ISSN 1688-1958Principal Arriba

El paisaje "sin reglas"

El aspecto de Montevideo merece una consideración especial. Era la Capital, el primer puerto del Río de la Plata y el receptáculo de la fuerte inmigración francesa, italiana y española que llegó a partir de 1835. Uno esperaría hallar allí un paisaje más humanizado. Lo estaba, sin dudas, en relación al rural, pero, ¡ cuán poco en relación al de hoy!

Los huecos -baldíos dentro del pequeño casco edificado que concluía en 1857 no mucho más allá de la Plaza Independencia- existían a cada paso. En los manantiales que estaban al costado del Teatro Solís, en 1856 se cazaban chorlos y "becacinas"; fuera de los portones, es decir, de la Plaza Independencia, las perdices se amontonaban "como pedregullo", así como en los alrededores del Cementerio Central, en Ramírez, Punta Carretas y la actual Avenida D. Fernández Crespo. Crecían enormes cardos un poco por todos lados pero eran famosos los de las calles Yaguarón y Ejido. Los pantanos abundaban y se cegaron -por muy poco tiempo- a raíz de la epidemia de fiebre amarilla en 1857.

Hasta 1868, en que tal vez un edicto policial logró prohibirlos definitivamente, los cerdos merodeaban en las calles, así como hasta mucho más tarde se abrieron tambos. Las piaras a veces escapaban entre la algazara de los niños y herían y chillaban y ... ensuciaban. Los hombres a caballo andaban frecuentemente al galope a pesar de las medidas policiales.

Montevideo era también una ciudad de olores fuertes. Todo conspiraba para producirlos.

Era costumbre de muchos de sus habitantes orinar y defecar en las calles y en ciertos huecos, que se hicieron por ello famosos. Tal hecho hizo que la Junta de Higiene propusiera en 1855: " Para que en las calles no haya charcos de orines y de inmundicias se prohibirá hacer necesidades en ellas, y para conseguirlo se fijarán avisos en aquellos parajes donde se haya hecho costumbre orinar y se encargarán celadores para la vigilancia".

Recién hacia 1856-57 comenzaron a funcionar los primeros caños maestros que cubrían sólo determinadas manzanas del casco urbano. Algunos, además, no llegaban al mar y otros estaban rotos en partes de su trayecto. La norma de las buenas construcciones era el pozo negro y la letrina, la de las mediocres y malas, echar las deyecciones "simplemente a la calle, o en el mejor de los casos transportarlas a la costa más próxima y arrojarlas al mar". Todavía en febrero de 1869, "las aguas sucias" de estas casas eran recogidas en "pipas" por carreros que arrojaban "algunos baldes [...] cuando no caben [...] a la calle", y en Rincón y la Plaza Constitución había aguas servidas, pues varios "cañitos" salían de las casas hasta concluir directamente en la calle. A veces ocurría que los pozos negros infestaban los aljibes. En 1859: "El agua de aljibe de una de las casas de Montevideo empezó a enturbiarse. De acuerdo con la práctica seguida en tales casos se resolvió el desagote a fin de extraer el limo del fondo. Pero la tarea resultaba inacabable, porque a medida que los peones extraían sus baldes, volvía a llenarse el fondo por efecto de abundantes filtraciones de una de las paredes del aljibe, y llevándose adelante las indagaciones se vino a descubrir que a una vara del aljibe existía un enorme pozo negro y que era de ese pozo que salían filtraciones!"

Las fuentes de los olores eran variadas.

Montevideo, depósito de los productos de un país ganadero -cueros, abundante carne, tasajo- ya desde el período colonial gozaba de mala fama por el olor de los cueros apilados en los huecos, por la carne putrefacta tirada en las calles por haber caído de carros que la conducían a los expendios y que nadie recogía dado su escaso valor por los mataderos demasiado cercanos al casco urbano, al grado que el Cabildo en noviembre de 1800 compartió la opinión de los "facultativos" y atribuyó a la abundancia de las "exhalaciones[...] la principal causa de las epidemias temporales que se padecen, de que la tierna juventud se críe enteca y débil[...]"

La matanza de los numerosos perros abandonados o salvajes (o rabiosos) por los celadores de la policía, provocaba también "exhalaciones". Los cuerpos de los perros eran abandonados en las calles días enteros y en el verano la prensa comenzaba su retahilla de quejas. Así, por ejemplo, en la esquina de Río Negro y Durazno había el 15 de febrero de 1869 "cuatro enormes mastines en completo estado de putrefacción que obligan a los transeúntes a cambiar de dirección tapándose las narices a cinco cuadras a la redonda".

Y para concluir con este recuento, no olvidemos los "vapores" que salían en 1828 de las tumbas mal cubiertas en las iglesias y los cementerios, así como -¿por qué las fuentes sólo mencionan los olores desagradables?- los que también emanaban de las flores y la densa vegetación de zonas importantes de la ciudad.

La fiesta de los sentidos no solo se nutría de olores.

Las fuentes de sonido eran escasas y casi todas naturales: el hombre , los animales, el agua, el viento y las tormentas; sólo los carros y carretas con sus golpes sobre alguna calle empedrada escapaban a esta regla. Pero en realidad lo que volvía fino y alerta el oído era su experiencia del silencio.

En otras palabras, el hombre no había logrado desplazar al paisaje natural en la ciudad mas grande del país; píaras de cerdos, perros salvajes, tal vez rabiosos, vivos o putrefactos, perdices, orines y excrementos, pantanos, flores silvestres, cardos y prolongados silencios, eran el variado nutriente cotidiano de los sentidos del montevideano.

 

La fiesta sin límites temporales, irrenunciable y universal.

El Carnaval era la Fiesta y el Juego de la cultura "bárbara" en Montevideo, la culminación del ciclo festivo que se iniciaba el 24 de diciembre con la "Nochebuena", sus cohetes, matracas, serenatas y bandas de jóvenes y seguía el 31 de diciembre con los "grandes bailes de sociedad" y populares (ya de "máscaras" y la quema de fuegos artificiales en la Plaza Constitución, a la que a veces asistía hasta la quinta parte de los habitantes del Montevideo urbano, como en 1869.

Los candombes de negros el día de Reyes, 6 de Enero, muy visitados por "las familias y paseantes", eran precedidos y seguidos por más bailes "de máscaras y de particular" en los teatros, incluyendo el moderno Solís de 1856, creado tanto para la ópera como para los "danzantes". El crecido número de bailes hizo que se abrieran "abonos" para sus sucesivas "funciones", también que aparecieran comercios especializados en la venta de disfraces desde mucho antes de Carnaval. Los bailes, adónde las señoras podían entrar gratis y los caballeros pagando entre 4 reales y un peso, de acuerdo al rango social del local, se iniciaban a las 10 de la noche y concluían por lo general a las 4 de la mañana de casi todos los viernes, sábados y domingos de enero y febrero. La sociedad entera los vivía como la preparación de las "carnestolendas", y la asistencia a los del Solís en una noche de enero de 1870, por ejemplo, podía llegar a los 800 o 1000 "danzantes", cifra que comparada con la de los habitantes del Montevideo edificado, tal vez 80.000, equivalía a concurrencias que deben calificarse de masivas y que, sin embargo, en pleno Carnaval llegarían a cuadruplicarse.

En los alrededores del casco de la Capital, por las Tres Cruces, la Unión o el Cerro, se sucedían en el ínterin, tanto bailes como juegos de raíz rural, tales las "corridas de sortijas" que "atraían muchas hermosas[...] chicas y jinetes".

Los juegos propios del Carnaval, el de agua sobre todo, se anticipaban siempre al inicio oficial de la fiesta. El investigador tiene la impresión de que en ciertas épocas particularmente felices en la vida de la ciudad -bajo la próspera dictadura de Venancio Flores de 1865 a 1867, por ejemplo-, el Carnaval comenzaba en los primeros días de enero. En 1866, seis o siete días antes se jugaba con agua y había "varios aficionados que se han quedado sin huevos. En vano ofrecen precios fabulosos[...] no se encuentran ni de gallina ni artificiales porque algunos avarientos los han monopolizado con el objeto de hacer negocio[...] o el de jugar". En 1867 se jugó desde por lo menos quince días antes del comienzo oficial de la fiesta, al grado que la policía debió emitir un edicto especial prohibiendo su "anticipación" -que nadie atendió- pues faltando aún diez dìas, "ya de noche las señoras no pueden transitar por nuestras calles, porque de todas partes salen atrevidos a mojarlas".

Habían comenzado, como dijera "La Tribunita" el 22 de febrero de 1867, "los días de locura". El Carnaval oficial comprendía el domingo, lunes y martes, pero su "triunfo" se anunciaba desde el "jueves gordo". El Miércoles de Ceniza debía empezar su "muerte", pero la ceremonia de su "entierro", sobre la que volveremos, sucedía recién el domingo de la semana siguiente.

El "entierro" no era el fin. El Carnaval invadía la Cuaresma, para escándalo del clero y contento de esta sociedad de jóvenes. En febrero de 1836, luego de concluida oficialmente la fiesta, se continuó usando "el disfraz permitido para los días de Carnaval" por varias noches más; en 1865 hubo bailes de máscaras muy poco antes de la Semana Santa. Y a una semana de finalizado, el 27 de febrero de 1869, "El Ferrocarril" dio cuenta que esa mañana iba por la calle Reconquista "un individuo con un tubo de goma en la mano, dando de golpes a cuantos encontraba a su paso". En la esquina de Ciudadela había volteado a "una señora de un golpe violento con el tubo, y más arriba se topó con el conductor de un carro de basuras, a quién también pretendió faltarle, pero éste alzó su macana[...], el loco maniático o divertido[...] siguió muy orondo su camino administrando tubazos a diestro y siniestro". En los barrios alejados de la Capital, dónde el control policial escaseaba, "el loco maniático o divertido", se multiplicaba y casi todos continuaban el juego con "bombas, jarros y baldes" seis o siete días después del "entierro".

Era como si esa sociedad no pudiera concluir nunca de jugar. Pero allí estaban, por ahora agazapados, los enemigos del juego: el trabajo, la eficacia, el orden burgués quejoso de los días perdidos, la indisciplina social generalizada, la irrespetuosidad hecha norma.

El Carnaval no tenía límites temporales fijos ni resultaba sencillo suspenderlo si una epidemia o la "locura" política -otra forma de la sensibilidad "bárbara"- se adueñaba de la ciudad. En febrero de 1845, en pleno Sitio Grande de Montevideo, "sin que lo extraordinario de la época" lo impidiese, como señaló "El Constitucional", hubo "humor", "regocijo" y los accidentes de siempre debidos a "las torpezas del juego", sobre todo a la costumbre de arrojar huevos y baldes de agua. Lo lúdico era para esta sensibilidad un aspecto irrenunciable de la vida.

El juego era, por último, de masas, casi nadie se sustraía a él.

El día que finalizaba la fiesta, la ciudad amanecía desierta, luego de los "excesos" de la noche. Dirá "El Siglo", un diario hostil al Carnaval "bárbaro", en febrero de 1874, en crónica escrita por "un político amigo" que no tuvo da deshonra ocuparse del tema: "El miércoles de ceniza es el día del sueño[...] A cualquier parte que uno dirija la mirada no percibe sino rostros lánguidos y ojos soñolientos. Montevideo está sin movimiento[...]Quién se levanta temprano es un héroe, y apenas si tienen la gloria de ver salir el sol algunas devotas, que al primer toque de campana acuden a los templos".

Podemos intentar una cuantificación grosera de la dimensión de la Fiesta. En febrero de 1861, la policía había expedido 2.000 permisos para disfrazarse, lo que representa un buen 10% de los habitantes del casco capitalino; en febrero de 1866, expidió 2.060 permisos tal vez un 5% de esa población, y el 21 de febrero de 1888, día del "entierro" de Carnaval, "La Tribuna Popular" hizo la siguiente crónica y estimación: "A las 5 de la tarde, la décima parte de Montevideo, andaba disfrazada. Por cualquier calle que uno tomase se le descolgaban con esto:

-Che, te conozco.

-¿Me conoces?

-Qué te parece, ¿estoy bien disfrazado?"

Y eso que el corso recién se esperaba para la 6 ó 7 de la tarde. El público hormigueaba ya en las Plazas Constitución e Independencia y en las calles 25 de Mayo, Sarandí y 18 de Julio.

La concurrencia a los bailes del Solís, puede brindar otra pista confirmatoria de la masividad de la Fiesta; el 10 de febrero de 1869 fue estimada en "400 almas" en ese solo Teatro, lo que equivalía al doble del número de disfrazados, o sea un 10% o más de los habitantes del casco urbano.

Después de 1850, en que la diferenciación social fue mayor y pautada por obvios signos exteriores, las clases altas y medias concurrían al Teatro Solís y al más viejo San Felipe y Santiago, señalándose en los avisos periodísticos de esos locales en 1853, que "las personas que no sean de clase decente no podrán entrar". Los sectores populares iban a los salones y "canchas", tales los anunciados en 1855: "la cancha de Martín Casenave" y el "Salón de las Delicias" en la calle Rincón. En 1869 se bailaba en cinco parajes públicos (el "suntuoso Solís", "el viejo San Felipe", el Teatro de la Unión, el "Chateau des fleurs" de la Aguada y "la Cancha de Valentín") y "en mil casas particulares". Calculando, decía "El Ferrocarril", el 6 de febrero, unas 700 parejas por noche en esos "parajes públicos y 200 por lo menos en bailes particulares, tendremos que bailarán en tres noches 2.700 parejas".

Si un 10% o más de la población se disfrazaba y bailaba, el juego de Carnaval, por definición, el del agua, era prácticamente universal. Las calles estaban desiertas los tres días a las horas en que el juego con agua se permitía, sobre todo después de las 10 de la mañana, de las 12 o de la 2 de la tarde, en creciente acotamiento policial que luego estudiaremos. Viejos y jóvenes, hombres y mujeres, negros y blancos, criollos e inmigrantes, ricos y pobres, gobernados y gobernantes, jugaban con bombas, baldes de agua y huevos. Es cierto, empero, como observaremos, que se pueden advertir ya resistencias y protagonismos, pero por lo general en la época "bárbara", ni las devotas ni el clero pudieron sustraerse por entero a "la locura universal", aunque lo intentaron...

También da idea de la magnitud de la Fiesta, la importancia que le concedía el comercio ya que, como decía "La Tribuna Popular" en 1888, "el impulso que[...] en general recibe con estas populares fiestas es notable.

Los avisos de venta de "trajes completos de máscaras", "flores", "cartuchos de confites finos", "caretas", "huevos coloreados", etc., ocupaban un espacio sorprendente en los diarios. En "El Ferrocarril" del 19 de enero de 1872, a casi un mes de iniciarse el último Carnaval en que se permitió jugar con agua, el 7% de los avisos comerciales y el 13% del espacio que ocupaban se refería a objetos carnavalescos, sin contar los bailes en los teatros. La víspera del Carnaval, el 10 de febrero, esos porcentajes habían aumentado al 23 y 32 respectivamente, es decir, que un tercio del espacio que este diario popular dedicaba a los avisos, fue ocupado por el negocio de la Fiesta.

 

JOSE PEDRO BARRAN

Historia de la sensibilidad en el Uruguay

- Tomo 1 - LA CULTURA BARBARA (1800-1860)

1880-El Fuerte, antigua residencia de los gobernadores.(Actual Pza. Zabala y calle Solís)

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1726

Bahía de Montevideo

Montevideo

Al oriente del arco del río Uruguay, las onduladas praderas paren más vacas que tréboles. Los bandeiraintes del Brasil, tragadores de fronteras, codician esta vasta mina de carnes y cueros; y ya la bandera de Portugal flamea en la costa del río de la Plata, sobre la fortaleza de Colonia del Sacramento. Por parar la embestida, el rey de España manda fundar población en la bahía de Montevideo.

Al amparo del cañon y de la cruz, asoma la ciudad nueva. Brota en una punta de tierra y roca, que el viento golpea y los indios amenazan. Desde Buenos Aires llegan los primeros pobladores, quince jóvenes, diecinueve niños y unos cuantos esclavos que no figuran en la lista, manos negras para el hacha, la azada y la horca, pechos para dar leche, una voz para dar pregones.

Los fundadores, analfabetos casi todos, reciben del rey privilegios de hidalguía. Estrenan el derecho de llamarse "don" en ruedas de mate, ginebra y cigarros:

- A su salud, don.

-A la suya.

La pulpería huele a yerba y a tabaco. Es la primera casa con puerta de madera y pared de adobe entre las chozas de cuero desparramadas a la sombra del fortín. En la pulpería se sirve bebida, conversación y guitarra, y además se venden botones y sartenes, galletas y lo que sea.

De la pulpería nacerá el café. Montevideo será la ciudad de los cafés. Ninguna esquina será esquina sin un café cómplice para la confidencia o el estrépito, templitos donde toda soledad será refugia y todo encuentro celebrado y donde el humo de los cigarrillos hará de incienso.

 

1824

Montevideo

Crónicas de la ciudad desde el sillón del barbero

Ninguna brisa hace tintinear la jofaina de latón que cuelga de un alambre, sobre el hueco de la puerta, anunciando que aquí se rapan barbas, se arrancan muelas y se aplican ventosas.

Por pura costumbre, o por sacudirse los sopores del verano, el barbero andaluz discursea y canta mientras termina de cubrir de espuma la cara de un cliente. Entre frases y fandangos, susurra la navaja. Un ojo del barbero vigila la navaja, que se abre paso en el merengue, y el otro vigila a los montevideanos que se abren paso por la calle polvorienta. Más corta la lengua que la navaja, y no hay quien se salve del despelleje. El cliente, prisionero del barbero mientras dura la afeitada, mudo, inmóvil, escucha la crónica de costumbres y sucesos y de vez en cuando intenta seguir, con el rabillo del ojo, a las fugaces víctimas.

Pasa un par de bueyes, llevando una muerta al camposanto. Tras la carreta, un monje desgrana el rosario. Hasta la barbería llegan los sones de alguna campana que por rutina despide a la difunta de tercera clase. La navaja se para en el aire. El barbero se persigna y de su boca salen palabras sin ánimo desollador:

Pobrecilla. Nunca fue feliz.

El cadáver de Rosalía Villagrán está atravesando la ciudad ocupada por los enemigos de Artigas. Hacía mucho que ella creía que era otra, y creía que vivía en otro tiempo y en otro mundo, y en el hospital de la Caridad besaba las paredes y discutía con las palomas. Rosalía Villagrán, la esposa de Artigas, ha entrado en la muerte sin una moneda para pagarse el ataúd.

 

1889

Montevideo

El fútbol

Setenta años cumple, en Londres, la reina Victoria. En el río de la Plata, lo celebran a patadas.

Las selecciones de Buenos Aires y Montevideo disputan la pelota, en el campito de La Blanqueada, ante la desdeñosa mirada de la reina. Al centro del palco, entre las banderas, se alza el retrato de la dueña de los mares y buena parte de las tierras del mundo.

Gana Buenos Aires 3 a 0. No hay muertos que lamentar, auque todavía no se ha inventado el penal y arriesga la vida quien se aproxima al arco enemigo. Para hacer un gol de cerquita, hay que embestir contra un alud de piernas que se descargan como hachas; y cada partido es una batalla que exige huesos de acero.

El fútbol es juego de ingleses. Lo practican los funcionarios del ferrocarril, del gas y del Banco de Londres, y los marineros de paso; pero ya unos cuentos criollos, infiltrados entre los artilleros de rubios bigotazos, están demostrando que la picardía puede ser un arma eficaz para fusilar arqueros.

 

1890

Tangueando

El tango, hijo tristón de la alegre milonga, ha nacido en los corrales suburbanos y en los patios de conventillo.

En las dos orillas del Plata, es música de mala fama. La bailan, sobre piso de tierra, obreros y malevos, hombres de martillo o cuchillo, macho con macho si la mujer no es capaz de seguir el paso muy entrador y quebrado o si le resulta cosa de putas el abrazo tan cuerpo a cuerpo: la pareja se desliza, se hamaca, se despereza y se florea en cortes y filigranas.

El tango viene de las tonadas gauchas de tierra adentro y viene de la mar, de los cantares marineros. Viene de los esclavos del África y de los gitanos de Andalucía. De España trajo la guitarra, de Alemania el bandoneón y de Italia la mandolina. El cochero del tranvía de caballos le dio su corneta de guampa y el obrero inmigrante se armónica, compañera de soledades. Con paso demorón , el tango atravesó cuarteles y bodegones, picaderos de circos ambulantes y patios de prostíbulos de arrabal. Ahora los organitos lo pasean por las calles de las orillas de Buenos Aires y de Montevideo, rumbo al centro, y los barcos se lo llevan a loquear a París.

Eduardo Galeano

Memoria del fuego (II)

Las caras y las máscaras.

1848 - La Ciudadela según acuarela de Besnes e Irigoyen.

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