, que estaba medio abandonado y
tenía cuevas en las que con los amigos del barrio jugábamos a los ladrones y
policías. Una vez, en una de esas cuevas, encontramos un borracho muerto. Y no
le dijimos nada a los mayores...
-A veces se piensa que en aquellos años, en Montevideo, todo estaba al alcance
de la mano.
-Puedo confirmarte que no era así. Para nada. Cuando me casé, por ejemplo, llegó
un momento en que necesité tener tres trabajos para solventar la vida
matrimonial, sin contar que Luz, mi mujer, trabajaba en la Aduana. ¡Qué iba a
ser fácil! Había que ganarse la plata. Fui hasta corredor de libros. Hice tantos
trabajos que ya ni me acuerdo de las cosas que hice... Y siendo muy joven, poco
antes de casarme, la pasé muy mal cuando estuve enfermo.
-¿Es verdad que tuvo el honor de ser el primer funcionario de Contaduría General
de la Nación en contraer el tifus?
-Cierto. Estuve muy grave. Bajé no sé cuántos kilos y me dejé la barba. Me
acuerdo que la primera vez que salí a caminar, penosamente, por Agraciada,
llegué hasta donde estaba la Casa Soler, y pensé en sacarme una foto antes de
afeitarme. Entro en una casa de fotografía, y el que me atiende me pregunta si
estuve enfermo, como que me ve demacrado. “Tuve tifus, recién salí del tifus”,
le contesté. Y para peor, el tipo que me toma el pelo: “¡Qué lástima! Si me
hubiera dicho tuberculosis, colgaría un retrato suyo ahí, en la pared, pero
tifus”. Así que mi primera salida me dejó medio malparado. Y a los pocos días,
que andaba todavía muy débil, me agarró un ómnibus por la calle Rondeau. Me hice
varias heridas en las piernas y en los brazos. Cuando llegué a casa, mi viejo no
podía creer que recién salido del tifus me hubiera agarrado un ómnibus.
-¿En ese tiempo estaban de novios con Luz?
-Sí. En esa época éramos novios. Nos conocimos desde niños, porque nuestros
padres eran muy amigos. Estudiábamos, preparábamos exámenes juntos. Fue una
vieja vinculación que de pronto se fue transformando en algo amoroso.
-¿Le leía poemas a su novia?
-No, pero cuando estuve viviendo en Buenos Aires, trabajando como secretario del
líder de la secta Raumsólica, un cretino que me llevó para allá, y recién ahí me
avivé de todo lo sinvergüenza que era, entonces yo le mandaba a Luz cartitas con
poemas. Y ella me contestaba. Así que después de un largo noviazgo, nos casamos
en marzo de 1946.
-Y por esos años publica el primer libro, un poemario pagado de su propio
bolsillo...
-Un muchacho muy macanudo, que se había hecho muy amigo mío porque habíamos sido
compañeros de clase en el Liceo Miranda, tenía una imprenta, y entonces me
cobraba baratísimo. Los libros salían horribles, pero era la única posibilidad
que tenía de editar. Así fue que publiqué “La víspera indeleble”, mi primer
libro de poemas. Un libro malísimo, que nunca reedité ni incluí en “Inventario”.
No vendí ningún ejemplar... Tuve que esperar hasta los “Poemas de la oficina”
para encontrar lectores.
-“Poemas de la oficina” se publicó en 1956, diez años después que el primer
libro.
-Me acuerdo que en esa época estaba en la sección contaduría, y me avisan que
tengo una llamada. “Una llamada para usted, el señor Carlos Quijano”... En la
oficina se armó un revuelo bárbaro. “Lo llamo porque me gustaron mucho los
poemas que publicó”, recuerdo que me dijo Quijano al teléfono. Yo casi me
desmayo. A partir de ese momento es que me vinculo con “Marcha”.
-¿De qué manera existió la llamada generación del 45?
-El punto de unión que nos acercó a unos con otros fue “Marcha”. Porque por el
semanario pasaron también Emir Rodríguez Monegal, Idea Vilariño y Carlos
Martínez Moreno. Ahí nos fuimos vinculando y empezamos a publicar “Número”, una
revista literaria que estuvo muy influida por la literatura europea.
Publicábamos traducciones del inglés, del francés y del alemán. Antes yo había
dirigido “Marginalia”, revista en la que traduje, entre otras cosas, textos de
Kafka. Cuando ocurrió la Revolución Cubana, los de “Número” fuimos los que la
apoyamos.
-Sí que marcó a la generación de ustedes ese episodio histórico.
-Nos marcó a todos. Los de “Asir”, por ejemplo, fueron contrarios a la
Revolución Cubana. Y se produce también el distanciamiento de Rodríguez Monegal
de nuestro grupo, por esa misma causa. Para nosotros, él se había vendido al
imperialismo. Un poco fue así, porque le ofrecieron dirigir, en París, una
revista que se llamaba “Mundo Nuevo”. Esa revista estaba financiada por la CIA,
y él decía que no. Me ofreció a mí un sueldo de dos mil dólares por la
subdirección, lo cual era bastante suculento en esa época. Y le dije que no, que
no quería saber nada.
-Me quedé pensando en que, de alguna manera, su literatura comienza a abordar
temas políticos desde esos años, desde principios de los ’60.
-Aparece alguna cosa en la obra literaria, pero te diría que no es tan así. Sí
escribí muchos artículos periodísticos, políticos, a partir de la Revolución
Cubana.
-¿Y el caso de la novela “El cumpleaños de Juan Ángel”?
-Tampoco se puede decir que “El cumpleaños de Juan Ángel” la hice por una
experiencia política que hubiera vivido... Pero como trataba sobre unos
guerrilleros que se escapaban por un túnel, me acusaron de darles la idea a los
tupamaros para la fuga de Punta Carretas. Las pasé amargas con ese libro.
-Debo confesarle que de sus libros, mi preferido es “La muerte y otras
sorpresas”.
-Es raro. No creo que sea mi mejor libro de cuentos.
TOCANDO FONDO
-¿Tal vez lo sea “Montevideanos”?
-“Montevideanos” es un buen libro, pero fue una cosa más inicial. Y si bien “La
muerte y otras sorpresas” tiene buenos cuentos, no mantiene la calidad durante
todo el libro. Para mí, “El porvenir de mi pasado” es mi mejor libro de cuentos.
-El que sí prefiere “Montevideanos” es el escritor Rafael Courtoisie, quien
manda preguntarle si todavía existen aquellos oficinistas.
-Ese libro representa a los oficinistas de aquel tiempo, cuando tener un hijo
empleado público era la aspiración de todas las familias. La gran ventaja era
que no los podían echar, porque para destituir a un funcionario público se
tenían que reunir ambas Cámaras legislativas. ¡Increíble! Ésa era la gran
ventaja, pero eso generaba todo un estilo burocrático. Había, por ejemplo, un
culto a la haraganería y empleados que no trabajaban nunca, que paseaban por las
oficinas. Yo trabajé mucho. En todos los lugares en que estuve trabajé mucho,
porque a mí ganarme un sueldo por el ocio no me resulta.
-Y además de trabajar durísimo, y de haberle costado tanto vender sus primeros
libros, digamos que tanto sacrificio generó, en los últimos años,
gratificaciones y recompensas. Pienso en las ventas, en los premios, pero
también en la conexión que mantiene con las generaciones más jóvenes.
-Esa es una gran alegría para mí. No sé francamente por qué sucede, pero cuando
doy una lectura de poemas la mitad de la concurrencia son jóvenes. Puede ser que
yo escriba en un lenguaje más asequible, que sea más fácil que me entiendan lo
que quiero decir que a otros escritores.
-Esa conexión parece explicitarse más fuerte en la poesía. ¿Es así?
-Sí, pero no explicarías por qué “La tregua” tiene 125 ediciones y ha sido
traducida a veintitantos idiomas. En el caso de esa novela, tengo mi propia
explicación: es exitosa porque trata un problema de clase media. Y la clase
media existe en todos los países, en todos los idiomas. En democracias o en
dictaduras. Y los lectores de todos los países son de clase media. Ése es mi
público, la gente de clase media.
-Vuelvo a insistir con la poesía...
-Por más que busques explicaciones, seguirá siendo un misterio. El éxito es un
misterio. Bienvenido, por supuesto. Me resulta bueno, muy estimulante, sobre
todo ahora que tengo tantos problemas y mi único escape es seguir escribiendo.
Ahora, el dinero del premio que acabo de ganar en España (la 19a versión del
galardón Menéndez Pelayo, dotado en 48 mil euros, entregado por España), lo voy
a meter todo en el asunto del tratamiento de mi mujer, que tiene mal de
Alzheimer, porque ya estamos un poco tocando fondo. Así que me vino muy bien. Y
la recompensa literaria, por supuesto que me llena de satisfacción.
-Entre sus nombres no falta Brenno, que se repite en la familia Benedetti.
-Yo me llamo Mario Orlando Brenno Hardy Hamlet, y soy hijo de Brenno Mario
Edmundo Nazareno Rafael Armando... Así se llamaba mi padre. Parece que es una
manía que viene de Italia, de Umbria, de donde eran mis abuelos.
-¿Visitó el pueblo de sus abuelos?
-Fuimos a Foligno, el pueblo de mis abuelos, con mi mujer. Visitamos una capilla
donde, en los tiempos de la Primera Guerra, gente del pueblo resistió un ataque
alemán. En una placa grande están los nombres de los que murieron defendiendo a
la capilla. Están por orden alfabético. Los ocho primeros son Benedetti... Como
si fuera poco, mi mujer me decía que todos en Foligno parecían parientes míos.
Ella encontraba que todos tenían el mismo tipo de cara que yo.
-¿Todos con la misma sonrisa?
-Todos con la misma sonrisa. LCD
Gabriel Peveroni
Publicado en La Nación - Chile - Domingo 14 de agosto de 2005