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CRONICAS DE NUESTRO MONTEVIDEO ANTIGUO
Selección a cargo de "Canugi Yorugua" canugi@hotmail.com De Cronicas Montevideanas de Sanson Carrasco: (59) Los Carnavales (Parte 1 y 2) (68) El corneta Sayago (Parte 1 y 2)
(56) Pedro Campbell - Comandante Artiguista
(70) Fondas Montevideanas - Fonda Pontevedra (Montevideo 1930)
(1-7) Los chiquilines que fundaron Montevideo (1-10) Cuatro motivos para acordarse de un hombre sin ningun relieve. (1-12) Los primeros (y veloces) casamientos montevideanos. (1-13a) Quien quiere pagar impuestos ? (1-13) A reyes muertos, reyes puestos. (1-18) El castigo ejemplarizante para el Negro Juan (1-18a) El primer naufragio montevideano (1-23) Cien años buscando el tesoro. (1-28) Un abultado testamento en San Felipe y Santiago. (1-29) Medicos con remedio incluido. (1-30) Nuestra primera botica en Montevideo. (1-32) Riñas a proposito de toros y comedias.
Tan popular como Bayoneta Calada en Buenos Aires, era en Montevideo el Capitán Viruta, uno de esos dementes inofensivos a quien todos conocen, y que hacen de sus extravagancias el oficio que les permite vivir, recibiendo de unos y otros propinas que les ponen a cubierto de la miseria. Su nombre era desconocido, tanto como su nombre de pila, y como el motivo del apodo por el cual se lo llamaba; nacido el personaje y el sobrenombre de ese vivero popular de que surgen todas estas entidades estrafalarias que se incorporan a la sociedad como parásitos, para vivir de ella, sin hacérsele gravosas, compensando las dádivas que reciben con la especialidad de sus monomanías que divierten por un rato a los que las costean. El Capitán Viruta se hizo conocer desde muchacho por la neurosis hípica. Se creía caballo, especialmente caballo de tramway, y como tal recorría al trote distancias enormes, bañado en sudor, jadeante, resollando por las narices, los codos hundidos en los vacíos; nociones de resistencia que había adquirido en su larga práctica de correr, y que son las mismas que la ciencia aconseja para evitar la sofocación de la carrera. Hubiera podido competir con los andarines más famosos, como Bargossi y otros, pues recorría cada día leguas y leguas, haciendo doble y triple trayecto que cada muda de caballos, siguiendo los rieles de un extremo a otro de la vía, sin descansar, impacientándose y encabritándose como un corcel brioso cada vez que el tramway se detenía para tomar un pasajero, marcando el trote sin avanzar como si estuviera sujeto por el freno, hasta que oía el campanillazo que sirve de aviso para continuar el viaje, y entonces arrancaba a la par de los caballos, sin perderlos nunca de vista, mirándolos de reojo para copiar todos sus movimientos, y redoblando la carrera cada vez que sentía el chasquido de la fusta del cochero, como si a él fuese dirigido el latigazo. Tomaba por temporadas diferentes vías de tramway. Durante algún tiempo "fué caballo" de la Empresa del Este, corriendo todo el día desde la Aduana hasta la Estación del Cordón, sin distraerse de su tarea hípica sino para recoger, sin pararse, las piedras sueltas que encontraba en su camino, para dispararlas contra los pilluelos que salían al paso gritándole: "!Capitán Viruta!". El apodo era su flanco vulnerable como lo es generalmente para los que no tienen otro nombre. El pobre loco, de suyo tan manso y tolerante, se enfurecía cada vez que se oía llamar por su apodo, y mas de una pedrada certeramente dirigida ha ido a sellar los labios de los muchachos traviesos que lo perseguían gritándole, sin que esas escaramuzas callejeras lo apartasen de su ruta, trotando al compás de los cascabeles de los caballos, sin desmayar ni en las horas mas sofocantes del verano, bañado en sudor de la cabeza a los pies, humeando por las narices chatas y abiertas, como un pingo de raza, y marcando el paso con cierto garbo de potro andaluz, la barba al pecho como recogido por las riendas, y las mechas del cabello flameantes como crines. Para comer sus mendrugos, se metía en los pesebres de las caballerizas del tramway, bebía en los abrevaderos de los caballos metiéndo la boca dentro del agua, y dormía cubierto con una manta para remedar en todo a los brutos con quienes aspiraba a igualarse.Imitaba a la perfección el toque de las cornetas con que los cocheros anuncian la llegada a cada boca-calle, reproducía el ruido de la manivela con que se aprietan los frenos que sujetan las ruedas del tramway, y se estimulaba a si mismo en la carrera con los mismos gritos con que los cocheros azuzaban a las bestias: "!yup! !yup! !Keik! !pingoooo!". Desde tres o cuatro años atrás, el Capitán Viruta se había hecho un entusiasta admirador de las corridas de toros, y sus relaciones favoritas eran las de los toreros, con quienes se decía estrechamente emparentado. Un año fué hermano del espada Felipe García, al siguiente lo fué de Lagartija, después se emparentó con Cuatro Dedos, y así, año tras año, mudaba de familia, vinculándose a la del primer espada de la cuadrilla que toreaba en la Plaza de la Unión. En las fiestas de las romerías españolas, se presentaba Viruta vestido de corto, muy embraguetado y ceñido, contoneándose con el aire mas jacarandoso de chulo, y haciéndose "er zafao", pero con tan poca gracia, que la chaquetilla le lloraba en el cuerpo, y las agudezas que intentaba le resultaban unas pamplinas rematadas. Y si a lo mejor de sus contoneos andaluces acertaba a pasar un tramway, entonces !adiós tierra de María Santísima! olvidaba sus posturas de jaque, empezaba a testerear, a encabritarse, a resoplar fuerte abriendo las narices, hundía los codos en los vacíos, marcaba el trote haciéndo pinturas y corvetas, y arrancaba a la par de los caballos, en medio del vocerío con que los alegres romeros saludaban la aparición de aquel ser estrafalario, torero en el vestir, y en el andar caballo, una especie de centauro grotesco, mitad hombre y mitad bestia, bueno como un cuitado que era, y manso como los rocines cuyas faenas compartía. Y este desgraciado acaba de morir violentamente, cazado a tiros como una fiera, sin mas delito que su propio cretinismo que no le permitía conocer la rigidez de las ordenanzas militares, exageradas por la constante alarma en que vive el militarismo santista, siempre temeroso de un golpe de mano, como quien no tiene la conciencia tranquila. Llegaba el desventurado Viruta tranquilamente al cuartel de Artillería, donde según parece se alojaba, y al !alto! con que el centinela lo recibió, siguió avanzando sin contestar, con la serenidad de quien llega a su casa. Apareció la ronda de reserva, volvió a interpelar al "terrible asaltante" que se presentaba, solo, a tomar el cuartel en las primeras horas de la noche, y como no contestase, no se tomaron el trabajo de averiguar quien fuese, sino que sin más ni más, a boca de jarro le apuntaron; sonó un tiro, rodó por tierra un hombre, y se extinguió la vida de aquel ser inofensivo que todos conocían con el apodo de Capitán Viruta, y a quien todos querían por su bondad y la buena voluntad con que desempeñaba los servicios que se le pedían. El nombre del Capitán Viruta está vinculado a una de las bromas pesadas con que el Dictador Latorre acostumbraba burlar a los que se le allegaban. Era por entonces el Consejero López Netto, Ministro del Brasil acreditado ante el gobierno Oriental, y aparte de las relaciones oficiales, cultivaba el Consejero estrechas amistades con el Dictador. A título de éstas, confióle un día Lopez Netto a Latorre la noticia de que allá por la frontera riograndense se tramaban planes para derrocarlo, y el Dictador, que de nadie se confiaba, ni tenía pereza para velar por su seguridad, dando crédito a la noticia, montó a caballo, y de una sentada se recorrió las cien leguas que separan a la capital de la frontera por el lado de Yaguarón. Fué, indagó, tomó lenguas de lo que por allí ocurría, y convencido de que era falsa la noticia que lo había puesto en alarma, regresó tan sigilosamente como había partido, cuando recién los buenos vecinos de Montevideo empezaban a sospechar de su ausencia. De los primeros en verlo fué Lopez Netto, y preguntandole lo que hubiese averiguado, le contestó Latorre: - Ya no tengo cuidado, porque he tomado mis precauciones a fin de desbaratar los planes de los revolucionarios. He situado en los dos pasos estratégicos las fuerzas necesarias para dispersar en el acto cualquier intentona que quieran llevar a cabo. - ? Y son de confianza los jefes a quienes V. E. ha confiado el mando de esas fuerzas ? - preguntó con interés López Netto. - Ya lo creo - le contestó Latorre -. He puesto alli al Coronel Monga y al Capitán Viruta que son de mi entera confianza, jefes guapos y prestigiosos cuyo sólo nombre bastara para asustar a los revoltosos. López Netto no objetó nada pero le quedó dentro cierta desconfianza que le despertaron aquellos nombres tan grotescos de Mongo y Viruta, a quienes nunca había oído sonar; y curioso como era por conocer todas las intimidades de aquella situación que él estudiaba con su sagacidad característica avivada por el trato que había tenido con Melgarejo y Daza en Bolivia, fué inmediatamente a casa de un distinguido personaje brasilero que por largos años residió en Montevideo, donde murió no hace mucho, y le preguntó: - ? Usted conoce a un Coronel Monga ya a un Capitán Viruta de quienes acaba de hablarme Latorre con mucho elogio ? - Nunca los he oído nombrar, a pesar del largo tiempo que hace que resido aquí, pero como en este país, y especialmente en esta situación, surgen de improviso entidades salidas sabe Dios de dónde, no me extraña que haya un Coronel Monga ya un Capitán Viruta, como hay un Comandante Santos que ayer nadie conocía y que hoy es una eminencia como Jefe del 5o. Batallón. Pero aquí viene mi hijo que conoce a todo el mundo, y que nos dirá quienes son esos personajes. Y al hijo, que en ese momento entraba en la sala en que se encontaban los interlocutores, preguntó el personaje brasilero: - ? Has oído hablar de un Coronel Monga y de un Capitán Viruta que andan por la frontera ? El hijo contestó con una carcajada, pero al ver la sorpresa que manifestaba su padre, y especialmente la que retrataba el rostro deslavado de López Netto, se repuso, y les explicó que eran dos nombres de burla: el de Monga que servía de consonante a una zafaduría con que se contestaba a quién preguntaba ? quien es Monga ? y el de Viruta, el de un pobre loco que andaba por las calles siguiendo a los tramways. Así se vengó Latorre del chasco que le había dado López Netto, haciéndolo galopar cien leguas para descubrir una conspiración que no existía. Perdóneseme la reminiscencia del cuento traído a propósito de la muerte del Capitán Viruta, aquel pobre jaqui-jaco, por lo que tenía de chulo y de caballo, tan inútil como hombre que como bestia, pues ni pensaba ni tiraba; pero bueno, manso, inofensivo dentro de su locura hípica, de la que solo despertaba para arremeter a los pilluelos que le salían al encuentro gritándole: !CapitánViruta! !CapitánViruta! cuando iba en lo mejor de sus escarceos y corvetas, trotando lleno de placer al paso de las bestias, como ellas sudoroso, y como ellas empeñoso en recorrer el monótono trayecto trazado por sus rieles, haciendo flamear las mechas de sus enmarañados cabellos, como los caballos hacían flotar al viento sus crines lacias. !Quién te había de decir, pobre Capitán Viruta, que tú, tan manso, tan pacífico, habías de ser también una de las víctimas del militarismo santista! La Razón, Año VIII - Núm. 1992 sábado 27 de junio de 1885 De "Crónicas Montevideanas de un siglo atrás" por Sansón Carrasco.
No hay un grito mas destemplado ni mas inoportuno que el del basurero. Deja este el carro en el extremo de la cuadra, recorre enseguida ambas aceras, golpeando con fuerza en los llamadores, y colocandose la mano en la boca, grita en cada puerta: -!Sura! Estos son los mas civilizados. Los otros dan un grito cavernoso, ininteligible, algo asi como un rugido que penetra por el zaguan, retumba en los patios y va a morir alla en la cocina, en uno de cuyos rincones yace por lo general el cajon de la basura, parecido al feretro de los hospitales, que sirve para transportar a los muertos de hoy y vuelve enseguida para llevar los de mañana. Las casas acomodadas tienen generalmente un cajon reforzado, presentable, hasta decente si se quiere, si es que cabe decencia en un receptaculo de basuras; pero los cacharros mas en boga para ese uso son las latas de querosene, los tachos desvencijados, que se ven todas las mañanas en el borde de las aceras, listos para recibir la visita del basurero, atestados de toda clase de desperdicios: trapos, papeles, legumbres, huesos y todas las inmundicias que la prolija escoba se entretiene en recoger durante el dia, desde la sala al ultimo rincon de la casa. En el cajon de la basura puede estudiarse la vida intima de cada familia: lo que come, lo que gasta, lo que despilfarra, lo que ahorra, lo que trabaja y lo que viste. Es como el indice de la vida interior, el sumario de lo que ayer se hizo, el libro diario de la casa. Si los basureros fuesen observadores, acabarian por conocer a fondo a todos los habitantes de la ciudad, interiorizandose en sus usos, en sus vicios o en sus virtudes, con solo prestar un poco de atencion a lo que sale de cada cajon de basuras al vaciarlo en sus carros. Hasta las diez de la mañana se ven por las calles, alineados en el cordon de las aceras, los cajones de basura, humeando los vapores de la fermentacion, que se elabora dentro de sus vientres inmundos. Los primeros que registran las basuras son los perros callejeros, esos pobres perros que no tienen amo, perros anonimos, comprendidos bajo la denominacion generica de pichichos, chupados de verijas, con el cuero sobre las costillas, las patas flojas, la cola embarrada, que van de un cajon a otro en busca de gangas, mirando recelosos a todos los que pasan, como temiendo que cada uno sea el dueño de lo que ellos van a tomar, soportando con resignacion los reconocimientos de los mastines de casa rica y hasta huyendo ante los ladridos de los falderillos: !tan cierto es que la miseria acobarda aun a los mas fuertes! El perro callejero conoce al basurero y le teme. Por eso va siempre delante de el a una distancia prudente, para huir a tiempo antes que le alcance el zurriagazo que a cada instante le amenaza, cuando no temeroso del perro del basurero, que va debajo del carro, como custodiando la mercancia de su patron. Sin saber a que atribuirlo, he notado que la mayor parte de los basureros son cojos, derrengados, chuecos, y si no lo son, lo parecen. Ellos tienen su sastreria en su carro; sus trajes son siempre abigarrados, remendados con retazos desiguales en calidad y en color; en la cabeza sombreros contrahechos, sin alas unos, y con la copa espanzurrada otros; en los pies el desparejo calzado, una bota en el izquierdo y un zapato en el derecho, uno de charol y otro de becerro, prendas todas encontradas al vaciar el cajon. Cuando logra dar con un par completo, lo cuelga en la trasera del carro, y los sombreros que halla los ensarta en las estacas. El basurero va siempre provisto de una lata y una bolsa. En esta echa todas las hojas de coles, de repollos, de lechugas y coliflores, los pedazos de pan y los manojos de paja que encuentra entre las basuras, destinado todo al alimento de sus mulas, esas mulas heticas, descoloridas, clasicas, de los carros de basurero, que se paran cada diez varas para dar tiempo a que el amo vacie los cajones, entreteniendo sus ocios en recoger con la jeta estirada las hebras de paja dispersas en el empedrado, hasta que el basurero, habiendo cargado todo lo que quedaba atras, las hace andar de nuevo con un "!arre china!" acompañado de un planchazo en la escualida anca dado con la pala que le sirve para recoger los restos que caen a la calle. La lata le sirve al basurero para acarrear la basura de adentro de algunas casas que, por no tener servicio o por rubor de exhibir sus desperdicios, pagan una propina para que los saquen. Y asi, de cuadra en cuadra, se va llenando el carro, hasta quedar atestado. El basurero trepa entonces sobre aquel hacinamiento de inmundicias, las aplasta con los pies, las comprime, hasta que reduce su volumen, para seguir echando un cajon tras otro, sin apartar nada mas que los escobas y plumeros viejos, que entierra por el mango entre los despojos de sus propias victimas. Cuando ya no cabe mas, el basurero lleva el carro hasta la estacion de tranvia a los Pocitos, y alli descarga el contenido en unas grandes zorras, que mas tarde transportan aquella mercancia putrefacta al gran deposito situado alla, en las afueras, a orillas del mar, a espaldas del Cementerio del Buceo. ?Que se hace del contenido de los setenta carros de basura que diariamente salen de Montevideo? Confieso que nunca se me habia ocurrido averiguarlo, pero, curioso como soy por instinto, se me ocurrio ayer saber que se hace de lo que la ciudad desperdicia, y sin darme largas para salir de la curiosidad, ayer mismo tome el tranvia, y me fui al paraje en que se deposita la inmundicia. El dia era esplendido, habia polvo de oro en la atmosfera. El mar parecia un pedazo del manto azul del cielo echado sobre la tierra; los medanos blancos de los Pocitos brillaban como si sus arenas estuviesen sembradas de pequeños prismas de cristal. Una alfombra tupida de trebol vestia todos los potreros, y las vacas, indolentemente echadas, rumian aquellas hierbas, con los ojos entornados, como si les lastimase el exceso de luz que doraba todo el paisaje. El tranvia me dejo en la puerta del Cementerio del Buceo, cuya soberbia entrada contemple por algun rato, extasiado ante la lozania de aquellos pinos que franquean su gran calle central, y el apacible silencio que reina en aquel recinto, poblado por miles de habitantes que no hablan, ni rien, ni lloran, ocupados todos en nutrir a la tierra con su savia, devolviendole asi el capital con que se alimentaron mientras vivian. Perdonara el lector que pase de largo por el Cementerio del Buceo, porque si entro no tendre tiempo de llegar a las basuras. Segui, pues, todo a lo largo de la tapia, recorriendo un trecho de unas tres cuadras, ya al llegar a la esquina... !horror! me encontre con el reino de la inmundicia, vasto, hediondo, con montañas de desperdicios y abismos de porqueria, flotando sobre toda la superficie una atmosfera de vapores agrios, que temblaban a la luz del sol con reverberaciones que mareaban la vista. Y en medio de toda aquella inmundicia, como dueños absolutos de aquellos pestilentes dominios, centenares de cerdos, gordos, ufanos, orgullosos de verse enseñoreados de tanta porqueria, en la cual se revolcaban y hozaban con sus prolongados hocicos, como gozandose en revolver la podredumbre. Y junto con los cerdos, hombres, hozando como los cerdos entre la basura, disputandose con ellos las piltrafas. Nada se desperdicia alli, todo se clasifica y colecciona separadamente: aqui los huesos, alli los vidrios, alla los trapos, mas lejos las latas, aculla los cueros, todo prolijamente entresacado de la basura que diariamente arroja la ciudad como inutil desperdicio. Las sobras de Montevideo dan todavia pie para una industria, una industria productiva, que proporciona trabajo a centenares de brazos y alimento a numerosas familias, amen de la manutencion que aprovecha a un millar de respetables y suculentos cerdos. Yo creia haber visto chanchos, muchos chanchos, en mi reciente excursion a La Extremeña, de que ya di cuenta a mis lectores, pero declaro que aquello no da una idea de lo que son esos interesantes animalitos. Aquellos cerdos duermen en chiqueros aseados, comen maiz en limpios pesebres, y retozan en potreros pastosos. Son chanchos acicalados, lavados y peinados, despoetizados por la higiene. Estos otros que vi ayer son los chanchos verdaderos, al natural, sin hoja de higuera, sucios desde el hocico hasta el rabo, comiendo entre la inmundicia, bebiendo entre el fango, durmiendo entre la porqueria, enamorandose en medio del hedor punzante que brota de aquella fermentacion putrida, alimentada dia a dia con nuevos elementos de corrupcion. Es de verlos, echados al sol, con sus enormes panzas enterradas en un barro negro, espeso, mefitico, dilatados los agujeros del hocico como para aspirar todas las emanaciones que se desprenden del inmundo lecho en el que tan a su placer yacen. Alli, entre la porqueria, estan en su elemento, como el pez en el agua, gruñendo de placer, retozando con voluptuosidad alli donde es mas espesa y hedionda la inmundicia. A pesar de la repugnancia que aquello me infundia, quise verlo todo, pues ya que en ello estaba no era cosa de dejarlo a medio camino, y eche a andar, atravesando de un extremo al otro el pais de la basura. A medida que me iba internando, el hedor se hacia mas agrio y la atmosfera mas pesada. Millones de moscas zumbaban entre la podredumbre, revoloteando con sus alas transparentes, persiguiendose unas a otras, alegres y retozonas, a la luz del sol, que las calentaba y activaba al mismo tiempo la fermentacion en que ellas encuentran su alimento. Al extremo del basurero, el terreno declina rapidamente hacia la playa, y en ese declive esta instalada la graseria, en cuyas tinas se echan todos los huesos para sacarles la grasa que conservan adherida; restos de puchero y asados, caparazones de aves, huesos de jamon, todos los desperdicios de las cocinas, sometidos a la accion del digeridor que les extrae la ultima particula grasienta que les queda. Y al lado de la graseria, y en los declives, y en la playa, cerdos y mas cerdos, y siempre cerdos por donde quiera que se mire, comiendo unos, tendidos a la bartola otros, gruñendo todos al verme, como enojados de que pisase sus dominios una persona cuyo aseo era una profanacion a la inmundicia en que vivian tranquilos y felices. Desde aquella pendiente en que esta situada la graseria, se divisa un paisaje amplio, monotono, pero con esa monotonia grandiosa del mar que se junta alla en el horizonte con el cielo, confundiendo ambos sus colores. La brisa no tenia fuerzas para rizar siquiera la limpida superficie del agua, y solo junto a la playa el vaiven de las corrientes enrulaba esas olas largas y mansas que mueren sobre la orilla convertidas en espumas. A lo lejos, al este, blanqueaba el caserio de la Isla de Flores, flotando al parecer en el aire, entre las brumas azuladas que nacian del mar. En torno todo era arena, festoneada la costa con graciosas curvas, terminadas en promontorios que se internaban en el agua. Al pie de la graseria revoloteaba una bandada de gaviotas, pescando a picotazos los pejerreyes y roncaderas que acuden a comer los desperdicios que vomita en el mar el caño de la fabrica. Al otro lado, por sobre las tapias del cementerio, asomaban los penachos verdes de los pinos y casuarinas; y por detras de mi, la basura, con sus emanaciones fetidas, con sus cerdos, con sus millares de ratas hambrientas y chillonas, anidadas en las mismas entrañas de aquella montaña de inmundicias. Aqui, un monton de frascos, predominando los de Tonico Oriental, el bombastico regenerador de cabello de Lanman y Kemp; alla una piramide de botellas; y mas lejos un hacinamiento de vidrios rotos, destinados a pasar nuevamente por el soplete para salir convertidos en objetos utiles. En una inmensa lata yacen en revuelta confusion cachivaches de bronce, cobre y plomo: pestillos de puertas, llamadores, boquillas de lamparas, aparatos de gas hechos pedazos, bitoques, trozos de cañeria y otras mil baratijas. En sitio aparte estan los fierros: llaves, clavos, tuercas, pasadores de puerta, cerraduras desvencijadas, y cien zarandajas mas que no admiten clasificacion. Mas alla el zinc y la hojalata: pedazos de planchas para techo, cajas de conservas, latas de aceite, tarros de pintura y barnices, y todas cuantas clases de envases de lata se fabrican, todo abollado, hundido y agujereado. En un campo vecino se secan al sol grandes montones de trapos: recortes de terciopelo y retazos de zarazas, pingajos de raso, tiras de gro, andrajos de lana, de algodon, de hilo, todo revuelto y confundido, destinado a la exportacion para Europa, en cuyas fabricas se convierten todos esos desperdicios inmundos en hojas de papel satinadas, guardadoras de secretos amorosos, mensajeras de tristes o risueñas nuevas, condenadas, despues de haber cumplido su mision, a volver nuevamente al cajon de la basura para ser pisoteadas por cerdos, realizandose en ellas la sentencia biblica que condena al hombre a volver al polvo de donde salio. Si yo tradujera aqui lo que cada uno de aquellos pedazos de trapo hablaba a mi imaginacion, tendria para tejer mas de una historia, pero, feliz o desgraciadamente, no me da a mi por tales fantasias, asi que, sin preocuparme mucho ni poco de lo que decian aquellos restos de atavios feminiles, emprendi la retirada, abriendome camino por entre la muchedumbre de cerdos que poblaba aquella inmunda comarca, laboratorio inmenso en que fermentan las sobras de la ciudad, con desprendimiento de gases hediondos, en cuyo ambiente pululan todos los repugnantes engendros de la podredumbre. Cuando salve los limites del reino de la inmundicia, dirigi una ultima mirada para abarcar en conjunto los detalles que dejo narrados. No vi mas que cerdos, muchos cerdos, revueltos con una veintena de hombres, disputandose unos y otros las piltrafas que desenterraban, unos con sus garfos de fierro, y los otros con sus hocicos puntiagudos. Por todas partes, basura y mas basura y alla en el fondo de un barranco profundo, un haz de luz clara, viva, con una aureola dorada como un inmenso brillante engastado entre la inmundicia. Era una lata de conservas en cuya pulida lamina se estrellaba un rayo de sol rompiendose en menudisimas hebras de oro, como se rompe en hilachas de plata un chorro de agua al caer sobre el enlosado. Agosto, 1 de 1883. De "Cronicas Montevideanas" de Sanson Carrasco.
Evocaciones Montevideanas - Montevideo 1911 En una crónica anterior mencionaba la gran transformación que han sufrido nuestras playas, desde Carrasco hasta Pocitos. Hoy quiero recordar en esta nueva nota como se ha poblado la zona de Trouville, Villa Biarritz y Punta Carretas. En el año 1913, desde la Quinta en Ellauri y Jaime Zudáñez (antes 6 de Abril) hasta la *Curva Ellauri* como se denominaba la esquina de Ellauri y 21 de Setiembre, en la acera de nuestra quinta, todo era campo y en la otra acera había algunas pocas quintas y una de las cuadras tenía un solitario rancho con su clásico ombú. En la curva, gran manzana comprendida por las Calles Ellauri, 21 de Setiembre, Coronel Mora y Gregorio Suárez, era al principio un gran campo, que más tarde se transformó en quinta de verduras. Hace unos pocos años cuando se vendió la esquina donde hoy está la Sucursal de un Banco y varios apartamentos - en este mismo predio antes citado - se pagó por el metro cuadrado un precio récord, que nadie hubiera sospechado años antes. La parte de Villa Biarritz, donde hoy está el parque Dr. Juan Zorrilla de San Martín, era una Colonia para Niños, dependencia del Ministerio de Salud Pública, y de ahí hasta la Cárcel Penitenciaria el resto eran campos, donde otrora hubo una cancha de polo. Recuerdo que cuando se colocó la piedra fundamental de la Iglesia, actual Parroquia de Punta Carretas, pronunció un elocuente discurso el Dr. Juan Zorrilla de San Martín y tuvo palabras verdaderamente proféticas al referirse que "a la sombra de esa iglesia se levantaría un pueblo y así los dos grandes brazos de la cruz, con igual amor y su infinita caridad, ampararía a los nuevos pobladores del barrio que se levantaría y a la humanidad sufriente que está purgando sus penas en la cárcel". El único medio de locomoción en aquella época era el tranvía No. 35 que iba desde la Aduana hasta Punta Carretas.Las personas que viajaban en él, se conocían, y cabe destacar la sencillez y familiaridad que reinaba entre los habituales pasajeros, y justo es mencionar al doctor Zorrilla de San Martín, figura consular, querida y respetada por todos, hombre que dotado de una gran simpatía y don de gentes, sabía mantener una amena conversación rica en oportunas anécdotas. Puede decirse sin caer en exageración que los amigos y admiradores del famoso *vate*, formaban legión. Su quinta de Punta Carretas, hoy conservada como Museo, es un recuerdo de aquellos lejanos tiempos. Si teníamos el privilegio de conversar con el Poeta de la Patria, también nos era dable mantener interesantes conversaciones con el músico Don Tomás Giribaldi, autor de la opera "Parisina", que tenía su ranchito en Ellauri a media cuadra de 21 de Setiembre, casa que quedaba oculta por la doble hilera de sauces llorones, que le permitían disfrutar de tranquilo y necesario retiro para su inspiración artística. También solía viajar el conocido escultor Don José Belloni, autor del monumento a "La Carreta" y tantos otros que adornan nuestros parques, siendo aún hoy uno de los más altos exponentes uruguayos del arte de Fidias.Como puede verse, las bellas artes estaban dignamente representadas entre los pasajeros mencionados. Dinámico, enérgico, lleno de vida, muy caballero, irradiando simpatía y dotado de una facilidad de palabra que lo convertía en un agradable compañero de viaje, era Don Nicolás Revello, Profesor de Esgrima, que vivía y tenía su Academia en 21 de Setiembre casi la rambla.El Gral. José Luciano Martínez, abogado e historiador, era también uno de los diarios pasajeros que gozaba de gran prestigio y había conquistado infinidad de amigos, aún entre aquellos que ideológica y políticamente discrepabamos con él. Hoy nonagenario vive retirado. Cabría mencionar muchos otros pasajeros que se destacaban en diversas actividades, como el Arquitecto Juan M. Aubriot, uno de los proyectistas del edificio de la Universidad de la República, en nuestra Av 18 de Julio; al Ingeniero Don Luis P. Ponce, al Dr César Miranda, Diputado y Presidente de la Cámara de Representantes, en la lejana época en que no era indispensable viajar en esos "colachatas" que al decir del viejo y sagaz poeta don Angel Falco, "tienen un metro de comodidad y cinco de vanidad". Numerosos comerciantes, profesionales, empleados, algunos obreros, las familias y legión de estudiantes completaban el pasaje de este tranvía. Muchos otros nombres vienen a mi memoria; pero daría una extensión muy larga a esta nota. Los campos y terrenos baldíos fueron lentamente desapareciendo para dar paso a la construcción de nuevas casas con sus alegres jardines, llenos de flores, que desgraciadamente están ahora desapareciendo para levantar en esos mismos solares infinidad de casas de *apartamientos*, perdiendo la fisonomía del barrio-jardín. El aumento de población trajo como lógica consecuencia el crecimiento de los comercios, y también el primer cine de esa zona, hoy convertido ese local en un garage o taller mecánico. Este cine, "21 de Setiembre", estaba situado en la calle del mismo nombre casi esquina Luis de la Torre. Hacía algunos meses que se había abierto, cuando viniendo con un antiguo vecino, un inglés que a su casa le había puesto el popular nombre de "Tipperary", el tranvía se detiene frente al cine. Mi amigo miró enseguida los anuncios del día. Entonces le pregunté si conocía el cine, a lo que me respondió afirmativamente. Como yo no había ido le interrogué: - ?Que tal és? Su gráfica contestación fue: - Es un 35 grande.
Misericordia Campana ("El Quasimodo del Uruguay") Todo Montevideo le conoce; como que ha sido el hombre que mas ruido ha metido en cuarenta años, largo de talle, desde el puesto que ocupaba, el mas elevado, sin duda, de los que puedan ocuparse en esta famosa ciudad de San Felipe y Santiago. Nadie que no le conozca podria decir que aquel moreno patizambo y contrahecho ha sido, y es, la personalidad mas sonada y repicada de las que han pasado por el escenario de la vida publica, y ninguna tan publica como la suya, pues la ha exhibido a los cuatro vientos y en paraje donde no podia ocultarse a los ojos de cuantos quisieran curiosear todos sus movimientos. Mas que arduo de resolver es el problema de saber si Misericordia, como el resto de los mortales, paso por las estaciones de la vida precursoras de la vejez, pues ni los mas empolvados archivos, ni los mas antiguos cronistas hacen memoria de que alguna vez fuese mozo el hoy decano de los sacristanes. Segun el, nacio en Pernambuco, de vientre libre, y se crio en el Convento de San Francisco, donde dice que recibio su educacion, que debio ser escasa y mezquina, pues el hecho es que el discipulo de los Reverendos Franciscanos jamas conocio la O por redonda, ni para leida ni escrita, por donde se vera que, o era el alumno mas torpe o se cuidaban mas los maestros de sus refectorios y aleluyas que de hacer silabear al negrillo. Pero, como no era cosa de mantenerlo para que creciese holgazaneando, determinaron los Reverendos ponerlo al servicio de la santa casa, y le destinaron al campanario, donde bajo la direccion de un consumado maestro empezo nuestro Misericordia a menear badajos a mas y mejor, hasta que llego a ser un verdadero artista en todo lo que al arte campanologo concierne. Que motivos tuvieron los Reverendos Pernambucanos para deshacerse del negrito Ambrosio, que asi se llamaba, es cosa que nadie sabe, pero parece que fue por algo que el no quiere acordarse, como no queria Cervantes recordar el nombre del lugar de la Mancha en que nacio el heroe de su libro. Ello es que un dia le embarcaron en un bergantin que levantaba anclas para el Plata, y otro mejor llego a estas playas, sin mas bagaje que su habilidad, que no fue poco, pues ella le libro de montar guardias y entrometerse en otras pellejerias que eran entonces el pan de cada dia, como que fue en los primeros dias del Sitio Grande, en que la linea era todo el dia un pororo desde el mirador de Suarez hasta el de Pereyra. Tampoco recuerda Misericordia como vino a caer bajo la dependencia del presbitero don Jose Benito Lamas, Cura de la Matriz a la sazon, pero el asegura que durante su curato fue cuando hizo oir por primera vez sus dobles y repiques aprendidos en el Convento de San Francisco, en Pernambuco. Dice Misericordia que cuando llego tenia 22 años, y que hoy tiene 90, pero es fuera de duda que esa cabeza no anda bien, pues la suma de los veintidos con los cuarenta que van corridos desde el comienzo de la Guerra Grande, daria apenas un total de 64 años; edad a todas luces apocrifa e inadmisible: de donde se desprende que tenia mucho mas cuando vino, o que llego mucho antes de que don Manuel Oribe despertase a los azorados habitantes de esta ciudad con aquellos 21 cañonazos con los que inicio el sitio. Sea de ello lo que fuere, el hecho incuestionable es que Misericordia, si no ha llegado al siglo, raspando le anda, como lo atestiguan sus achaques y sus canas que, por un fenomeno inexplicable, no son blancas como las de la generalidad de los mortales, sino verdosas, tinte que el atribuye al uso y abuso que ha hecho de la yerba mate, lo cual puede servir de base a la ciencia para investigar si efectivamente puede influir el cimarron en el color del cabello. Ahi esta el fenomeno y pueden todos comprobarlo para que no se diga que miento. Juzgandole por el pelo, puede decirse que Misericordia esta ahora en sus verdes años. Contra el se estrellan y desbaratan todas las metaforas y circunloquios con que la imaginacion ha querido poetizar los destrozos del tiempo. La nieve de los años, la escarcha de la vejez, y todos los similes de ese genero, rebotan en la cabeza de Misericordia, como contra una valla insuperable. Habria que apelar a la metafora vegetal para hablar con propiedad de las canas del buen moreno. Su nombre primitivo de Ambrosio es desconocido para la generalidad. El apodo de Misericordia le viene de su invariable costumbre de saludar a todo el mundo, diciendo en su media lengua: -!Misericordia, seño! Debe este negro tener larga historia, y su memoria deberia ser un deposito inagotable de anecdotas e incidentes curiosos, pero, desgraciadamente para mi, ha caido en mis manos cuando ya los años le han tapiado los oidos, y perturbado los recuerdos a tal punto que es necesario valerse mas de la mimica que de la palabra para despertarle las ideas. Pero todo lo que tiene de lerdo y apagado para contestar a lo que se le pregunta, tiene de listo y despierto para hablar de sus campanas. Se le avivan los ojos, se le agrandan las narices, se vuelve agil y se relame con placer cuando cuenta la manera como debe repicarse en tal o cual solemnidad. En el continuo trato con las campanas ha llegado a considerarlas como seres que viven o que hablan, y sus metalicos ecos los ha traducido al lenguaje comun, creyendo de buena fe que los bronces dicen aquello que el se ha forjado a fuerza de oirlos. Las grandes festividades de la Iglesia las solemniza Misericordia con el repique que el llama de San Jose, y cuyo compas lleva bailando a saltos, mientras que con las manos agita los badajos y canta al mismo tiempo: "!San Jose - cabeza me duele! !San Jose - cabeza me duele! !San Jose - cabeza me duele!" !Es de verle, tocando este repique en seco! Salta y gesticula como si estuviese en el campanario, imita el sonido de todas las campanas, y traduce los sonidos, explicando que, mientras la mayor dice con sus notas graves "!San Jose!" la chica con su vocecilla aguda repite: "!Cabeza me duele - cabeza me duele!". Otras veces cuando se trata de funciones de media gala, dice el que toca el repique del vinten, que es mucho menos complicado que el de San Jose. "!Manuel vinten! !Manuel vinten! !Manuel vinten!" dicen las campanas con invariable monotonia, solo interrumpida por algun floreo que de cuando en cuando se permite el artista para demostrar su habilidad que es consumada, pues se jacta de haber aprendido, en una sola leccion que le dio un correntino, el repique llamado la garua y que lo explica cantando: "chachachan - chacha - chachancha chachachan - chacha - chachancha" sin haber logrado todavia traducir al lenguaje comun lo que la tal garua dice. Otra de las particularidades de su vida, que Misericordia oculta, es el motivo de su retiro de la Matriz, en cuyo campanario ejercito por mas de treinta años los toques que aprendiera de su maestro pernambucano. Alli repico el mucho antes de ser revocada la iglesia, cuando cada uno de los agujeros abiertos para colocar los andamios era una guarida de aquella lechuzas y murcielagos que salian entre dos luces a revolotear en torno a las torres y que despues de Animas empezaban a revolotear a los transeuntes con ese fatidico sssch que, segun las viejas, es pronostico de muerte. Dicen las malas lenguas que la causa de la despedida del moreno fue el haberse permitido dar un baile a son de organo en el pequeño vestibulo de la escalera que conduce al campanario. Otros dicen que fue su amor a San Francisco, bajo cuya educacion se habia criado, el que lo llevo al nuevo Templo de aquel Santo; pero, ya sea lo uno o lo otro, ello es que algo debe haber en la cosa, porque Misericordia se expresa en terminos que llegan hasta el descomedimiento cuando habla de su antigua iglesia. Pero de pronto, tiene el mas profundo desprecio hacia los actuales campaneros de la Matriz. "Esho napolitano trompeta", dice el con su lengua de trapo. "que no she ocupa ma que de gana vintene, y que rompe una campana cada shemana".Esto de las roturas, sobre todo, le indigna. Segun el, en todo el tiempo que estuvo en la Matriz, las campanas no han tenido ni un dolor de cabeza por culpa suya: "Ninguna ha fallecido en mis manos" - decia el moreno con orgullo siempre con su tema de considerar a los bronces como seres vivientes. - "Yo subo al campanario un cuarto de hora antes de empezar el repique, me decia muy serio, preparo mi instrumento y en cuanto suena la hora, ya empiezo, dele que dele, y toco como es de regla: no como esos napolitanos que hacen como les parece. Hoy (era sabado), cuando yo recien estaba en el segundo repique, ya ellos habian tocado el tercero". Y al decirme esto hacia una mueca despreciativa como diciendome: "Vea usted que diferencia va de mi a ellos". Y siguiendo con sus explicaciones, me decia que cuando se ha repicado un rato, no se puede tocar la campana ni con la punta del dedo, porque esta como caliente, la menor impresion de frio puede hacerla estallar. !Y con que seriedad hace Misericordia estas explicaciones!. Parece que en ese momento desempeña el profesorado en materia campanologa, tal es la gravedad y la prosopopeya con que se expresa. Ahi donde ustedes le ven, tan negro y tan feo, han de saber que ha tenido sus desveneos amorosos, y hasta llego a uncirse al yugo del Himeneo, sujeto al cual vivio por veinte y mas años, hasta que la Parca le liberto de la coyunda. Pero no por eso escarmento el moreno, y volvio a las andadas, solo que como era tan baqueano en la iglesia, se caso por los fondos, talvez para probar si el matrimonio contraido por detras de la iglesia daba mejores frutos que el celebrado por delante. De los vastagos que tuvo, ninguno hizo huesos viejos, y a los dos les acompaño hasta la tumba desde su campanario con funebres dobles, que traducian el dolor del pobre moreno segun eran de melancolicos y descompasados. Nunca toco sus campanas con mas tristeza ni fervor. Años atras, desempeñaba en la Matriz multiples ocupaciones. En los momentos que le dejaba libre el campanario, desde la misa de alba hasta el toque de Animas, se ocupaba del aseo de la iglesia. Sacudia con mucho cuidado las venerables imagenes de San Felipe y San Luis; arreglaba los pliegues del manto de la Serenisima Virgen; le peinaba la lana al perro de San Roque; acomodaba convenientemente la florida vara de San Jose; y de cuando en cuando sacaba a ventilar el asno, la vaca, las ovejas y los pastores con que armaba el retablo y el nacimiento de la Pascua de la Natividad. Pero donde se esmeraba y ponia toda su prolijidad era en el altar de San Benito, representante de su raza en los dominios del Reino Celestial. Alli era el tener siempre los floreros adornados, y el no faltar una vela, y el cuidar del paño del altar como si de finisimo oro fuese tejido, y el atender a que todo estuviese reluciente y primoroso. Mas de uno y mas de dos de los reales con que las devotas le compensaban el cuidado de sus sillas, los aplicaba al adorno de su altar favorito, y era su mayor gloria poder obsequiar a su santo con un ramo de perfumadas azucenas y adornar los floreros con los mazos de alhucema con que contribuian los viejos negros que a la puerta del Mercado se ocupaban de la venta de raices y yuyos medicinales. De la noche a la mañana se hizo Misericordia el heroe obligado de todas las funciones titiritescas. Tamaño desacato le puso fuera de si en los primeros tiempos, y mas de uno de los perros que furtivamente se metian dentro de la iglesia sintio los efectos de la sobreexcitacion en que vivia el buen moreno desde que se vio arrastrado de las alturas del campanario al tablado de un mal teatro de titeres. Misericordia Campana, campanero de la torre de la Matriz, que asi se llamaba el muñeco, era un verdadero heroe en todos los dramas y tragedias en que tomaba parte. El desfacia agravios, protegia doncellas y viudas desamparadas, enderezaba entuertos, y siempre con tan buena suerte y fortuna que, a diferencia del Manchego Hidalgo, que alli donde se metia salia con algun diente de menos o algun tolondron de mas, no metia el negro la pata en ninguna aventura que no saliera de ella triunfante e ileso, mas que fuesen los ejercitos de Xerjes los que por delante se le pusiesen. Todo era entrar en combate Misericordia, sin mas arma que su cabeza, pues de "capoeira" heria, y dejar el tendal de muñecos descalabrados, con gran aplauso de los chiquillos y niñeras, que a boca abierta y a moco tendido ponian sus cinco sentidos en las hazañas del negro, quedando con el corazon en un hilo mientras se revolvia a cabezazos entre los malandrines y jayanes que lo cercaban, hasta que la caida del ultimo follon les devolvia la tranquilidad, viendo a su heroe quedar dueño del campo de batalla, sano y salvo. Pero, Misericordia en los titeres, no es asunto para tratarlo asi de paso, y no he de tardar en escribir el capitulo aparte que se merece, si es que alguna mejor cortada pluma no me releva de tan ardua tarea. Y dejando el muñeco y volviendo a mi negro, ahi le tienen ustedes, apenas bosquejado en las carillas que llevo escritas, culpa, no de el, sino mia, que no supe trazarle en todos sus perfiles. Quien quiere verle, no tiene mas trabajo que ir a San Francisco, en cuyo campanario luce hoy todavia las habilidades que aprendio en el Convento de los Reverendos Franciscos Pernambucanos, bailando al compas de sus repiques al son de: !San Jose - cabeza me duele! !San Jose - cabeza me duele! en las grandes festividades que solemniza la Iglesia, o repitiendo con sus badajos en las fiestas de menor cuantia, el !Manuel Vinten! !Manuel Vinten! que segun el, dicen las campanas con su metalica lengua. Noviembre 21 de 1882 De "Cronicas Montevideanas" de Sanson Carrasco.
De donde salen, donde viven, donde comen, donde duermen esos centenares de muchachos montevideanos, de todos los tipos y de todas las edades, que desde las primeras horas de la mañana acampan en el patio de esta imprenta, y lo convierten en teatro de sus truhanerias, de sus burlas, de sus juegos y de sus riñas? Ellos mismos, talvez, no lo saben. Duermen donde la noche les toma, despues de sus mercantiles correrias para vender el diario; comen lo que la casualidad les depara, si no tienen con que comprar un pan y alguna golosina; visten las ropas mas remendadas y se cubren con los mas estrafalarios sombreros cuya pristina forma y color han deshecho y borrado el sol, el polvo y la lluvia de dos veranos y de dos inviernos, cuando no el volar de mano en mano a guisa de pelota con gran contento del dueño, que lejos de enfadarse, toma parte de la jarana y ayuda a zarandear su manoseada prenda, que al cabo de voltear por los aires como el manteado escudero de la venta, va a caer sobre la cabeza a cuyo servicio esta, ajada, marchita, fatigada y con una arruga mas, que precipita su ya avanzada vejez. Es de verlos a todos ellos, reunidos en torno del que tuvo la dicha de ir al circo anoche, oyendo boquiabiertos y con cara de envidia la enumeracion de las gracias del payaso, la narracion de los ejercicios del doble trapecio, de los equilibrios de la cuerda floja, de los desgoznamientos del hombre de goma que toma con los labios la moneda colocada entre sus pies, haciendose un arco, de los saltos mortales, de los aros forrados de papel que la amazona hiende lanzando el caballo a gran carrera, y de todas las suertes, en fin, que constituyen el programa de un espectaculo acrobatico. Pero donde el interes del auditorio aumenta y la mimica del narrador redobla, es cuando llega a la descripcion de la lucha descomunal de los atletas Raffetto y Bartoletti, los heroes del dia, que andan en boca de los viejos, cuyo nombre repiten los niños, envidiados por los changadores, adornados en silencio por todas las fornidas maritornes que se deleitan en la contemplacion de su recia musculatura, admirados por los carreros y carniceros, y aplaudidos por los incautos concurrentes que toman por lo serio estos retos lanzados a manera de anzuelo en la corriente de la publica credulidad, para pescar a los que no aciertan a ver el garfio oculto tras del cebo. Alli es el disputar y el argumentar sobre cual de los dos tiene mas habilidad, mas maña, dicen ellos, o mas fuerza. Dividese el auditorio en dos campos. Capuletos y montescos defienden a capa y espada a sus respectivos campeones. Los raffetistas acusan a Bartoletti de usar artimañas y de ardides para evitar la caida, pero los contrarios acumulan a su vez a Raffetto el valerse de zancadillas y el untarse con aceite el cuerpo para que su adversario no pueda tomarle con fijeza. Y la discusion aumenta, y el entusiasmo crece, y de la defensa del atleta se pasa al denuesto contra el defensor, la voz degenera en grito, el ademan se hace amenazador, los ojos chispean de colera, y al fin la disputa se resuelve en una lucha librada entre los dos jefes de cada pandilla, como hacian los caballeros antiguos para decidir la suerte de una batalla. Generalmente la contienda no llega a su termino, por la extemporanea e inoportuna intervencion de un vigilante, que sin respetos ni miramientos por horacios ni curiacios, arremete con todos ellos, los dispersa, y las mas veces no consigue hacer presa de ninguno, pues se le escapan, se le filtran por entre las manos, haciendose impalpables e invisibles como esos fuegos fatuos que a lo lejos se ven vagar sobre las osamentas en el campo, y que desaparecen al acercarse a la causa que los engendra. El patio queda desierto; solo en un rincon se ve al viejo vendedor de roscas con grasa y masas de indefinida e indefinible confeccion, sentado junto a su mercancia, enarbolado el garrote para ahuyentar tentaciones, testigo mudo e impasible de aquellas disputas y riñas que en su derredor se originan, sin variar de postura mas que para proteger con su cuerpo el canasto de sus mazapanes contra las peripecias inesperadas de la lucha. A los cinco minutos ya esta reinstalado el conclave. Se ve a los dispersos aparecer uno a uno, asomando la cabeza por detras de las puertas, surgiendo otros debajo de un cajon, entrando los demas de la calle con paso desconfiado y tacito, como esos roedores nocturnos que con recatado y avizor andar salen de los albañales y brotan de entre las grietas del empedrado en busca de los desperdicios y mendrugos que a la calle arrojan los vecinos. A la cabeza de todos ellos viene Andina, el celebre Andina, jefe y capataz de todos los pilluelos, decano del honrado y socorrido gremio de vendedores de diarios y periodicos. A una voz de mando todos callan, y Andina les espeta un discurso ininteligible, pronunciado con medias palabras que no acierta a redondear con su lengua de trapo viejo. Y es tal el espiritu de disciplina de la pandilla, y tal el prestigio de su jefe, que basta que Andina se tire a muerto, para que todos a su torno caigan al suelo y no se levanten hasta que aquel lo haga. A su lado esta el Pebete, pilluelo criollo de edad indescifrable, chicuelo y travieso como una laucha, vestido con un traje cuya primitiva tela ha desaparecido bajo los remiendos hibridos y heterogeneos que semejan un tablero con casillas de diferente color y tamaño; calzado con unos zapatos que por entre las muescas del cuero raido dejan ver los dedos del pie armados de garras corvas, que no de uñas, y cubierto con un sombrero de forma imposible, desalado, terminado en punta, y tornasolado con los colores que median entre el negro del rape y el verde botella. Tras de el esta el Conejo, de nombre y de cara, con los ojos vivos y redondos, los labios abultados y salientes, gran tocador de polkas y milongas que ejecuta con una de esas flautas de lata cuyas notas corresponden a otros tantos agujeros cuadrados, dispuestos como mechinales de palomar, y que se gana la vida luciendo sus dotes musicales en peringundingues y bailes de candil. A veces conejo trae su flauta al patio, y entonces es de ver la atencion con que le oyen los presentes, y acompañan al flautista con sus penetrantes y afinados silbidos, repitiendo la milonga mas en boga, y cantando con acento de quien busca gresca: Soy del barrio de Palermo, de la calle Santa Fe, Mi nombre es: como gobierno, Mi apellido: priendale. Entre el auditorio esta Pequeño, napolitano acriollado, adornado de todas las pillerias importadas, y de toda la travesura nativa, y mas alla se ve al Zurdo, Gambastorta, a la Nena, a Ronquito, a Alfeñique, al Piojito, a cien mas, eternas reproducciones de los heroes de Hurtado de Mendoza, de Mateo Aleman, de Ladron de Guevara, de Lesage; colegas de los pelaires de Segovia, de los agujeros del Potro de Cordoba y de los mozos de la feria de Sevilla que mantearon al malaventurado Sancho; afines de Ginesillo de Pasamonte y de Gil Blas de Santillana; y llegando mas a nuestros dias, hermanos del inolvidable Gavroche, cuyas hazañas y pillastronadas copian y parodian instintivamente, sin haber nunca leido ni oido hablar de los que esos sus ilustres antecesores hicieron para conquistar la imperecedera gloria de servir de carozo a los mas sabrosos y sazonados frutos de nuestra habla castellana. Causa risa el ver la importancia y la prosopopeya con que esos chicuelos se hacen servir por el vendedor de helados, cuya mercancia saborean en una copa con mas vidrio que hueco, pagando el importe con todo el desprecio de quien tienen en menos el dinero o facilmente lo adquiere. Pero la gracia no esta en tomarlo de un color, blanco o rosado , sino mixto, de uno y de otro, disciplinado, como dicen los franceses, mostrando de esa manera que saben darse un corte, al decir de los que, sin un centavo, vengan su pobreza satirizando a los opulentos. !Y con que escrupulosidad juegan sus reales! No se trampean, no se alteran, ni pierden la gravedad, ya les sea adversa o favorable la suerte. Si se presenta la oportunidad de un empate dudoso, o de un caso no previsto en sus codigos, se recurre al arbitraje de Andina que falla sin apelacion en favor de quien, a su parecer, tiene de su parte a la justicia. Si por casualidad Andina esta ausente, entonces ya es otra cosa; la dificultad se resuelve generalmente con arreglo al mote del escudo chileno: !por la razon o la fuerza!. La ultima es la que dirime la cuestion. A todo esto esta el viejo masitero atento, siguiendo las peripecias del juego y haciendo votos intimos a favor de sus habituales consumidores, esperanzado en que la ganancia de estos ha de redundar en pro de la suya, dando despacho a aquellas desgraciadas masas, aburridas a fuerza de viejas, moteadas por las moscas que logran evitar el continuo abanicar del vendedor, y empedernidas como un criminal recalcitrante. Hay momentos en que se hace insoportable para los que trabajamos aqui, puerta de por medio con ellos, el vocerio y la algazarra que arman con cualquier motivo, y entonces son inutiles las amonestaciones y los discursos. Para aplacar aquella polvareda de descompasados gritos y de ruidosas carcajadas hay que regarlos con dos o tres jarros de agua, que siembran la dispersion en los apretados grupos y sirven de elocuente y humeda advertencia para hacerles entender que molestan. A las tres empiezan a oirse los latidos del motor y el voltear el volante de la maquina, y momentos despues, este monstruo del arte y de la mecanica empieza a vomitar por arriba y por abajo, por derecha y por izquierda, las hojas de papel impreso que sirven durante una hora de alimento a la curiosidad publica, avida siempre de novedades, como si estuviese en manos de los que escriben el hacerlas. Cada vuelta de la rueda marca ocho ejemplares que van a la circulacion y en menos de una hora salen a la calle mas de cinco mil numeros, que a poco rato llegan a los mas apartados barrios de la ciudad, llevados y pregonados por los tertulianos del patio, que a paso de trote y con la voz añelante, van gritando de calle en calle y de puerta en puerta, trepando a los tramways y deteniendo a los transeuntes: "EL NACIONAL! !Ultima Hora! !Nacional-Cional!". Los primeros dos mil quinientos numeros que la maquina imprime pertenecen a un comprador por mayor, a Sarategui, que los detalla entre sus marchantes y monopoliza las estaciones de las vias ferreas, la Bolsa y otros puntos de reunion. Despues viene el despacho menudo; cien a un muchacho que los reparte con sus socios; cincuenta al otro, veinte al de alla, diez al de aca, guardando todos su numero de orden, y ayudando a doblar los de sus compañeros mientras les llega el turno. En el lenguaje tecnico de los muchachos, el diario se vende y se compra como los comestibles. - Deme cinco pesos de Nacional. - !A mi quince pesos! - Vendo diez pesos de Libertad doblada. A las cinco, el patio, aquel patio tan animado y bullicioso dos horas antes, esta muerto y mudo, con sus losas desiguales y resquebrajadas que conservan las huellas indelebles del continuo salivar y de las cascaras de duraznos y bananas pisoteadas que amenazan con un porrazo al incauto que por alli pasa distraido. ?Donde estan los alegres pobladores de el patio de El Nacional?. Por ahi van; por calles y por plazas; haya sol o lluvia, granice de frio o sofoque de calor, llevando bajo el brazo su mercancia politica, literaria, comercial y noticiera, que reparten y venden en bien de ellos, de sus madres, que esperan la modesta ganancia del dia para poner la olla al fuego, y de sus hermanitos que con los diarios viejos que el hermano no pudo vender, ensayan el oficio corriendo por los patios y corredores del conventillo que habitan, y gritando con sus vocecitas agudas y penetrantes, los pies descalzos y la camisita que apenas les cubre el vientre: !El Nacional! !Nacional! !Cional! !Ultima Hora!. Marzo 14 de 1882 De "Cronicas Montevideanas" de Sanson Carrasco.
(59) Los carnavales (Antaño y Ogaño) Parte 1 de 2 Echarame yo a ahora a hacer un estudio historico desde los comienzos del carnaval, y tuviera , de seguro, para indigestar a mis lectores con un par de columnas de citas, fechas, lupercales y saturnales y mil otras antiguallas que hablarian mucho en favor de mi erudicion, para los que no saben que estas cosas se encuentran en cualquier librajo de esos en que muchos cosechan los partes y novedades con que se dan infulas de ser sabedores de cosas de otros siglos, sin darse cuenta, las mas de las veces, de lo que acontece en el que viven, como que va mucho de copiar lo que otros dijeron a hacer por si las observaciones y comentarios a que se presta lo que nos rodea. No crea, pues, el lector, que voy a remontarme hasta los origenes de la fiesta que hoy comienza, pues solo echare un vistazo a quince años atras, la mitad de los que tengo con un item que no hay para que detallar, pues sabido es que, tanto hombres como mujeres, no salimos de los treinta hasta que los cuarenta nos suenan, y de aca a alla, todavia va larga para mi. !Asi pudiera estirarlo ... !. Decia, pues, y digo, que ahora quince años, y menos aun, se jugaba al carnaval a huevazo limpio, cosa de todo sabida, pero como el tiempo pasa, y con el se van los recuerdos, no estara de mas hacer memoria de aquellos tipos especiales de nuestro carnaval, y digo nuestro, porque no he oido jamas hablar de que, fuera del Rio de la Plata, se jugase a carnaval como entre nosotros, de aquella manera criolla, que degeneraba, las mas de las veces, en sopapos. Convengo con los que dicen que aquello era barbaro, pero quiero , tambien, que convengan conmigo en que era muy divertido; era mas espontaneo, mas popular, y, sobre todo, mas barato. Los edictos policiales solo prohibian el uso de huevos de avestruz, y otras armas por el estilo, capaces de dar en tierra con los transeuntes, y el comienzo del juego se anunciaba con un cañonazo, disparado desde la que fue fortaleza de San Jose, y no hay para que pintar la ansiedad don que los jugadores esperaban, reloj en mano, el estampido guerrero para emprenderla con el primer incauto que pasase. Todo era sonar el cañonazo y echarse a la calle centenares de muchachos, con canastas los unos, y con cajones los otros, colgados con un cordel de los hombros, anunciando a grito pelado. !A los buenos güevitos de olor pa las niñas que tienen calor! A lo que otros contestaban: !A los buenos güevitos de triquitraque pa las niñas que usan miriñaque! Llevaban los muchachos su fragil mercancia muy arreglada en hileras rojas, verdes, azules y amarillas, segun el color dado a la cera con que se tapaban las cascaras despues de llenarlas de agua nominalmente perfumada, a razon de un frasco de "eau de cologne", de aquellos larguiruchos, por cada balde de agua, y retobadas con trapos de todos colores, cortados en redondo, y sumergidos dentro de la cera hirviendo para pegotearlos en el huevo relleno, que quedaba convertido en temible proyectil. Estos chicuelos surtian a los jugadores accidentales, paseantes que se entusiasmaban al recibir un balde de agua, y devolvian la fineza con una docena de balazos, que no de huevazos, segun era la fuerza con que arrojaban las cascaras, muchas de las cuales, mal rellenas, se estrellaban en el aire, disolviendose la carga de agua en menudisima lluvia, tal era el impulso que llevaban. Pero el jugador tipico era el orillero de sombrero gacho, poncho, pañuelo de golilla, y en la mano otro atado por las cuatro puntas, dentro del cual llevaba su provision de hasta dos docenas de huevos, bastantes para divertirse los tres dias. A buen seguro que mi hombre lanzase un huevo a la ventura. Apuntaba como quien va a tirar al blanco, reboleaba el brazo dos o tres veces, y si consideraba dudoso el golpe, volvia a guardar el huevo, para no malgastarlo. Y asi se recorria toda la ciudad, soportando los baldes de agua que de las azoteas y balcones le llovian, o recibiendo en plena cara uno de esos jarazos traicioneros que salian de atras de una puerta entornada, disparados generalmente por una fornida gallega o por alguna morena de esas que tienen cada brazo como un tronco. Al caer la tarde, se veia venir en una u otra direccion una gran comitiva, precedida y seguida de una turba de muchachos. Eran los jugadores de alto tono, la juventud dorada de Montevideo, que salia a jugar por lo fino, con cascaras de cera y cartuchos de confites. Era de verlos tan ufanos y alegres con sus garibaldinas azules o rojas, pantalon blanco, bota de charol a la granadera, lujosa faja de seda, y en la cabeza una boina graciosamente achatada hacia un lado. Alli era el salir apresuradamente a los balcones las señoritas, armadas de sus jarros, echando agua con una mano sobre aquellos peripuestos donceles, y defendiendose con la otra de los proyectiles que ellos le arrojaban con toda mesura, a barajar, para no lastimarlas. - Acerquese, pues, no se acobarde - decia una dirigiendose a alguno de los campeones. - Me acercare si usted me tira esa flor que tiene en la cabeza - contestaba el amartelado galan. - Alla va, venga a recogerla. Caia la flor bajo los balcones, apresurabase el caballero a levantarla, y cuando con una amable sonrisa iba a saludar a la dueña, recibia en el rostro un torrente de agua que le cegaba y ahogaba, desgracia que el trataba de disimular diciendo con toda galanteria: - !Como ha de ser! no hay rosa sin espinas ... Y asi seguia el juego por largo rato, ellos aguantando un diluvio de agua que les dejaba ensopados, y ellas recibiendo los huevos de cera, que se estrellaban en sus manos, perfumandolas con exquisitas esencias, no sin que de vez en cuando se oyese gritar: - !Puf! Esta podrido. Cuando ambos beligerantes quedaban ya rendidos de la refriega, empezaba la parte galante de la fiesta. Los caballeros arrojaban a manos llenas cartuchos de confites, y ahi era el gritar y manotear de los chicuelos, que estaban a los desperdicios, lanzandose en masa sobre la vereda cuando algun cartucho no llegaba a su destino, empujandose, pateandose, por agarrar la codiciada presa, mientras los jugadores hacian toda clase de esfuerzos para barajar las coronas que en cambio de los confites les llovian, retribuyendo ellos todavia el obsequio con cajas especiales, de antemano destinadas a fulana y a sutana, a quienes las enviaban por medio de sus sirvientes, no atreviendose a correr el albur de que al arrojarlas cayesen entre la turba multa de harrapiezos que andaban a caza de gangas. Venian, por fin, los saludos, que por lo general iban rociados de algun jarrazo especial, combinado con la mucama, estrategicamente colocada para no errar el golpe, y tras de esta humeda despedida, retirabanse los jugadores, mojados hasta la medula de los huesos, las camisetas lacias, destiñendo el azul o el rojo de la tela sobre los pantalones, pero muy orondos con sus coronas, terciadas al hombro, cifrando cada cual su orgullo en el mayor numero de las conquistadas en la accion que acababan de librar. !Pobres coronas! al finalizar la jornada, solo quedaba de ellas algun jiron de tarlatana marchita, y como triste realidad, el arco de barrica en torno del cual la delicada mano de fulanita abullonara crespones y tules para obsequiar a su campeon. Muchas veces, cuando las heroinas estaban ya muy tranquilas haciendo el recuento de los regalos y narrando los episodios del combate, se veian de repente sorprendidas, invadidas por un grupo de intrepidos que iban a librarles batalla dentro de sus propias trincheras. Gritos, cerramientos estrepitosos de puertas, vidrios rotos, repliegues de las jugadoras a un rincon, y protestas de los dueños de casa; tal era el comienzo de la lucha. El campo de batalla era la sala, prudentemente desamueblada desde el dia anterior, sin alfombra, sin cortinas, sin ningun adorno, en fin, mas que la gran tina de baño colmada de agua, el baño de asiento, la tinaja, los tachos grandes de la cocina, y todo cuanto cacharro pudiera servir de deposito para tener mucha agua a mano. Repuestas las niñas del susto, emprendian el ataque provistas de sus jarros pues buen cuidado tenian de no dejar sus armas para que el enemigo las aprovechase. Defendianse los hombres como podian, con las manos, con el sombrero, con lo que les caia al alcance, pero generalmente acababan por quedar vencidos, porque es irresistible una carga de jugadoras de esas que se calientan en la refriega y ya no miran para atras, arrojando agua mientras tienen agua, y concluyendo a jarrazo limpio cuando ya no tienen con que mojar. Escurrianse los asaltantes como podian, perseguidos hasta en la escalera, por la servidumbre que hacia de reserva a las patronas, pero frecuentemente sucedia que el menos listo o el mas aturdido quedaba solo, encerrado dentro de un circulo femenino que, no por serlo, era menos terrible, y entonce pagaba el la calaverada, por el y por sus compañeros. Esta le aturde con un jarro de agua en los ojos, aquella le aplasta encasquetandole un balde lleno en la cabeza, la otra le pellizca de un brazo, tironeandole la de mas alla de las orejas, hasta que, entusiasmadas de veras, cargan las cuatro con el, y a pesar de sus manotadas y pataleos, le zambullen dentro de la tina, y de buena gana le ahogarian, si la oportuna intervencion del dueño de casa no pusiese fin a la gresca. !Como salia de mohino y cariacontecido el zarandeado asaltante, es cosa que ya el lector sobradamente se imaginara ... ! Habia tambien los jugadores hipicos, grandes jinetes que se lucian cerrandole piernas al caballo para pasar por entre dos cantones en medio de una granizada de huevazos y una lluvia de bombas, costalando el caballo sobre las piedras azorado con la bulla, con los proyectiles que lo herian, con lo resbaladizo del suelo y con la constante amenaza de los lados y del frente y de atras, sin atinar por donde huir para librarse de aquel infierno. La calle, sembrada de retazos de papel y de cascaras de huevo, denunciaba a los jugadores que, ocultos tras los pretiles de las azoteas, acechaban a los incautos. De repente aparecia un transeunte, y mirando con cara de pillo, se aventuraba por la cuadra peligrosa, en la seguridad de burlar a los que le esperaban. Si las bombas y cascaras estaban sobre una acera, tomaba el por la de enfrente, calculando entre si que los jugadores estarian encima de el, y contra ellos se defendia pegandose todo lo posible a la pared para resguardarse con las cornisas y balcones. !Inocente!. Cuando mas contento iba, felicitandose de su travesura y sonriendose del chasco que habia dado !zas! de atras de una puerta que el ni sospechaba, le disparan un balde de agua que le ensopa de los pies a la cabeza. Aturdido por la sorpresa y temeroso de una nueva arremetida, saltaba al medio de la calle, y entonces le aprovechaban los de arriba, apedreandole a huevazos, haciendole tambalear a baldes de agua y muchas veces, dando con el en tierra de un bombazo certeramente acomodado en la cabeza. Entonces se armaba un a de silbidos, de gritos, de toques de corneta y de matraca que atraian a todos los curiosos, prudentemente aglomerados en la esquina, y cuando mas encantados estaban estos gozando con las desgracias del caido, !cataplum!, llovia sobre ellos toda una tina de agua que les dispersaba echando pestes y maldiciones contra el travieso que tan donosamente les habia burlado. !Oh! !Los buenos tiempos! Y se fueron para no volver. Ahora todo es mezquino y raquitico. Se juega con pomitos, ridiculo remedo de aquellas monumentales jeringas cuyo grueso chorro alcanzaba hasta los miradores y los mismo que los jugadores, se van las mascaras, aquellos "mascaraos" tipicos que ha pintado de mano maestra Dermidio De Maria, describiendo a los marqueses y las pastoras sudados ellos dentro de sus casacones de terciopelo, y despeadas ellas con los zapatos estrenados ese dia, y domados en una continua caminata desde las doce hasta la puesta del sol, para seguir despues el burreo en los trasijados bailes de rompe y raja, en que van las parejas ceñidas como los hermanos siameses, haciendo de dos cuerpos un solo bloque que se menea como un !ay de mi! y suda mares desde la punta del pelo hasta ... !no descendamos, por higiene siquiera, hasta esos extremos que no hay para que nombrar! ... ?Donde se han ido los condes de la carreta de alambre con la boca de resorte para fumar una tagarnina? ?Donde, los indios de camiseta de punto, adornada la cintura y la cabeza con desperdicios de plumeros? ?Que se han hecho los turcos de cabeza atada con pañuelos de algodon, luciendo sobre la ropilla la licencia policial, y holgadamente calzados con amplias alpargatas? "Los infantes de Aragon ?Que se hicieron? ?Donde estan?" Ya no se ven aquellas comparsas heterogeneas, formadas por acumulacion en torno de un acordeon y una pandereta, sin conocerse los unos a los otros, vinculados momentaneamente por el deseo de marchar al compas de una musica cualquiera, y disolviendose de la misma manera que se agruparon, sin darse siquiera las buenas tardes, elementos congeneres en el modo de ser, que se agrupan como lo hacen los pajaros, en bandadas, aunque sean de diversa procedencia y plumaje, solo porque son pajaros, como solo por ser turcos todos ellos se empandillaban aquellos "mascaraos" de los buenos tiempos. Febrero 4 de 1883 De "Cronicas Montevideanas de un siglo atras" de Sanson Carrasco.
CRONICAS MONTEVIDEANAS, de Sanson Carrasco Sanson Carrasco (1849-1930), seudonimo periodistico de Daniel Muñoz, nacio en Montevideo dos años antes del fin de la Guerra Grande. Es, pues, contemporaneo de Acevedo Diaz (1851) y de Zorrilla de San Martin (1855) y aunque su obra no alcance las dimensiones ni la importancia de la de estos, sus cronicas no han perdido vigencia, y se pueden leer hoy sin que el lector necesite un "acomodamiento" previo a las modas literarias o a las retoricas epocales. En la epoca de las cronicas Montevideo tenia 200.000 habitantes (1887) y los "tramways", a caballo por supuesto, estiraban sus rieles hasta barrios lejanos, que en la epoca debieron parecer remotos. Cuando en el año 1878 Daniel Muñoz fundo La Razon, "sin otro programa que combatir al catolicismo y demas religiones positivas" y defender el espiritualismo liberal, comenzo una doble tarea, de editorialista en su calidad de director, y de cronista con el seudonimo de Sanson Carrasco. Sus articulos se pudieron leer en La Razon durante veinte años. En 1884 fueron recogidos por primera vez bajo el nombre de "Coleccion de Articulos". Fue embajador en Buenos Aires, primer Intendente Municipal de Montevideo en 1909-1911 y Ministro de Relaciones Exteriores en 1919. Sanson Carrasco es, sin duda, nuestro primer gran costumbrista. El genero estaba en boga en toda la America Española y habia dado lugar, junto con la Leyenda Romantica a una obra tan importante como la del peruano Ricardo Palma. Pero Daniel Muñoz ni echa mano a la fantasia ni es un memorialista, sino un costumbrista nato, no inventa ni transpone los datos de la realidad, ni hurga en los libros de la historia ni en la memoria de los viejos, sino que escribe sobre lo que vivio y conocio
(68) El corneta Sayago - Montevideo 1882
En todas las agrupaciones sociales se destacan de entre el hacinamiento de la poblacion, ciertas entidades que, sin estar rodeadas de los prestigios que granjean el talento y el valor, alcanzan a veces mas extensa popularidad que las personalidades eminentes. Esos tipos son de todos conocidos y de todos estimados, sin que muchas veces haya mas razon para esa popularidad que la de imponerse ellos mismos por alguna particularidad, que acaba de ser un rasgo fisonómico de la sociedad en que se agitan, incrustándose como un hábito en las costumbres que caracterizan a cada pueblo. En Montevideo, por ejemplo, a nadie sorprende el toque marcial del clarín a cualquier hora del día o de la noche. Ese mismo toque, que en Buenos Aires, llamaría a las puertas y ventanas a todos los pacíficos industriales de la gran ciudad: apenas si despierta entre nosotros a los chiquillos que duermen, o hace poner el oído atento al extranjero llegado ayer a estas playas. - Es Sayago, - decimos todos, y ese simple apellido basta para explicar la causa que motiva el toque, que desde lejos viene oyéndose con intervalos, hasta que llega a la cuadra y taladra con sus penetrantes notas las puertas y las paredes, yendo a repercutir en los fondos de las casas, donde provoca chismes y cuentos de la servidumbre sobre Sayago y su clarín, instrumento que forma ya parte de su organismo y va tan unido a él, que separarlo sería dejar incompleta su personalidad de uno de sus más pronunciados rasgos. Todos conocen a Sayago, pero no todos conocen sus antecedentes, ni ciertas peculiaridades resaltantes de su vida. Ni siquiera habrá dos de sus más íntimos que sepan la edad que tiene. Sayago es un negro al parecer jóven, de facciones afiladas, delgado, de regular estatura, de mirada inteligente, de barba escasa, y la cabeza poblada con una mota espesa y renegrida. Echándole por lo alto, a cualquiera se le ocurre que tendrá entre cuarenta y cinco y cincuenta años. - !Quién me los diera! contestaría Sayago a quien tal dijese. Según su cuenta, nació al año uno del siglo actual, y tiene, por consiguiente a la fecha la respetable edad de ochenta y un años, que por cierto no le pesan ni le estorban para recorrer con toda agilidad cuadras y cuadras, a paso ligero, como si fuera un mocetón de veinte abriles. Nació Sayago en Lucango, población situada en la costa Occidental de África y comprendida en el reino de Congo, bajo la dominación de Portugal, y corre por sus venas sangre aristocrática. Su padre fué el cacique Lucango Cabanga, y su madre la respetable matrona Joanna Quicola, quien puso especial esmero en la educación de éste que hoy conocemos por Sayago, y cuyo verdadero nombre es Antonio Lucango Cabanga, ciudadano africano, nacido bautizado y amamantado a la sombra del pabellón de la muy poderosa casa de Braganza. Tan precoz se mostró el negrillo, que a los diez años ya al servicio de su patria, embarcándose en calidad de ordenanza en el bergantín de guerra "Promptidão", a las órdenes del comandante José Clemente Guimaraens Silva da Costa, quien, por lo visto, podía lastrar el buque con sólo cargarlo con sus nombres y apellidos. Hacía el "Promptidão" oficio de crucero para impedir el comercio de esclavos, y en una de sus excursiones, llegó por primera vez a Montevideo el año 1811, trayendo a su bordo al hijo del cacique del Congo, cuyos recuerdos de aquellos tiempos son algo confusos, aunque hace memoria de haber conocido la Matriz, ubicada entonces en el solar que hoy ocupa el Club Inglés, techada de paja, y dando frente a un potrero en que pastaban vacas y caballos, que eso y no otra cosa era por aquella fecha nuestra Plaza Constitución, adornada hoy con fuentes y bancos de mármol. El "Promptidão" levó anclas un día, y junto con las anclas se llevó al negrito Antonio, quién siguió creciendo a bordo hasta que el bergantín no pudo más, y vino a dar con su casco en la Punta de Yeguas allá por el año de 1839, donde a la sazón estaba, como está todavía hoy, el saladero de Sayago, regenteado por un tal don Julián Contreras, quien tomó a su servicio al moreno, suplantando a su apellido de regia estirpe africana, el del dueño del establecimiento que administraba. Y he ahí por qué Antonio Lucango Cabanga vino, con el andar de los tiempos, a llamarse Antonio Sayago, sin haber nunca sido esclavo, pues libre nació y libre ha vivido hasta la fecha, sin reconocer mas autoridad que la de su respetable señor padre y la del Gobierno bajo cuya bandera vió por primera vez los picantes rayos del sol africano. A poco vino el Sitio Grande, y no hay para que decir que ni sus fueros de príncipe, ni su carta de ciudadanía portuguesa, bastaron al jóven Lucango para escapar a las estrecheces del servicio militar, y sin más ni más tomó el uniforme, valiéndole su buena disposición el ser pronto promovido a sargento de órdenes del Batallón 2o. de Guardias nacionales, que mandaba el entonces coronel don José María Muñoz. Nueve años combatió Sayago, y por cierto que el encontrarse fuerte y robusto no lo debe a la buena vida que pasó en la línea, donde:el descanso era el pelear y el dormir siempre el velar; y a fé que, según cuentan las crónicas, no era Sayago el último en las guerrillas, ni de los que dormían con los dos ojos, pues era siempre el primero que se presentaba listo y pronto a cualquier hora que se le buscase. Vino después la calma, se hizo la paz aquella en que se declaró no haber vencedores ni vencidos, volvieron los aceros a las vainas y los fusiles a los armeros, los soldados tornaron a sus casas convirtiéndose en simples ciudadanos, pero no volvió Sayago, quién quedó uncido al yugo del uniforme, aunque ya más aliviado de servicio, pues, debido a sus tendencias y aptitudes filarmónicas, ingresó como corneta pistón en la banda del Regimiento de Artillería. Si mis apuntes no estan del todo errados o equivocados, Sayago se casó por aquel tiempo, y buscando compañera digna de su real estirpe, eligió por esposa a Eugenia Rivera, hija de Tia Catalina Vidal, morena de campanillas, célebre por sus pasteles y empanadas, cuya fama trasciende todavía, perpetuadas por las manos de su hija, que heredó de Tia Catalina el secreto de aquellas hojaldres sutiles como encajes, y de aquellos recados de vigilia que hacen la delicia de los que aún observan la costumbre "de no comer carne" en los días clásicos de la Semana Santa. Yo la recuerdo todavía, a la Tía Catalina, con su canasto de caña tejida equilibrado en la cabeza sobre un rodete de trapo, contoneándose por esas calles, con su rebozo a media espalda, y la mano apoyada en la cadera, recorriendo las casas de sus marchantes. Y recuerdo, también, cuando ponía en el suelo su canasto, y ella en cuclillas, quitaba primero la blanca toalla que lo cubría, y enseguida iba levantando una tras otra las frazadas dobladas que servían de abrigo a los pasteles, arreglados allá en el fondo en una doble camada, humeantes todavía como si acabasen de salir del horno. Mas de una vez, yo muchacho, y goloso, quise meter la mano en el canasto para tomar alguna hojaldre suelta, almibarada con el azúcar revenida por el calor de la masa, y más de una vez, también, Tía Catalina castigó mi golosina pegándome en la mano, indignada de la profanación de su canasto, consagrado como urna sagrada de la pastelería, donde sólo ella podía revolver sin desarreglar el orden de la estiba, en lo cual estribaba el secreto de conservarse la mercadería caliente. Eugenia, la mujer de Sayago, no va por las casas como la Tía Catalina. Su aristocrático enlace no le permite lanzarse a la calle, y orgullosa de su habilidad, recibe órdenes a domicilio, sentada al lado de su horno de ladrillos y barro, tibio por lo menos siempre, pues raro es el día en que no sale de allí horneada de pasteles y empanadas que sólo disfrutan los viejos marchantes; porque, eso sí, Eugenia Vidal de Sayago no trabaja para cualquiera, aunque le hagan saltar las monedas de oro o de plata ante los ojos. Apenas si, como homenaje de respeto a la memoria de su madre, sirve a los que fueron parroquianos de Tía Catalina. Fructífero en demasía fué el casamiento de Sayago con Eugenia, quien hasta esta fecha ha enriquecido el linaje de los Lucango con la friolera de veintiún descendientes, de los cuales, los siete son varones, y mujeres las catorce restantes. Es de creer que Sayago se dé por satisfecho con esa respetable prole, máxime teniendo en cuenta que el árbol genealógico de su familia continúa echando nuevos brotos, pues cuenta ya hasta siete nietos, y dada la fertilidad de los abuelos, no hay porqué dudar que la multiplicación de la especie seguirá adelante. El año 59, aprovechando la oportunidad de un buque que partía para Loanda, creyó de su deber Sayago ir a saludar a sus ilustres padres, de los cuales sólo encontró vivo al cacique Lucango Cabanga, tan fuerte como si no hubiese pasado por él un sólo día, y siempre querido y respetado de sus súbditos. Grandes festejos hubo con tal motivo en la aldea de Lucango. Se bailaron candombes interminables, se destaparon sendas botijas de chicha, y en retribución a aquellos obsequios, Sayago tocó algunas piezas en su clarín, despertando con estridentes notas los ecos de las selvas africanas, y atemorizando en sus guaridas a los leones y panteras que las pueblan. Después de algunos meses de candombe y jolgorios, Sayago habló de volver. Su venerable padre y todos los dignatarios de la corte hicieron supremo esfuerzo para retener a aquel compatriota ilustre: mas de una belleza conga dejó escapar un suspiro por entre sus labios de grana y puso los ojos en blanco tratando de seducir al ingrato que la abandonaba, pero Sayago hizo presente sus deberes de esposo y de padre, habló al viejo Lucango de las virtudes de su nuera Eugenia, demostró la necesidad de su presencia para vigilar la educación de los veintiún Lucanguitos que había dejado, y después de una tierna despedida se embarcó en el bergantín "Oriente", llegando a Montevideo nuevamente a mediados de 1860. Sólo entonces fué cuando se le ocurrió poner su clarín al servicio del público, y libre ya de sus compromisos militares, se dedicó a pregonero y distribuidor de anuncios, atrayendo la atención de los transeúntes con los acordes marciales de su inseparable trompeta. No hay empresario de teatros o de circos que no eche mano de Sayago para repartir los carteles del espectáculo. Piria debe en gran parte su popularidad de martillero a los toques de clarín con que Sayago pregona la interminable venta de solares en el "Recreo de las Piedras"; y tal importancia se dá al instrumento, que no ha mucho fué contratado especialmente para anunciar, no recuerdo que publicación de Buenos Aires, donde alcanzó Sayago gran popularidad en un par de días, viéndose seguido por las calles y por plazas de un gran séquito de curiosos, atraidos por los ecos de la Marsellesa, el himno de Riego o la marcha de Garibaldi, que son las tre piezas predilectas que ejecuta en su clarín. Estamos en verano. Los tendidos de la plaza de toros estan poblados por seis u ocho mil espectadores que ansiosos esperan el comienzo de la lidia. La impaciencia se traduce en un clamoreo infernal que termina en un coro acompasado, en que todos toman parte al grito de: "!Son-las-tres! !Son-las-tres!" y cuando el bullicio crece, y las imprecaciones por la tardanza amenazan convertirse en zambra, una nota estridente y prolongada domina todas las voces, apaga todos los murmullos, y repercute en todos los ambitos de la plaza, hasta que sus ultimos ecos mueren entre el clamoreo unanime y espontaneo de un "!Viva Sayago!" con que el publico aclama a nuestro Lucango, cuyo clarin ha dado la orden de abrir la puerta del brete. Salta la fiera al medio del circo, nerviosa e inquieta, buscando en quien cebar la punta de sus afiladas guampas, arremete con los picadores impotentes para contener su empuje que llega hasta el caballo, desgarrandole las entrañas, corre la sangre, afananse los diestros, crece la griteria, y sobrepuestos ya a las conveniencias de la educacion de los instintos animales del hombre, se piden mas victimas, hasta que nuevamente se hace sentir el clarin de Sayago para poner fin a la matanza de caballos, y ordenar la suerte de banderillas, de las que una vez bien adornado el morro del toro, se toca a matar, toque a que Sayago da toda la solemnidad del caso, prolongando las notas y rematandolas con un chillido agudo como la punta del estoque que hiere a la irritada fiera. Concluida la temporada tauromaquica vuelve Sayago a sus cuarteles, y en los dias de santos populares o aniversarios patrios, organiza murgas, al frente de las cuales recorre las casas de todos los Juanes y Pedros o Antonios que sabe el han de retribuirle la atencion con una propina decente. El 25 de Mayo saluda a toques de clarin a todos los argentinos bien acomodados, el 14 de Julio festeja a los franceses, el 24 de Mayo, dia de la reina Victoria, cumplimenta a los ingleses, en el aniversario del Estatuto les da musica a los italianos, y a todos ellos, a españoles, a italianos, a franceses y a ingleses, les dirije discursos alusivos al festejo, hablando a cada uno en su idioma, pues entre sus muchas habilidades se jacta Sayago de ser poliglota, y para probarlo, habla el castellano pasablemente, bastante bien el portugues, chapurrea el ingles, maltrata el frances, tartamudea el italiano, disparata en vasco y hasta masca silabas incomprensibles que, segun el, tienen su significado congo pretendiendo que: "Angola-ya-ilange ya-samba-ogina-dia tata-me-gana-lucango-cabanga" quiere decir traducido al español: "Mi padre se llama Lucango Cabanga, y es natural de Angola." Aqui si que viene a perillas aquello de: el mentir de las estrellas, es muy seguro mentir, pues que ninguno ha de ir, a ver lo que pasa en ellas. Pero, puesto que Sayago lo dice, y no tengo yo fundamento para dudar de su palabra, es necesario admitir que habla en congo, mientras no se pruebe lo contrario, asi como tambien debe creerse lo que dice de su padre, y es que vive todavia, contando a la fecha la matusalenica edad de ciento cincuenta y cuatro años, lo que da a Su Majestad Lucango Cabanga una respetabilidad biblica, patriarcal y sobre todo envidiable. Y todavia dice mas Sayago: y es que el viejo Lucango, a pesar de su siglo y medio, se permite el lujo de aumentar su tribu año tras año con Lucanguitos, hermanos menores de este que todos conocemos, y que tiene ya la friolera de ochenta y un inviernos ... !Esa no cuela, Sayago... ! Lo que mas distingue al heroe de mi cuento es la cortesia. !Sayago es un saludador terrible! Si diez veces encuentra a uno por la calle, diez veces le ha de sacar el sombrero, y otras tantas le ha de preguntar por la familia, y le ha de desear mil felicidades, y le ha de encargar muchos recuerdos por casa, siempre con el sombrero en la mano, el ademan respetuoso, y sin la mas minima insinuacion en demanda de una propina.!Eso no! Sayago no limosnea. Recuerdo, con este motivo, que en una de las conferencias que sobre este pais dio en Paris el Baron de Rasse, esposo de doña Pilar Solsona, refiriendose al desprendimiento de este pueblo, dice que una vez, cruzando por la Plaza Constitucion, encontro un moreno que repartia una publicacion a toque de clarin, y que, habiendo tomado un ejemplar y queriendo retribuirle con una moneda, vio con sorpresa que el moreno la rechazaba. !Era Sayago! Sayago a quien le pagan para que reparta anuncios, y a cuya honradez repugnaba aceptar lo que aquel caballero creia el costo de la publicacion que habia tomado. Esa honradez es la que le ha franqueado las simpatias que tiene. Sayago es lo que se llama un hombre de entera confianza, y en toda su larga vida no tiene un solo antecedente que afecte a su reputacion. Es activo y emprendedor; no pierde ocasion de hacer negocio, reparte esquelas, distribuye prospectos, pregona remates, o desde un extremo a otro de la ciudad, se oye todos los dias el toque de su clarin, alegre y sonoro como una diana, cuyo eco repercute en todos los oidos, y sobre todo en el de su esposa Eugenia, que sabe muy bien que aquellos acordes y sonatas, estan representando el pan y el puchero en cuyo torno juguetean, descalzos y a medio vestir, los nietos de Su Majestad Conga, el insigne Lucango Cabanga, padre de aquel negrito que llego a Montevideo alla por el año 11, a bordo del bergantin "Promptidao", y que hoy todos conocemos por el apodo de: "el corneta Sayago". Marzo 5 de 1882 De "Cronicas Montevideanas" de Sanson Carrasco.
(56) Pedro Campbell - Comandante General de la Armada Artiguista en el Litoral Argentino De Evocaciones Montevideanas de Roberto Ellis Las cenizas del escoces Lord Thomas Cochrane, Decimo Conde de Dundonald, Almirante de la Escuadra Britanica, y heroe de la independencia de Chile, Peru y Brasil, descansan bajo los arcos ojivales de la abadia de Westminster. Guillermo Brown, marinero irlandes, Capitan de barco mercante, heroe maximo de la Marina Argentina, a la que ingreso llegando a obtener el grado de Almirante, dejo escritas, en ingles, sus memorias, escritas en sus ultimos años a pedido de Bartolome Mitre, memorias que han sido traducidas al castellano. Sus restos descansan en Buenos Aires, en su patria de adopcion. Hace pocas semanas llegaron a nuestra ciudad para recibir el homenaje del pueblo uruguayo y darle honrosa sepultura las cenizas del marino irlandes Pedro Campbell, brazo derecho de Artigas en las provincias de Corrientes y Entre Rios, y Comandante General de la Marina Artiguista. Mas modesto en su carrera; pero no por ello menos grande por sus condiciones de pericia, heroismo y su generoso desprendimiento para servir con sacrificio la noble causa de la libertad. Que fuego ardia en el corazon de este heroe, que anhelo tan intenso y sincero de libertad, que no titubeo en abandonar su trabajo en abril de 1814, para incorporarse a las fuerzas de Artigas. En el idealismo de estos heroes, habia mucho del romanticismo de la epoca, pues ellos sirvieron aqui en America, con la misma generosidad con que Lord Byron ofrecio su vida por la independencia de Grecia. Pedro Campbell, marinero irlandes, llego al Rio de la Plata en el año 1806 con las primeras invasiones inglesas bajo el mando del Almirante Pophan y del General Beresford. Varios autores consideran que Campbell se quedo en la Argentina, como desertor, ya que era catolico, y posiblemente se encontro mejor en tierras donde se practicaba su religion. Hay que tener en cuenta que en esa epoca en las Islas Britanicas, los catolicos estaban privados de ciertas libertades, que recien se obtuvieron bajo el gobierno presidido por el Duque de Wellington en 1828. Pero esta version que era generalmente aceptada, tiene otra explicacion, gracias a la referencia que me ha hecho el señor Leandro Ruiz Moreno, Director del Museo Historico de Entre Rios "Martiniano Leguizamon", de la ciudad de Parana, provincia de Entre Rios, a quien estoy sumamente reconocido por su amabilidad. Dice asi: "Benigno Teijeiro Martinez, en su historia de la provincia de Entre Rios, tomo 1o, pagina 388, llamada 19, hace la siguiente referencia: "Era ingles o irlandes, segun otros; habia venido al Rio de la Plata, como soldado, en el ejercito de Beresford y como se hallase enfermo en un hospital, al tiempo que Liniers reconquisto Buenos Aires, se quedo en el pais". Esta importante referencia destruye la version conocida de que habia quedado como desertor. Ahora en cuanto a su nacionalidad, no hay la menor duda de que era irlandes, aunque posiblemente de remota ascendencia escocesa, como se vera mas adelante. En el libro "Cartas de Sud America" de J.P. y G. P. Robertson, traduccion de Jose Luis Busaniche (paginas 77 y 78) dice: "que era hijo de la isla Hermana (Irlanda)", y mas adelante se refiere "al ingles mal hablado por un irlandes". Lo cual prueba que a Robertson, que era escoces, le chocaba de sobremanera el mal ingles irlandesado de Campbell, quien por su apellido no cabe duda era de ascendencia proxima o remota escocesa. Algunos genealogistas atribuyen el apellido Campbell, como de origen anglo-normando, y lo derivan del apellido latino de Campo Bello; pero otros sostienen que es un apellido celta de origen escoces, con ramificaciones en Irlanda. Ya en el siglo XII, en Escocia en la Baronia de Lochow, Condado de Argyll, figuraban los Campbell, y desde esa epoca el jefe del clan lleva el nombre gaelico de Mac Calein Mor. A fines del citado siglo XII, los Campbell sirvieron al Rey Roberto Bruce, de Escocia. Otros Campbell, descendientes de estos primeros, tenian tierras en Glenorchy, adquiriendo mas tarde tierras en Lawers, Condado de Perth. Tambien en el siglo XV, viven en el Condado de Pembroke, Campbells descendientes de los Glenorchy, y asi por otra parte de los Highlands. Se sabe asimismo que algunos fueron a Irlanda, de donde debe provenir nuestro heroe. En Escocia hay un tartan cuyo dibujo y colores pertenece a los del Clan Campbell. Pocas veces se ve un caso de adaptacion tan grande a las costumbres del pais como este Pedro Campbell que se convirtio en un gaucho irlandes, que por su valor rayano en temeridad, fue pronto respetado por todos los gauchos y los indios. Nada mas grafico que la descripcion que hace el escoces John Parish Robertson de su primer encuentro con Campbell ("Cartas de Sud America" pagina 76): "Hallandome sentado una tarde bajo la galeria de mi casa, llego muy cerca de mi silla un hombre a caballo; era un tipo enjuto, huesudo, de torvo aspecto y vestia como los gauchos llevando ademas dos pistolas de caballeria y un sable de herrumbrosa vaina, pendientes de un sucio cinturon de cuero crudo. Tenia la patilla y el bigote colorados, el pelo enmarañado del mismo color y formando greñas espesas debido al sudor y al polvo que lo cubria; el rostro requemado por el sol parecia casi negro y estaba cubierto de ampollas hasta los ojos". Mas adelante refiere que venia acompañado de otro irlandes a quien Campbell llamaba su "paje". Robertson al verlos llegar con ese aspecto dijo para si: "Ave Maria, ora pro nobis" y un poco mas adelante dice lo siguiente: "Me dirigi al interior de la casa para ordenar que trajeran cerveza o aguardiente y algunas monedas de plata, pero cual no seria mi sorpresa (y tambien mi satisfaccion) cuando el que hacia de superior se saco respetuosamente la gorra, hizo una cortesia bastante desmañada y me dijo en mal español y con acento que no era de gaucho criollo: -No se aflija señor Robertson, estamos bien aqui -. El acento con que hablo en español, el rostro mismo, el pelo rojo y los ojos grises y brillantes, me revelaron enseguida que se trataba de un hijo de la isla Hermana (Irlanda), transformado en gaucho, y en un gaucho de aspecto mas imponente que todos los nativos conocidos por mi". Recobrado mi sorpresa, pregunte al extraño huesped "a quien tenia el honor de hablar?" ... !Por Dios! - exclamo -. ?No conoce a Pedro Campbell? ... Canbel - agrego acentuando mucho la ultima silaba -. Pedro Canbel como me dicen los gauchos. ?Asi que nunca me oyo nombrar por ahi? ... Entonces usted es el unico caballero que no me conoce en la provincia. !Oh!, Mister Campbell! - le conteste - no solamente lo conocia de nombre sino tambien de fama, aunque esta es la primera vez que tengo el honor de saludarlo". Grande fue el trato que los hermanos Robertson tuvieron desde ese momento con Campbell, relaciones comerciales en las cuales pudieron aquilatar la honradez de nuestro heroe, asi como la agil imaginacion que le permitia resolver rapidamente los problemas mas dificiles. El mayor elogio de estas condiciones esta sintetizado en esta frase de John P. Robertson: "No pude dejar de pensar en que jefe de administracion hubiera sido un hombre como Campbell y lamente no haberle visto emplear sus condiciones en servicio del Duque de Wellington". Los primeros años que paso en la Argentina estuvo en la provincia de Corrientes, trabajando como curtidor en el establecimiento de Don Angel Fernandez Blanco. Rotas las relaciones entre el Directorio de Buenos Aires y Artigas, Campbell que por los años de residencia en campaña se habia compenetrado de sus necesidades, no titubeo en abrazar los ideales republicanos y federales, ofreciendo sus servicios al General Jose Artigas, quien le encomendo el mando de una flotilla en el Rio Parana. Asi fue como el gaucho irlandes que habia recorrido la provincia de Corrientes, derrochando coraje y valentia, se vio convertido en marino, para enfrentarse con marinos o militares celebres a los que logro vencer o los obligo a retirarse, no sin sufrir, como es logico, en algunas ocasiones fuertes perdidas entre sus tropas. Tuvo durante años un verdadero dominio sobre el Rio Parana, impidiendo que el dictador Francia pudiera enviar ayuda a los de Buenos Aires para destruir el poder de Artigas en las provincias argentinas. Teodoro Caillet Bois, marino e historiador argentino, en su obra "Historia Naval Argentina", (pag. 200) dice: "Al mando de esta fuerza anfibia viene el general Campbell, ex marinero irlandes desertor de la primera invasion inglesa que se ha destacado por su hombria entre los capitanes artigueños". Ya hemos visto antes que no era desertor, sino que se quedo en la Argentina por estar hospitalizado cuando se retiraron las fuerzas inglesas, y por otra parte vemos que este historiador argentino reconoce la hombria de Campbell. Pero para medir las grandes dotes militares y navales de Campbell, debemos recordar que con tropas irregulares formadas por gauchos e indios, se enfrento con fuerzas superiores al mando del General Juan Jose Viamonte, las del General Juan Ramon Balcarce, la escuadrilla de Buenos Aires, al mando del marino frances Angel Hubac, que habia tenido destacada actuacion en el combate de Martin Chico y tambien habia peleado en otras oportunidades bajo las ordenes del Almirante Brown. Las campañas de Santa Fe, el sitio a la Capilla del Rosario (hoy Rosario de Santa Fe), Carcaraña, Barrancas, Cepeda y San Nicolas fueron combates donde Campbell con su nueva tactica de combate no ceso de perseguir y cargar sobre los renovados ejercitos de Buenos Aires, con tanto exito que Bartolome Mitre hace el siguiente juicio: "Era este - dice Mitre - el inventor de una nueva tactica de combate que consistia en que la infanteria montada y armada de fusil con bayoneta, cargaba a gran galope como caballeria, se dispersaba en guerrillas del mismo modo, echaba pie a tierra por parejas o grupos, cuidando uno de los caballos y rompia el fuego dentro del tiro de fusil. En caso de avance, se reconcentraba y cargaba a pie o a caballo, segun obrase como infanteria o caballeria, y en caso de retirada, saltaba rapidamente sobre sus caballos y se ponia fuera del alcance de su enemigo. Esta operacion era protegida por escuadrones de verdadera caballeria que servian de reserva". Tactica similar a esta que le habia dado tan buenos resultados para los combates en tierra, empleo en los combates navales, abordando por sorpresa a las nave enemigas en medio de la griteria de los indios y gauchos que tomaban por sorpresa a Hubac, quien no sabia como actuar rapidamente para contrarrestar estos ataques. Ademas del gran aprecio en que era tenido por Artigas, Campbell conto con la amistad del Gobernador Mendez, de Corrientes, amistad que quedo probada en muchas oprtunidades por el mutuo apoyo que se prestaron , y fue distinguido en tal forma por Mendez, que le dio uno de sus hijos como ahijado. Tambien era muy apreciado por los caudillos del litoral argentino; Lopez, de la provincia de Santa Fe y Ramirez de la provincia de Entre Rios, con quien peleo en la batalla de Cepeda. Grande tiene que haber sido la desilusion de Campbell, cuando Ramirez, su compañero de armas, abandona la causa de Artigas, seducido por los planes de Buenos Aires, y comete el incalificable acto de mandarlo engrillado al Paraguay, para que el dictador Francia castigara a Campbell por los perjuicios que habia ocasionado al comercio paraguayo. Sin embargo, y contra lo que esperaba Ramirez, su propio ayudante Villanueva y otro oficial que llevaron a Campbell y a Bedoya engrillados al Paraguay, fueron encadenados por orden de Rodriguez de Francia, en cambio Campbell quedo simplemente detenido bajo vigilancia en la Villa del Pilar, donde volvio a ejercer su antiguo oficio de curtidor hasta el año de su muerte acaecida en 1832. El valiente comandante de la Marina Artiguista, siguio en el mismo camino de su jefe el General Artigas, quien paso sus ultimos treinta años en el Paraguay, acompañado de su fiel servidor "Ansina" Manuel Antonio Ledesma. Hoy despues de muchas decadas vuelven a estar reunidos en nuestro suelo patrio, las cenizas de quienes estuvieron tan ligados por sus ideales de libertad y su inquebrantable heroismo. De "Evocaciones Montevideanas" de Roberto Ellis
Estampas Montevideanas de Luis Alberto Varela Microscopica introduccion del autor Luis Alberto Varela. Luis Alberto Varela nacio en Montevideo el 25 de Agosto de 1912. Publico sus primeros poemas en el diario Imparcial en 1930 y posteriormente en la revista Mastil que dirigio el poeta Alvaro Figueredo. Su primer libro, Heme, poemas (1939); Antelacion, critica literaria (1940); Cara y Cruz de la Ezperanza, poemas sociales (1941); Tiempos del Amor y la Amistad, poemas (1943); Mural de Poesia (1945-55). Esten atentos, que esto no es un prologo; es una felicitacion de las muchas que debemos a un gran escritor popular uruguayo, a Luis Alberto Varela, pero esta vez por su feliz decision de reunir en un volumen algunas de sus extraordinarias notas que se vivian la calle y en las paginas del diario alla por el Montevideo de la decada del 30, y que, al igual que el tango en la voz de Malena, eran como criaturas abandonadas. Las cronicas de Varela se abacanaron. Ello no influira en su sentido porque tienen una vida propia tan profundamente humana que, a pesar del ambiente aparentemente sencillo y modesto que respiran, poseen una jerarquia aristocratica: la aristocracia del talento. En la calle o en el libro, pues, en la biblioteca de roble como encima del mostrador de marmol destinadas a envolver un quilo de hueso o un repollo, en manos del intelectual, como en las manos del pibe que vende "a medio los diarios!" en la puerta del estadio, estas Estampas Montevideanas tienen un poderoso y calido aliento, una sangre, una carne y una poesia que las señala en cualquier parte que sea. Si solitas, aisladas, a ley de juego, una por dia en "los papeles con letra" se ganaron el alma de la calle, ahora, todas juntas en un volumen pueden repetir el desafio de Martin Fierro a la indiada: "Entre dos, no digo una pampa: una tribu si se ofrece!...". Entonces ... Arriba los pinos, lonja y madera, y abajen los estandartes y salude la estrella, que los barrios y la ciudad estan de fiesta!. El Hachero. Montevideo 1962
Fondas Montevideanas - Fonda Pontevedra (Montevideo 1930) La fonda Pontevedra de Perez Castellanos y Cerrito debe haber sido sin discusion, la mas barata de Montevideo y la mas original en cuanto a la riqueza linguistica. Pontevedra no cerro nunca sus puertas, nada mas que los 1o. de Mayo y un ratito las dos tardes de Navidad y Año Nuevo. Un almuerzo o una cena por 20 centesimos, ni en los "Intereses Creados" de Benavente ... Hacia tres clases de puchero: a la criolla, a la española y de cerdo. Cualquiera de estos tres pucheros - ahora suculentos platos -, costaban con dos pedazos grandes de pan y medio litro de vino (con yapa) 30 centesimos. Pero la especialidad de la casa eran las "Almondigas al gujo" como decian los peninsulares que la dirigian. Los demas platos valian un medio. Y cuando uno pedia tallarines los mozos gritaban: "Tillirines al gujo pra uno" o "pra dos" ... Los lectores deben saber que antes en ningun restoran o fonda se cobraba el caldo, que invariablemente se servia en tazas. Si se pedia una yema en el caldo, se cobraba dos vintenes, porque la docena de huevos, oh, inmortales tiempos, valian siempre a lo largo del año 15 centesimos. Al cliente que repetia el pan tampoco se lo cobraba. Lo que en buen romance significaba, que hasta tres platos con mas de medio litro de tinto y el pan, no pasaba todo el pantagruelico festin, de dos "reales y medio", como diria academicamente, doña Petrona, el fino comentarista de la lista 4. Cuando uno pedia queso y dulce (8 guitas) el mozo gritaba: "martini fierra", pra uno. Una vez por semana hacian pollo a la portuguesa y gallina para el puchero a la española, pero como toda la semana habia caldo de gallina, uno piensa hoy dia a treinta años, que debian de embotellar el caldo para que durara tanto tiempo - siempre pensando bien de la humanidad -, porque no habia heladeras electricas, ya que las unicas enfriadoras, eran los aljibes de las casas. En Montevideo, asi como se vendian gallinas y pollos por las calles, - hasta no hace mucho tiempo -, se vendian pajaritos que invariablemente se hacian con polenta en las cantinas. La fonda Pontevedra, incorporo ese plato a su menu de especialidades y manjares, con el agregado de que, el que lograra comerse tres platos de polenta con pajaritos, no se le cobraba la comida. Con este reclame, le sacaron a la cantina de la Plaza Zabala, muchos clientes, pero no hay mentas de que lo haya logrado alguno, porque cuando llegaban al tercer plato, no aguantaban mas, y tenian que pagar los dos que habian comido. Entonces los mozos gritaban: "marche un pagarito" o "pagaritos" pra dos o pra tres ... Ahi senti cantar a Juan Pedro Lopez, el gran payador oriental, que andaba con la guitarra obsequiada del comandante Franco, el celebre aviador español del Plus Ultra. Los dueños de la fonda decian siempre en sus innovaciones linguisticas "que jitarra barbara esta", y tocaban la madera del instrumento como quien toca el mondongo o cuadril, tasandolo antes de cortarlo ... Recuerdo que a veces nos llamaban los gallegos y nos regalaban trozos de budin de pan por hacerles algunos mandados. Y que sabroso era aquel exquisito budin hecho con el sobrante de pan de las mesas. Ahora debe ser imposible encontrar en la mesa de un restoran, un pedazo de pan, por lo que uno deduce y agrega a los elogios del pasado, el gusto sabroso del budin de pan de antaño. Habian dos enormes gatos de angola (sic) en la Pontevedra, alimentados a lo fino, porque ademas de la comida de los clientes, le daban matambre arrollado, que ahora lo venden a 16 pesos el quilo o algo asi, como un viaje a Rivera ida y vuelta en coche comedor-dormitorio, o en la primera clase del ciudad, o un traje de aquel tiempo, o un borsalino ... Pero lo pintoresco del Pontevedra, a una cuadra de la Loteria, era tambien su gran letrero colocado sobre la vereda de Cerrito: "Aqui Pontevedra, pension completa de dos comidas y desayuno, sin dormir, doce pesos por mes" ... Estampas Montevideanas de Luis Alberto Varela.
La Pasiva de la Plaza Independencia era el paradero habitual del filosofo "Puchito". Posiblemente entre los tipos populares, junto talvez a algun otro, uno de los de mas recia personalidad. Era una enciclopedia viviente, con una memoria de oso, y bastaba una sonrisa sobradora con algo de humillacion de parte de uno, para que "Puchito" cortara su amistad de ipso-facto. Cuando le preguntaban donde habia nacido, el contestaba: -"Y eso para que"- Sabia una enormidad de historia, y le gustaba aplicar y atribuirle frases de personajes griegos o romanos, a los politicos criollos. En realidad "Puchito", vivia de sus tareas de limpieza en la casa Biere de la calle Liniers y en el cambio Maggio, en la esquina de Juncal y Buenos Aires, amen de otras cosas. Cuando le querian dar "algo" para rebuscarse, perfumes o marfil de contrabando, "Puchito" rechazaba indignado la oferta, y sostenia que "el, pobre, pero honesto, podia enseñar y dirigir a los demas, pero no ser su esclavo". A veces se paraba frente al Teatro Solis y ahi empezaba su perorata, diciendo que "el Uruguay era una verguenza con tanto abogado y escribano" porque el habia andado "por campaña, y en todos los pueblitos que el habia recorrido, eran puras chapas de abogado y escribano, y casi ninguna de medico". Tenia cierto parecido con el "caballero de la triste figura", magro, alto, escualido. Parecia salir de las ropas a dar un paseo, y cuando hablaba solia apretarse las solapas con las manos, como esos caudillos de barrio cuando dictan a su secretario la tarjeta de recomendacion. Un dia se paro el escritor Horacio Maldonado en el grupo de los que le escuchaban, y le pregunto a "Puchito" cuanto tiempo habia ido a la escuela, a lo que rapidamente "Puchito" contesto: -"Lo suficiente, para saber que usted escribe con falta de sintaxis y sintesis". Esta frase de "Puchito" se hizo famosa, ya que en cierta ocasion, al llevarle un autor novel un tango a Carlitos Warren, el musico frunciendo el gesto, desaprobo la letra del tango argumentando, que "como dijera "Puchito", le faltaba a la letra, sintesis y sintaxis. Entraba al "Britanico" restregandose las manos para tomar su bebida favorita, un cafe, y hasta alli lo seguian sus admiradores para pagarselo, pero "Puchito" todo orgulloso rechazaba los convites diciendo que "tenia la satisfaccion de enseñar sin cobrar". El Dr. Carlos Ma. Prando, brillante orador, que lo escucho disertar en La Pasiva sobre el "descubrimiento de America", le propuso emplearlo en algo mas digno y en consonancia con su capacidad, a lo que "Puchito" indignado con la proposicion, le contesto al Dr. Prando, que haciendo limpiezas era mas libre, y eso era mas independiente que tener un empleo decente (como decia el doctor) y que ademas se permitia el lujo de polemizar por la calle con cuanto analfabeto le salia al paso. Todas estas contestaciones, rayanas un poco en la agresividad de su caracter, formaban parte de una recia personalidad, porque "Puchito" no aceptaba dinero alguno. Era de esos tipos que la sociedad burguesa los quiere humillantes y sumisos para arrojarles las pitanzas de sus misericordias. Pero "Puchito" sabia de todas las mentiras y los convencionalismos de los de arriba, y porque algo le funcionaba mal, hacia esa vida pequeña y corta de limpiador, y larga y holgada de sus ropas de polemista ... Porque la unica vez que salio de su serenidad habitual, fue un dia que a la arena de las discusiones en la famosa pasiva, se acerco una dama de "nuestra sociedad" con una alcancia para los pobres, y "Puchito" dirigiendose al publico insto a que nadie colaborara "con esas damas aburridas que colectan para los pobres mientras en las fabricas sus maridos explotan a los obreros", y acto seguido le arranco la alcancia de las manos y la arrojo al medio de la calle. Al otro dia cuando salio "Puchito" de la comisaria, le decia a la gente: -"Si todos tiraramos la alcancia a la calle, adios tes danzantes de viejas ociosas y aburridas, a "beneficio" de los pobres y entro restregandose las manos en el "Britanico", para tomarse un cafecito de su propio peculio, sin aceptar convites ... Estampas Montevideanas de Luis Alberto Varela.
(1-18) El castigo ejemplarizante para el Negro Juan
La Justicia, en los primeros tiempos de Montevideo, no era muy clemente que se diga. Pero podia en ciertas ocasiones excederse aun mas de la norma corriente y llegar a extremos inconcebibles de crueldad frente a determinados delitos: pongamos por caso, los que hacian peligrar el precario equilibrio de aquella sociedad tempranamente esclavista. Asi, cierta vez un esclavo de nombre Juan dio muerte en 1745 a su amo Sebastian Rivero, yerno de uno de los fundadores de nuestra ciudad. Lo ultimo con un hacha en su estancia a siete leguas de Montevideo. Lo que el amo habria hecho con el moreno antes del crimen no lo nombra la cronica de la epoca, pero lo podemos imaginar ... El hecho provoco tremenda conmocion en el flamante poblado, y el castigo dispuesto - que mas se parece a una venganza sanguinaria y encarnizada - se excedio en su saña ejemplarizante. El Negro Juan fue primero arrastrado por las calles de Montevideo, atado a la cola de un caballo. Luego, con la misma hacha que el utilizo, se le cortaron las manos, que fueron clavadas en la horca para que todos las vieran. Despues, el hacha homicida fue arrojada al mar. El culpable fue ahorcado publicamente, pero no conformes con esto, se le decapito, y su cabeza quedo expuesta ensartada sobre un palo en el Camino Real de las Estancias, para terrifico aleccionamiento de todos. Lease de los demas esclavos. No fuera cosa que aparecieran imitadores ... "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-18a) El primer naufragio montevideano
En la tarde del 2 de julio de 1752 se desencadeno una furiosa tempestad sobre nuestro querido Montevideo. A 26 años de fundado, el poblado no era mas que un incipiente caserio, habitado por algunos centenares de vecinos que no llegaban a mil. A medida que entraba la noche, el viento golpeaba con mas furia sobre la peninsula inerme, y la lluvia y la borrasca arreciaban. Los montevideanos atemorizados no recordaban haber presenciado un enfurecimiento del mar como aquel. En prevision de una noche implacable, como pintaba, todos se apresuraron a guarecer como mejor pudieran sus animales, y a amarrar con fuerza sus carros y enseres de trabajo. Aseguraron puertas y ventanas, y a oscuras, quedaron escuchando el bramido del oleaje, que resonaba casi encima de ellos como el "fortisimo" de un bronco organo de fuelle. En las cercanias del puerto, otras eran las preocupaciones y los comentarios de los que alli andaban, marineros y gentes de armas.Todos volvian sus miradas ansiosas hacia un punto preciso del mar. Ya habia caido la noche y era imposible divisar el espacio que se abria frente a Montevideo, como no fuera bajo el fulgor intermitente y siniestro de los relampagos. En esos fogonazos aislados podia vislumbrarse apenas, a buena distancia de la costa, la silueta zarandeada de una embarcacion que inexplicablemente se encontraba anclada a tres millas hacia adentro. (A la altura del actual Campo de Golf, aproximadamente.) Aquel puñado de observadores, empapados bajo el diluvio, comentaba desde tierra, con excitacion, esa presencia imprudente. Que iria a ser de aquella nave, expuesta sin defensas al huracan? Todos sabian que barco era aquel y porque estaba alli atrapado. Acababa de permanecer tres meses a muros de nuestro puerto, proveniente de Buenos Aires, aguardando el momento de partir con rumbo a Cadiz, en viaje de "tornavuelta", a donde debia transportar pasajeros y una carga preciosa. Y vaya a saberse por que fatal inspiracion, fue justamente esa tarde del 2 de julio, con la tormenta anunciandose ya en lontananza, que se decidio zarpar por fin con rumbo a ultramar. El barco, de 217 toneladas, era de bandera portuguesa, pero realizaba este viaje por cuenta de la Corona española; y llevaba un hermoso nombre inscripto en su casco: "Nuestra Señora de la Luz". Ahora, bajo los estallidos del relampagueo, se lo veia aparecer zamarreandose y bambolear sus mastiles con el velamen a medio abatir. Pronto se supo que en aquel viaje marcharian a España ciento cuarenta y cinco personas, entre ellos 18 (o 20) pasajeros, con 12 criados entre blancos y negros. Y tambien se decia que en las bodegas se guardaban arcones enteros cargados de monedas de oro y plata, e incontables piezas de subido valor. Los mas fantasiosos se atrevian a hablar de un tesoro que, en conjunto, sobrepasaba el millon de pesos fuertes de aquel tiempo; cantidad que una mente de entonces no alcanzaba a redondear entera, dada su magnitud astronomica para las escalas de los valores usuales. Tales "fantasias" serian confirmadas muy poco despues por los documentos. Mientras observaban al barco zarandeado por la tormenta, aquellos espectadores lamentaban una vez mas la razon de la extraña maniobra que realizo esa tarde el "Nuestra Señora de la Luz" y que lo llevo a salir del abrigo del puerto, y anclar a su entrada. Fue un motivo menor, que habra que deplorar siempre. Las autoridades de la nave entendieron preferible salir de puerto para cargar mas afuera, en lanchones mas diminutos, a los animales que debian acompañar la travesia para servir de alimento al pasaje. Es que resultaba engorroso hacerlos subir, encontrandose el barco atracado en el puerto ... Aprovechando para embarcarse mas tarde en esos mismos lanchones, cinco pasajeros y diecisiete tripulantes habian quedado en tierra. Pero despues, cuando pretendieron llegar hasta la nave, el viento impidio la maniobra del lanchon que los transportaba. Asi quedaron en total 133 viajeros a bordo: los que ahora soportaban los terrores de la tempestad sin la mas minima posibilidad de retornar a puerto. El Comandante de Infanteria de Montevideo, capitan Jose Zumelzu, arraigado en Montevideo desde hacia quince años, comento esa noche que "nunca jamas, en todo ese tiempo, habia visto embravecerse asi las aguas montevideanas". Justo esa vez, con una nave inerme puerto afuera ... A altas horas de la noche, la tormenta electrica amaino. Un telon de espesa niebla cayo sobre el mar, asi que los de tierra dejaron de avistar el barco en peligro. Ahora solo quedaba esperar hasta que aclarara, para estudiar la posibilidad de enviarle algun socorro. Una noche interminable aquella del 2 de Julio, que en tierra se vivio con angustia y congoja indecibles. No eran muchas las esperanzas que podian alentarse para un barco en esa situacion. Los marinos veteranos movian sombriamente la cabeza. "Solo un milagro ..." A pesar de que los mas de los vecinos estaban guarecidos en sus casas, la voz se corrio por el poblado, llevada quien sabe como. Muchas familias rezaron por la suerte de los viajeros. Se lloro al pariente embarcado, al amigo que partia rumbo a Cadiz. Para todos se habia vuelto una figura familiar aquel navio atracado durante tres meses en el paisaje portuario, por el cual era raro que el vecindario no paseara cada dia. Su suerte se sentia, por eso, como propia. A las primeras luces, la ansiedad contenida por tantas horas pudo mas que la lluvia que no cedia y que el viento porfiado. Todo el vecindario se arriesgo a asomarse y a otear hacia el agua grisacea del amanecer. Se encontraron con un paisaje desgarrador y aterrante: el horizonte estaba desierto. Ni sombra ni rastros del hermoso velero. Una congoja indescriptible se apodero de todos. Se miraban como si no creyeran aquello. Asomaron lagrimas, se oyeron juramentos y lamentaciones. Los hombres de mar se pusieron a especular sobre el destino posible del "Nuestra Señora de la Luz". Dificil imaginar que se hubiera hundido alli mismo, donde estaba anclado. Cien razones manejaban los veteranos para deshechar esa primera hipotesis, la mas obvia. Entraron a jugar calculos sobre la direccion del viento (sudoeste), la intensidad con que habria soplado esa noche (90 a 100 k/h), el rumbo de las corrientes marinas en la zona. Y entonces los entendidos se inclinaron por la idea de que el barco hubiera sido arrancado de su posicion , y arrastrado hacia el Este de Montevideo. Talvez habia sido arrojado sobre la costa, y acaso en alguna playa no lejana los desgraciados sobrevivientes aguardaban la llegada de socorros desde la ciudad ... Entonces interviene el encargado de la nave siniestrada el sobrecargo y maestre don Pedro de Lea; uno de los que se quedo en tierra con idea de embarcarse en la segunda tanda, mar afuera. De Lea se presenta con urgencia ante el joven Gobernador de la Plaza, don Jose Joaquin de Viana y le ruega que se envien expedicionarios a recorrer las costas hacia el Este en busca de rastros del navio perdido y sus pasajeros. Viana, profundamente conmovido al igual que todo el vecindario, dispone la partida inmediata de un cabo y un soldado de infanteria para que exploraran nuestra costa, con orden de que lleguen hasta Maldonado mismo si es necesario. Parten los dos designados, Pedro Estevan y Francisco Campos, y la poblacion montevideana se sume en una espera acongojada y prolongada. Reina consternacion en la ciudad. Se celebran oficios y rogativas en nuestra unica, pequeña iglesia. Recien cuatro dias despues de enviados, el 7 de julio, regresan los dos expedicionarios. Declaran haber revisado la costa hasta la barra de Maldonado "sin haber adquirido ninguna noticia de dicho navio". Despues se sabra que su inspeccion no fue lo rigurosa que se habia esperado. Tanto no lo fue, que esa misma tarde del 7 de julio, a eso de las cinco y cuarto, se vio llegar apresuradamente al poblado al vecino de extramuros don Jose Mendez, quien pidio para entrevistar con urgencia al Gobernador Viana. Mendez poseia una pequeña estancia sobre la costa del Rio de la Plata, a varias leguas de Montevideo (se supone que entre el arroyo Carrasco y el arroyo Pando). Cuando comparece ante el Gobernador, le relata que se encontraba recogiendo ganado esa mañana, cuando debio llegarse hasta la costa, y alli encontro esparcidos sobre la arena, restos de madera y algunos cofres que bien podian pertenecer al navio desparecido. Enterado de la novedad, el propio Gobernador decidio trasladarse sin demora al lugar. Se hizo acompañar de su Secretario, Juan Gil, varios oficiales y 25 dragones. Por desgracia, los temores se confirmaron muy pronto. Llegado el gobernador con su gente, a 4 leguas de Montevideo, examinaron los restos diseminados en la playa y no hubo posibilidad de dudas: era "un pedazo del costado del navio" que pertenecia al "Nuestra Señora de la Luz". Asi en aquel 1752, a 25 años de fundada, San Felipe y Santiago conocia por primera vez todo el horror de una catastrofe maritima. En cambio no aparecian rastros de sobrevivientes. Esto abria un margen a la esperanza. Podia ocurrir que la tempestad los hubiera arrojado a algun punto mas alejado de la costa. El propio Viana decidio ampliar su busqueda y dejando una guardia en el lugar prosiguio la exploracion por la zona proxima al hallazgo. Le basto con alejarse dos leguas mas alla del arroyo Pando: dispersos sobre la arena desierta, nueve cuerpos se encontraban exanimes. No lejos de ellos, destrozada por las aguas, pero reconocible su estructura, la arboladura completa del barco naufragado. Esparcidos aqui y alla, distintos cofres, y un poco mas alejado, un bote que pertenecia al equipaje de la tripulacion. Frente a estos tragicos hallazgos, el Gobernador Viana dispuso el inmediato regreso a Montevideo de la partida exploradora. Se decidio sepultar alli mismo a los cadaveres, no bien fueran identificados. El vecindario de Montevideo recibio con la congoja comprensible las dolorosas noticias. Pronto se organizaron partidas de buscadores que saleron afanosos a buscar las playas a la espera de nuevos hallazgos. La autoridad no se desentendio de estas busquedas: aparte de los operativos de salvamento que podian necesitarse, habia cuantiosos intereses en juego. El encargado del barco, Pedro de Lea, pidio que se pusieran en custodia los bienes que aparecieran, en salvaguardia de los intereses de cargadores y aseguradores. El mar podia ir devolviendo parte del cuantioso cargamento que encerraba el navio en sus bodegas, y habia que precaverse para el caso de actos de pillaje, dificilmente evitables. Una de las medidas que adopto Viana fue enviar una embarcacion de salvamento a la Isla de Flores, al mando del patron Juan Conde. Segun los marinos mas experimentados, no podia desecharse la posibilidad de que los naufragos, embarcados en una de las lanchas que llevaba a bordo el "Nuestra Señora de la Luz", hubieran podido rumbearla hasta la isla, que no se encontraba lejos del lugar donde presumiblemente ocurrio el siniestro. Pero el 11 de julio, dos dias mas tarde, regreso la embarcacion "despues de haber registrado las dos Islas de Flores, las piedras que estan a sotavento de la Punta de las Carretas, llamadas "Las Pipas", y demas peñas y restingas continuas a dicha Punta de las Carretas, y no descubrio ni vio fragmento alguno de navios ni cosa que se le parezca ni alguna otra cosa particular de que dar noticia". Dos dias mas tarde, el 13, comienzan a arribar a Montevideo, en un silencioso y sobrecogedor cortejo, numerosos carros y bartulos hallados por los exploradores a lo largo de las playas en varias leguas hacia el Este. La escena es patetica. Hay familiares de naufragos, hay allegados a ellos, que revisan e identifican los efectos con la congoja que es de imaginar. Pero el misterio sigue impenetrable en cuanto al destino que puedan haber sufrido los 124 naufragos de los que nada se sabe todavia. A esta altura, no son demasiado razonables las esperanzas que puedan alentarse. Deben transcurrir, sin embargo, catorce dias mas de busqueda y ansiedad, para que el 27 de julio, alrededor de las 6 de la mañana, una partida exploradora encuentre en las playas del arroyo Solis Chico a 31 cuerpos arrojados por la corriente, que a no dudarlo pertenecen a pasajeros del navio naufragado. Y tres dias mas tarde, no lejos, apareceran 13 cadaveres mas. De este modo suman 53 los cuerpos arrojados por el mar. Se ignora y se ignorara siempre, que fue de los 78 restantes, de los que nunca mas aparecieron rastros. Con el correr de los dias, ante la evidencia de lo infructuoso de nuevas busquedas, se abandonara el rastreo de nuestras costas. El vecindario de Montevideo, mal repuesto de su conmocion, ira devolviendole al caserio su ritmo acostumbrado. Pero no se borrara el sentimiento luctuoso y acongojado de aquella tragedia maritima con que Montevideo habia recibido, apenas a 26 años de fundada, su bautismo de horror. Se abria otro capitulo: el de la busqueda del cuantioso tesoro naufragado. Pero esta es historia aparte. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-23) Cien años buscando el tesoro. (continuación de El Primer Naufragio montevideano)No se equivocaban los que, por aquellos dias de julio de 1752, comentaron que era un verdadero tesoro de valor incalculable el que se habia llevado al fondo del mar, en la costa uruguaya del Rio de la Plata, el navio "Nuestra Señora de la Luz". Se conserva el "estado de los caudales y frutos cargados sobre el navio la Luz", y vemos que transportaba 899.500 pesos fuertes y 171.500 doblones, a los que se suman marcos de plata labrada, onzas en tejos de oro, cajas de oro y plata. alhajas y abundante mercaderia, en especial lana, pieles, cueros, etcetera. Tambien se supo que llevaba algunos valores "sin registro", es decir contrabando, que ascendia a 200.000 pesos fuertes mas, y que iban escondidos en el pañol de polvora, por cuenta del capitan de navio y del padre capellan, segun parece y segun cuentan las cronicas de la epoca ... La suma total de estas riquezas, alcanza a una cifra que, traducida a los valores actuales, nos marea, como mareo sin duda alguna a las gentes de la epoca. Podemos fijarla, quedandonos con toda seguridad cortos (por el simple hecho de que hay algunas partidas sin contabilizar con precision) en 1.271.000 pesos en monedas de oro y plata; y eso sin contar los valores de la mercaderia transportada. Se habla unicamente de monedas en terminos de "cajones" y "cajas" sin especificar cantidad. Cuanto podria significar esa suma en terminos de hoy? Hubo quien saco el calculo, manejando diversas escalas y equivalencias entre monedas antiguas y actuales. No tendria sentido reproducir esos arduos calculos aqui. Los realizo con toda precision el autor de un exhaustivo y documentado libro sobre el naufragio del "Nuestra Señora de la Luz", don Pedro de las Sierras Pereira. Segun sus estimaciones muy pormenorizadas, aquella suma vendria a equivaler, traducida a dolares a 28.600.000. Si mis caros lectores: veintiocho millones seiscientos mil dolares contantes y sonantes en el equivalente pecuniario de hoy lo cual no es moco de pavo hoy ni lo era tampoco en aquellos entonces. En momento de escribirse este libro (1977), esa cifra habria que multiplicarla casi por cuatro mil, para saber a cuanto asciende en terminos de pesos uruguayos de hoy. No es de extrañar entonces, que apenas producido el naufragio, muchos ojos y muchas fantasias creativas convergieran hacia las bodegas del barco hundido no se sabia bien donde ... Como es natural, los primeros preocupados fueron los responsables del navio, en especial su "sobrecargo y maestre" don Pedro de Lea, velando por el interes y fortuna de sus cargadores y aseguradores. A sus instancias, la autoridad dispuso que se iniciara de inmediato la busqueda del casco hundido y las tareas de buceo. Algunos pocos valores fueron arrojados por el mar a las playas, y recuperados rapidamente. Pero el grueso del tesoro yacia en el fondo de las aguas de nuestro Rio de la Plata. El exito de las afanosas busquedas no demoro en llegar. Nueve semanas despues del siniestro, a una milla mar adentro y balizando la zona, dos marinos a bordo del barco "Jason" ubicaron el casco hundido. La noticia produjo enorme conmocion en la joven Montevideo, y sin demora alguna se iniciaron las tareas de buceo. "Sin demora" quiere decir al dia siguiente. Desde una playa - posteriormente famosa con su nombre proveniente de esta busqueda - no muy alejada de nuestra ciudad, partieron siete buzos acompañados por la autoridad correspondiente, representada, entre otros, por el propio Gobernador Viana. Se sabia que el casco se encontraba a tres brazas bajo el agua, es decir 6 varas, es decir unos 5 metros. Pasan tan solo dos dias, y otra vez Montevideo se vuelve a estremecer. Los buzos habian logrado ubicar el tesoro dentro de las bodegas hundidas. Comienzan entonces, de modo sistematico, las tareas de rescate. A los buzos se les fijo, despues de algunos regateos, un honorario del tres por ciento de lo que encontrasen, suma realmente abultada tanto para la epoca como para el dia de hoy. Los responsables de la nave demonstraban al ofrecer tan alto incitamento estar ansiosos de que el tesoro fuera rescatado lo mas pronto posible, antes de que se corriera a otros paises la voz de la fortuna que alli se encontraba sepultada. Pero hubo que prever algun otro gasto extra para retribuirlos, pues parece que aquellos buzos sufrian mucho del tipo de sed que no se sacia con agua fresca ... (seria el agua salada?). Eran muy aficionados al alcohol y lo requerian para trabajar: "beben aguardiente como agua, y sin aguardiente no quieren trabajar" dice la cronica de la epoca. Habia que reservarles cuatro o seis pipas "de aguardiante de caña que llaman cachaza, que ha de ser mas barato y adaptable al gusto de esta gente, como tambien una pipa de vino tinto para cuando zambullen". Los buzos partian siempre en pequeñas embarcaciones desde la misma playa, navegaban las cuatro millas hasta donde estaba el casco hundido, y alli operaban. Pero aquellos primeros dias no siempre fueron favorables. Abundaron los de mal tiempo, y mas de una vez las embarcaciones volvieron a su playa de origen sin haber podido iniciar siquiera alguna busqueda. No obstante, los trabajos avanzaron con exito. Despues de un mes de sumergirse, los buzos habian recuperado mas de medio millon de pesos. Entre enero y febrero de 1753, lo extraido comenzo a disminuir, pero de todas maneras se rescato en conjunto una cantidad superior al millon de pesos. Es decir casi todo el tesoro perdido en el naufragio, lo que trajo gran alivio a los responsables de la nave, que al menos cubrian lo sustancial de sus perdidas. Cubiertos ya los riesgos de los cargadores de barcos, estos se desinteresaron de nuevas busquedas. Bajo el agua quedaba no obstante una parte del tesoro; minima es cierto, pero de cuantia mas que suficiente como para tentar a muchos. Y aqui se abre un nuevo y ajetreado capitulo de estas busquedas, las que estuvieron a cargo de particulares y abarcaron varias decadas. Los primeros intentos fueron realizados por los buzos que habian intervenido en las operaciones primeras, y que ahora solicitaron autorizacion para buscar por cuenta propia. La autoridad accedio, pero a condicion de que un porcentaje de lo rescatado fuera a parar a las Arcas Reales. El reparto entre los buzos y la Tesoreria (diriamos) de Montevideo debia efectuarse sobre la base de un equitativo "mitad y mitad", como se cumplio. La figura protagonica de estas busquedas fue el buzo Jose Galban, el primero en iniciarlas y el que mas persistio en ellas a lo largo de un largo periodo de años. Se lo vera envejecer sin desistir nunca de sus intentos, casi siempre exitosos. Puede decirse que desde 1752 vivio del tesoro y para el tesoro. Y hasta le trasmitio su pasion a un hijo suyo que, crecido, lo acompaño en sus tentativas, y cuando Galban padre se vio imposibilitado por los años, el hijo prosiguio solo los buceos. Tal fue la dedicacion de los Galban a la tarea de rescate, que se conserva el testimonio de un pleito de la epoca, donde se le reprocha a Francisco Galban, el hijo, "que en toda la vida no se le ha conocido otro mueble que su red de pescar y otros tristes cordeles con que, de cuando en cuando, ha bajado al buceo de los expolios del navio de la Luz, naufragado en aquel paraje y en cuyo ejercicio ha vivido tambien su padre". Pero no se crea que fueron solo los Galban que se dedicaron a la busqueda. Algun tiempo despues aparecieron otros dos buzos, pidiendo permiso para explorar por su lado: Antonio Nuñez y Jose Perez. La autoridad se lo permitio a condicion de que no se estorbaran con Galban. Cada grupo debia delimitar su zona de buceo y no salirse de ella. Y asi se hizo. Esto ocurria ya trascurridos ocho años del naufragio. Y ambos grupos lograron rescatar 3 mil pesos mas, cantidad mas que remunerativa para aquellos tiempos. Pasa medio año mas, y el incansable Galban aparece solicitando autorizacion para un nuevo intento, que abarca los meses de verano de 1761 a 62 y que le permiten extraer casi mil pesos mas. Como demostracion de la inquebrantable tenacidad de Galban, se lo ve 19 años despues del naufragio, cuando anda ya rozando los 66 años de edad, realizando un buceo veraniego que le reporta 440 pesos en toda la temporada. Y al año siguiente, en busqueda con su hijo, extrae 33 pesos mas. En 1773 surge otro aspirante: un buzo de apellido Hinori, tambien participante de los primeros buceos, pero que habia permanecido al margen por causa de una enfermedad. Realiza diversas tentativas pero solo rescata unos pocos pesos y tiene que desistir. Y todavia 10 años mas tarde, 32 años despues del naufragio, otros buzos intentan una exploracion, pero sin exito alguno. Desde ese momento, y visto que ya es poco o nada lo que se encuentra, la autoridad se desentiende del asunto y no se conserva por tanto ninguna documentacion mas. Se entra en el periodo de las busquedas oficiosas, de las que no se guardan noticias pero que se sabe que fueron muchas y repetidas. Todavia en el siglo pasado el tesoro del "Nuestra Señora de la Luz" seguia fascinando e ilusionando a muchas imaginaciones y llego a constituirse una compañia con la finalidad expresa de bucear en la region, donde posteriormente habian ocurrido otros naufragios, tambien tentadores, entre 1771 y 1784. La entidad se llamo "Sociedad Puerto del Buceo" y estuvo instalada en el lugar donde hoy se encuentra la hermosa Aduana de Oribe. Se realizaron diversos intentos con pequeñas embarcaciones, pero todos resultaron infructuosos. Esta historia de naufragios y buceos produjo tambien alguna leyenda, acogida por pescadores y navegantes del lugar. Se cuenta que hace cosa de un siglo, aparecio en aquella playa un negro desconocido dispuesto a realizar buceos. Se sumergia con una bolsa de cuero atada alrededor del cuello. Mas de una vez volvio a la superficie con una moneda de oro guardada en el saco, hasta que un dia encontrose al moreno misterioso en la costa, asesinado de una puñalada. Aquella playa, con el tiempo, fue bautizada popularmente. Por ser el punto obligado de partida de todas las embarcaciones que salieron a explorar en las profundidades del primer navio naufragado, se la llamo bellamente "Buceo de la Luz". Con el tiempo ese hermoso nombre se abrevio hasta quedar reducido al que hoy conocemos. Nadie puede negar que es una playa realmente repleta de historia ... "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
en San Felipe y Santiago
.Dos canarios llegados a San Felipe y Santiago en 1729, hacen testamento veinticinco años despues. El documento, que se conserva integro, se convierte en un precioso y unico documento de epoca, que mucho nos ilustra sobre usos y costumbres y hasta tics sociales de aquel Montevideo primerisimo y flamante.El matrimonio lo componen un tal don Antonio Mendez y su esposa doña Juana Lorenzo de Villavicencio, ambos naturales de Lanzarote en las Islas Canarias, ambos analfabetos, lo que no les impidio enriquecerse grandemente en tan poco tiempo y a el desempeñar en dos oportunidades funciones en el Cabildo de Montevideo. Conviene hacer notar que ese enriquecimiento hay que atribuirlo, por un lado, a una utilizacion seguramente juiciosa y sesuda de los muchos bienes que se les concedia a los primeros pobladores de Montevideo: solares urbanos, una suerte de estancia, una chacra, animales con que poblar esas tierras, herramientas, alimentacion libre de costo, etcetera; pero ademas, ese matrimonio se establecio con comercio en Montevideo, y se ve que su explotacion les resulto no poco fructifera. El extenso testamento dedica larguisimas tiradas a enumerar los esclavos que el matrimonio lega a sus descendientes: "Un negro llamado Tomas, de edad 40 años, tuerto del lado izquierdo. Otro llamado Antonio, de edad 35, bueno y sano. Un mulato criollo de edad 11 años, llamado Pedro, sano. Un negrito criollo llamado Marcos, de 6 años, sano. Otra negra llamada Susana, casada con un indio, de 35 años, buena y sana." Y seguira la lista monotona, por paginas y paginas, mezclando esclavos con arcones, esclavas con tinajas, y de repente un juego de cuchillos de plata labrada, pero en seguida un mulato al que le faltan dos dedos. Pero no es todo detallismo esclavista en esta nomina testamentaria. Podemos averiguar por ejemplo, como vivian las montevideanas acomodadas en aquellos mediados del 700. Entre cien mas, encontramos un "vestido de terciopelo azul con punta de plata, y una manta de paño morado fino con su punta de oro, y su toca bordada de realce de plata, que dejo a mi hija Rosa", puntualiza doña Juana. O tambien: "Un vestido de damasco carmesi con dos galones de plata, y su manta de bayeta blanca con su cinta de oro". Si preferimos averiguar que adornos ostentaban las montevideanas ricas, el testamento nos entera de la existencia de un anillo de rosas con las piedras de diamante; o de una sortija de oro con topacio y diamantes al lado; una cruz de oro con sus piedras de diamante: "dos pares de zarcillos de oro grandes, los unos de perlas grandes y esmaltado en negro y el otro esmaltado en verde". O tambien una cadena de oro con una imagen de la Concepcion y un San Benito. En cuanto a mobiliario se legan "dos escritorios, el uno con ocho gavetas y su puerta con su llave de madera de cedro, y el otro de las mismas gavetas y genero". Hay dos mesas, "una grande como de vara y media con su cajon de pino, y la otra de dos varas de una tabla de cedro". Aquellas gentes usaban manteles de alemaniscos con "servilletas de lo mismo", cubiertos de plata, chocolatera, jarra de plata para agua, una salvilla con su pie y mate de plata "con su bombilla de lo mismo", doce candeleros de plata entre grandes y chicos ... Esta detallada enumeracion, de lo cual lo aqui descripto es apenas un reducido extracto, parece querernos alejar de la imagen tan difundida como talvez inexacta en parte, de un primer Montevideo de habitos rusticos y casi monacales, compuesto de mercaderes y labradores sin aficion al lujo y la exteriorizacion. Esos lujosos ropajes y esas alhajas de uso diario parecen desmentirlo. El matrimonio legatario declara poseer una estancia entre el Tala y Santa Lucia, con cuatro mil cabezas de ganado ovejuno, 1500 vacunos, 500 yeguas, potros y caballos, once pollinos, 24 burras y dos machos, tres mulas como de tres años. Y encima como si todo esto fuera poco son dueños de tres chacras. Habia en que fundar un legado tan extenso ... "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
Micro presentacion del libro "Boulevard Sarandi" (por Milton Schinca). Desde mayo de 1976 realice en CX-30 La Radio una audicion dedicada a Montevideo con motivo de sus 250 años, en la que procuré rememorar la vida montevideana a lo largo de toda su existencia, vista desde la vertiente anecdotica, cotidiana, menor, acentuando lo pintoresco y sabroso del vivir comun. Titule a esta audicion "Boulevard Sarandi", igual que mi obra teatral, porque pense que de algun modo, la calle Sarandi compendia y resume lo esencial del acontecer montevideano casi desde los tiempos fundacionales hasta hoy. No en balde ella fue testigo secular de tantos acontecimientos que fueron capitales en la historia de la ciudad y del pais; y hasta me parece ver algo de simbolico en el hecho de que se recuesten sobre Sarandi las dos reliquias mayores con que cuenta Montevideo, la Matriz y el Cabildo, que en mas de un sentido reseñan todo lo que fuimos. Para poder realizar noche a noche esa audicion radial de 15 minutos largos de duracion, me vi obligado durante meses a cumplir un trabajo vastisimo de busqueda, recopilacion y seleccion de materiales, lo que me condujo hasta libros y publicaciones los mas variados, algunos muy conocidos, pero otros practicamtente inencontrables para el publico no especializado (unico al que me dirijo). Fue asi como, al cabo de no muchos meses, me vi en posesion, casi sin proponermelo, de una masa cuantiosa de sucesos, presencias y memorias de un Montevideo al que no es facil llegar porque yace disperso en un sinnumero de fuentes. Surgio entonces la idea de reunir ese material en un libro, que tuviera cuando menos el merito, unico al que podia aspirar, de juntar en un solo volumen lo que se halla esparcido en cien. Ese fue el punto de partida. Despues lo modifique en parte, porque me parecio mas importante articular toda una expresion coherente y cronologica de la trayectoria montevideana completa, de modo de evocar la historia entera de nuestra ciudad, tarea que no se si se ha encarado de modo sistematico, a traves de episodios y sucesos de "trastienda" que ilustran sus diferentes epocas. Por eso ordene cronologicamente los materiales, que en la audicion radial no lo estaban, y dividi la historia montevideana en periodos o ciclos, quizas de un modo algo arbitrario y no muy tecnico, pero que me parecio mas accesible. Fue por esa razon que me avine a incorporar algunos materiales conocidos o de facil acceso, aunque son los menos: cuando me parecieron indispensables para redondear una vision de epoca, o trasmitir mejor la temperatura o el colorido intransferible de ciertos acontecimientos. Como este iba a ser un volumen de menos de 150 paginas, me vi obligado a excluir innumerables materiales utilizados en la audicion, algunos de indudable valor testimonial. Debiendo optar, renuncie a los mas notoriamente conocidos, como queda dicho. Por ejemplo todas las estampas costumbristas de de Maria, Carrasco o El Hachero, y las notas, editadas en fecha bastante reciente, de Fernandez Saldaña (en cambio utilice varias veces a Romulo Rossi, que entre parentesis esta pidiendo una actualizacion editorial). Supongo que queda claro, despues de lo dicho, que en este libro no figura una sola linea de investigacion personal, ningun aporte historico propio. Mal podia haberlos cuando es notorio que no soy ni pretendo ser historiador, ni siquiera aficionado, ni tampoco cronista. Mi labor, tanto en la audicion, como aqui, se redujo a elaborar, y en algunos casos a transcribir, el material ajeno en vistas a su presentacion radial en forma de notas casi siempre breves y de tono liviano e informal, destinadas a todo publico, Despues, al preparar sobre las mismas pautas este libro, me limite a retocar esas notas radiales para trasladarlas del lenguaje hablado al lenguaje escrito. Milton Schinca, Montevideo 1976.
Los chiquilines que fundaron Montevideo. Toda gente muy joven componia el nucleo de 34 primeros pobladores de Montevideo; aquellos seis unicos matrimonios que se atrevieron a responder al llamamiento de Zabala, y que en los primeros meses de 1726 se vinieron desde Buenos Aires hasta nuestra peninsula desertica, con su caterva de hijos, alguna sobrina y un par de entenadas. Solo cinco de esos 34 bonaerenses habian llegado a la cuarentena de edad, pero los dos mayores ni siquiera pasaban de 44 años: Sebastian Carrasco y Maria Carrasco, emparentados como casi todos. En la treintena habia solo cuatro, entre ellos el zaragozano Juan Antonio Artigas, soldado de 30 años cumplidos, que habria de ser el abuelo del Procer. Y quedaban tres mujeres Carrasco mas, todas en la veintena. Se explica la juventud de toda esta gente pionera, mitad exploradores, mitad aventureros, porque hay que tener animo para lanzarse a poblar una punta de tierra inhospita y no muy prometedora, amenazada por indios fieros y portugueses. Se comprende que apenas seis matrimonios se presentaran, sostenidos entre si por lazos familiares y tentados seguramente por las regalias que Zabala habia prometido a los fundadores: un solar emplazado en la misma ciudad, una suerte de estancia y una chacra en las inmediaciones, animales con que poblarlas, alimentacion gratuita, herramientas, exencion de impuestos, el titulo de "fijosdalgo" que habilitaba a usar el "don" delante del nombre ... A proposito de las edades de nuestros fundadores, hay un dato en el cual el historiador no repara, y con toda razon, porque no tiene ninguna relevancia, pero donde a mi me gusta detenerme. Observo que en este nucleo de 34 fundadores habia solo 12 personas mayores. Luego tres adolescentes que no pasaban de 18 años. Y todos los demas eran niños, de 15 para abajo. Dicho de otro modo: la mayoria de nuestros fundadores - una mayoria de 19 contra 34 - eran chiquilines de los cuales habia 13 - tambien mayoria - que ni siquiera habian cumplido los 10. Porque el historiador tendria que detenerse en este dato pueril, que nada importa ? Ese predominio infantil no gravito de modo alguno, no derivo en ningun hecho que importe consignar, ya de la fundacion misma o de lo que siguio enseguida. A lo sumo, el dato sobrecoge al acentuar el desvalimiento del grupo frente al medio hostil, la responsabilidad de esos doce mayores ante las mil incertidumbres del precario poblamiento al que vinieron casi a ciegas con sus niños. "La patriada" de aquellas gentes aparece asi agrandada por lo incierta y riesgosa. Como habra sido la vida de esos 19 niños cuando se vieron trasplantados aqui, a esta peninsula baldia e inhospitalaria, solo poblada por unos cuantos soldados que hacian guardia en una fortificacion precaria ? Nada sabemos del vivir que llevaron. No se conservan, como es natural, testimonios ni cronicas que lo relaten. Quien iba a escribirlos si casi todos nuestros fundadores eran analfabetos ? Y para que, si ninguno de ellos tendria conciencia de estar protagonizando hechos "historicos", que valiera la pena perpetuar ?. Por lo demas, los niños rara vez son materia documentable. En cambio se conservaran de este periodo algunos documentos "serios", actas matrimoniales, inventarios de algun almacen, mas tarde testamentos; poco mas. Eso si. Solo podemos imaginar o inferir algunas cosas. Ahi nomas estaba la costa, el roquerio, los pedregales aplayados contra los que venia a destrozarse la espuma. Es facil suponer que aquel habra sido el escenario inevitable de aventuras y correrias sin termino. A espaldas del caserio se les brindaba tambien el campo desertico, con sus lejanias magneticas, la tentacion de la arboleda, el desafio de las alimañas. Los mayorcitos habran ayudado a sus padres en las faenas camperas; las niñas a sus madres en la cocina o la costura. Los varones, de grandes a pequeños, se habran arrimado con admiracion hasta la presencia aspera de la gente de armas y habran escuchado las historias desmedidas que contarian los guerreros mas curtidos, con mentas de campañas heroicas, reales o fantaseadas, alla en los campos de Europa, bajo los estandartes triunfales de su Majestad ... A lo mejor, mas de una vez se agolpo junta toda aquella chiquilinada para contemplar el paso del navio que alla iba, rio adentro, en viaje a Buenos Aires. O habran escudriñado el horizonte para ver quien era el primero en descubrir la aparicion del inmenso velamen que muy pronto llegaria de ultramar, segun tanto lo anunciaban sus padres, trayendo a gente de las Islas Canarias, que venian a instalarse como ellos en el poblado que aqui se estaba formalizando. Pero es dificil imaginar que anduvieran juntos estos pequeños fundadores. Los separarian sus mismas diferencias de edad. El menor de todos era una niña, que quizas ni caminaba cuando llego aqui, y que se llamaba por cierto, Carrasco: Maria Josefa, de un año cumplido. Con ella andarian otras tres chicas apenas mayores: Francisca Javiera Gaytan, Margarita Burgues y Catalina Artigas, de tres años (cuyas madres no dejaban de apellidarse Carrasco). Y puede que alguna vez se le sumaran dos primos de 4 años: Basilio Antonio Burgues y Maria Artigas. Aunque a lo mejor estos se plegaban mas bien a los de 6: otros cuatro primos, Juan Jose Gomez, Bernarda Gaytan, Maria Antonia Burgues e Ignacia Artigas. Y con ellos andaria a veces una de 7, Antonia Josefa Artigas. Y quien sabe si no el de 8, Jose Gregorio Gomez. Cerrando la marcha de estos menores de 10 años, alla andaba Ana Gaytan, con nueve. Despues, por encima de los mas pequeños, se abria el grupo de mayorcitos, esos que estan ya "en otra cosa". Maria Escobar contaba con once años y era sobrina de Burgues. Seguramente andaria cerca de Isabel Gaytan de 12, y de Maria Antonia Callo, de 13. Y a las tres tal vez las buscara mas de una vez un varon de 12, Domingo Carrasco. Por fin, comandando el grupo, dos muchachos ya fronteros entre niñez y adolescencia con sus quince cumplidos, Juan Jose Callo y Teresa Melo, esta ultima entenada de Gaytan. Un dia de noviembre, todos veran arribar por fin al velero tan esperado: "Nuestra Señora de la Encina" atraco a nuestra costa el dia 12. De el descenderan, inseguros, impacientes, ciento y tantos canarios cargados de bartulos. Entre ellos vienen mezclados cuarenta y tantos chiquilines mas. No hara falta mas que vencer los primeros recelos para que los recien llegados se confundan en un solo haz con los diecinueve que los aguardaban y que pronto les enseñaron los secretos, peligros, picardias y promesas del lugar. Todos juntos habran asistido, sin entender mucho de su contenido, a la ceremonia de Nochebuena, cuando Millan dio solemne posesion a los fundadores, familia por familia, de los solares, bienes y titulos prometidos, que los afincaban definitivamente en este suelo. Pero esos formalismos, no rezaban para aquella agrandada "tribu" infantil, que sin entender nada de posesiones, papeles y cedulas reales, ya se habia adueñado del agreste baldio montevideano con solo incorporarlo, desde hacia semanas, a sus aventuras de todos los dias. Poco se imaginaban, en ese momento, que estaban escribiendo importantes paginas de historia de nuestro querido Uruguay. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-10) Cuatro motivos para acordarse de un hombre sin ningun relieve. Uno. El Capitan Pedro Gronardo era practico del Rio de la Plata aun antes de fundarse la ciudad de Montevideo. Durante años recorrio con sus embarcaciones nuestro rio, al que conocia palmo a palmo. Era natural de Buenos Aires, donde residia, y andaba con frecuencia por nuestras costas porque acostumbraba embarcar cueros vacunos en la desembocadura del Santa Lucia, por cuenta de exportadores porteños. Un dia de 1723 navegaba como tantas veces por el Rio de la Plata, cuando, al cruzar por frente a la bahia de Montevideo, descubrio en tierra algo desusado; sobre aquella peninsula que el sabia deshabitada, se veian unos hombres que iban y venian atareados. Y amarradas contra la orilla, algunas naves con sus velas arriadas. Gronardo quiso indagar que era aquello. Arrimo su embarcacion a la costa y comprobo que se trataba de tropa portuguesa alli acampada. Regreso a Buenos Aires con la novedad, sin sospechar las enormes derivaciones historicas que tendria su aviso: acababa de precipitar la fundacion de Montevideo. En efecto, Zabala, enterado de la presencia portuguesa en nuestra peninsula, ya no pudo desoir mas el insistente mandato que desde hacia meses recibia del Rey de España, Felipe V, para que fundara en aquel punto una ciudad, en prevision, precisamente, de nuevas incursiones lusitanas. Asi que dispuso rapidamente el envio de una fuerza militar considerable, ante cuya proximidad el intruso portugues se retiro sin disparar un solo tiro. Zabala fundo entonces, por fin, Montevideo. Y lo hizo acuciado por el aviso del marino. Dos. Meses despues, este capitan Gronardo, aparece radicado en la nueva ciudad recien establecida. Sin perjuicio de seguir desempeñandose como practico de rio, Gronardo se instala en Montevideo y abre una pulperia, la primera con la que conto nuestra ciudad y la unica con la que contara por algun tiempo. De este modo, el capitan vuelve a hacerse recordable por inaugurar entre nosotros la prodiga raza de los pulperos, bolicheros y afines, de la que viene a ser algo asi como el fundador, patrono o piedra fundamental. Y para establecerse con esta pulperia, Gronardo se asocia con un frances, temprano residente, como el, de este Montevideo: Jeronimo Eustache, conocido familiarmente como Pistolete. Juntos levantaran la que sera la primera o una de las primeras construcciones de importancia que se veran en San Felipe y Santiago: en medio de aquellas chozas de cuero y pieles, que no otra cosa eran las primeras casas de la flamante ciudad, a veces inclusive meras techumbres mal sostenidas, los dos socios edifican un pequeño rancho de adobe - que les fabrica el artillero Juan de Flandes -, y que cuenta con puerta de una hoja y techo de cueros. Casi una mansion de lujo, comparativamente. Y aquel primer negocio montevideano se ve pronto concurrido por los soldados de la guarnicion, los faeneros de corambre, del sebo, de la grasa, los hombres de campo y sus peones, que ven en aquella pulperia un aliviante oasis en medio de la absoluta soledad del precario medio al que se habian allegado. Pero no se piense que aquella pulperia era solamente expendio de bebidas. Mas bien se parecia a lo que fueron despues en Campaña los "almacenes de ramos generales". Alli se vendia de todo lo imaginable. Se ha conservado un precioso documento para interiorizarnos de usos y modalidades del vivir cotidiano de aquellas gentes: el inventario de los bienes existentes en el establecimiento de Gronardo y Pistolete. Entre la mercaderia depositada encontramos pañuelos de seda, medias de lana, casacas de castor forradas de sarga, cuchillos de cabo labrado, platos de postre y medianos, sombreros, espejos, botones de metal con piedras falsas, tijeras grandes, peines de marfil, zapatos de vaqueta, frascos de aguardiente, baules de madera, panes de jabon, frasqueras con frascos, hachas, barriles vacios, calderas de cobre, tachos grandes de cobre, tinas, ollas de hierro fundido, chocolateras, sartenes de fierro, balanzas, fuentes, asadores, paquetes de tabaco, bolsas de sebo, colchones, frazadas, almohadas, hamacas de algodon, martillos, pasadores de fierro, espuelas de fierro, saleros de cristal, clavos, tablas de canoa, cuadernillos de papel blanco, mazos de hilo de diferentes colores, juegos de cubiertos de plata, y un sinfin de articulos mas que dan la pauta de lo surtido que era aquel primer almacen que tuvimos en San Felipe y Santiago, por iniciativa del patriarca Gronardo. Tres. Pero algun "mal de ojo" debia tener aquella pulperia. Apenas transcurren unos meses de fundado Montevideo, y un dia el socio Pistolete muere ahogado en el rio Santa Lucia; y tan solo pocas semanas despues lo sigue el propio capitan Gronardo, victima de la explosion de un cañon ocurrida a bordo de un navio ingles que el mismo conducia por el rio en calidad y en cumplimiento de su tarea de practico, en enero de 1727. De ese modo, Gronardo vuelve a ganarse una mencion en los anales de Montevideo, por un hecho sin duda involuntario: si no fue el muerto inaugural, fue al menos uno de los primerisimos que tuvo nuestra ciudad, a tan poquito tiempo de fundada. Cuatro. Pero no termino alli todavia su notoriedad. A su muerte, la pulperia es tasada en 150 patacones fuertes y se la destina a domicilio del cirujano de las tropas, Diego Francisco Mario. Pero tres años mas tarde, ocurre algo capital en la vida de nuestra Ciudad: Zabala estima que ya es hora de que Montevideo tenga sus propias autoridades civiles, y constituye el Primer Cabildo con vecinos afincados. Los designa, los reune, les da posesion de sus cargos, pero falta encontrarle sede a la nueva corporacion. Millan, en su reparto de solares de la Nochebuena de 1726, habia reservado un terreno centrico para edificar alli, algun dia, el Cabildo de la ciudad. Pero cuanto tiempo transcurriria antes de que aquel primer Montevideo casi en total indigencia y pobreza pudiera fabricarse una casa aparente para nuestros regidores ? Ante esa incertidumbre, se opto con sensatez por utilizar lo que existiese en pie. Y la unica casa presentable era la ex pulperia de Gronardo. De ella echo mano Zabala para que se realizaran alli las Juntas del Ayuntamiento y Acuerdos Capitulares, hasta tanto no se construyera el edificio definitivo. Y de este modo, por cuarta, y creo que ultima vez, el Capitan Pedro Gronardo, sin haber jamas realizado un acto saliente o distinguido, vuelve a colocar su nombre a figurar en la memoria de nuestro querido Montevideo, quedando nuevamente y para siempre vinculado a aquellos tempranos dias de la fundacion. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
Los primeros (y veloces) casamientos montevideanos. No pasaron cinco meses de fundado Montevideo, cuando se efectua aqui el primer casamiento de que se tiene noticia. En el dia 12 de Noviembre de 1726 habia llegado a nuestro puerto el velero "Nuestra Señora de La Encina", con sus ciento y pocos pobladores canarios que venian a establecerse en la nueva ciudad, y ya en enero del año siguiente, despues de un noviazgo, por lo que se ve, fulminante para la epoca se presentan a casarse los primeros contrayentes, Luis de Sosa Mascareño de 26 años y Leonor de Morales, de 19. El primero es chileno, natural de la ciudad de Concepcion, soldado que formaba parte de la Compañia de Caballeros apostada en Montevideo bajo el mando del capitan Frutos de Palafox Carmona, y la novia una joven que acababa de arribar de las Islas Canarias con el nucleo de primeros pobladores. No se poseen elementos fundados para explicar la velocidad supersonica de este noviazgo. Parece inevitable pensar en el incentivo material que suponia por entonces adquirir titulo de poblador estable de la nueva ciudad, con familia legalmente constituida. Ello aparejaba toda una serie de beneficios nada desdeñables, que en mas de un caso sirvieron para cimentar la fortuna de varios de los primeros hogares montevideanos, como ya quedo dicho. No es que deba desestimarse la urgencia sentimental para explicar la prontitud con que se formalizo este primer casamiento, pero parece significativo que el no haya sido el unico, sino el primero de una serie de uniones, todas igualmente presurosas, que se efectuaron casi en serie entre enero y febrero del 27. Asi Domingo Gonzalez de Ortega, oriundo de Buenos Aires, de 28 años, se caso con otra canaria, tambien de 28, Isabel Francisca Gonzalez. Y Ramon Sotelo, ex-soldado de la Compañia de Voluntarios, de 27 años, se caso con Maria Gonzalez Barroso, de 24, tambien canaria. Al que se suma otro casamiento en el mismo mes de febrero, de un soldado bonaerense con una canaria recien llegada: Francisco Gonzalez Prieto, de 40 años, nacido en Extremadura, España, con Catalina Perez, de 28. Y esta nomina de apresurados, tampoco se cierra en ese febrero: aquel primer Montevideo, seguira generando otros cuantos matrimonios veloces. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-13a) Quien quiere pagar impuestos ? Montevideo era tan pobre en sus comienzos, que resultaba imposible aplicarle impuestos a sus pobladores, por mas que hacia falta encarar obras de interes general. Asi, a cuatro años de fundada nuestra ciudad, se resuelve edificar un hospicio, el de San Francisco, que atenderian dos sacerdotes y dos legos. Pero como el flamante poblado aun no generaba recursos propios, y sus habitantes vivian en la pobreza, se decidio no aplicar impuestos obligatorios y si solicitar la contribucion voluntaria de los vecinos, que asi se llamaba a nuestros primeros pobladores en esa epoca. Reunieron a los vecinos en la capilla del Fuerte, y alli, sin obligar a nadie, se pidio que quienes pudieran hacerlo, donaran alguna contribucion. No fue mucho lo obtenido, a decir verdad. Jorge Burgues, a pesar del mayor compromiso que suponia su condicion de cabildante, se anoto con cuatro fanegas de trigo, cuatro reses y cuatro carretadas de leña, pero anuales. Un poco mas generoso se mostro otro cabildante, don Jose de Melo, quien prometio contribuir con igual cantidad de fanegas de trigo, 6 carretadas de leña y 12 reses. En cambio Cayetano de Herrera no fue mas alla de una fanega de trigo. Y asi otros. Pero hubo otros que manifestaron "no quiero" o "no puedo". Los frailes franciscanos, a pesar de la cortedad de los aportes, agradecieron lo mismo la buena voluntad del vecindario, y el hospicio llego a fundarse. A lo largo de esos primeros y penosos años montevideanos, se intento aplicar varias veces el sistema de impuestos voluntarios, pero nunca los resultados fueron demasiado "gratificantes", como se dice ahora. Y como era facil de vaticinar. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-13) A reyes muertos, reyes puestos.
Tres veces se enluto Montevideo durante sus primeras decadas de existencia para llorar muertes de reyes; y otras tres echo al vuelo las campanas para celebrar a sus sucesores. Esta historia que parece tan poco montevideana y uruguaya con sus vaivenes de monarcas y festividades cortesanas, se extiende en el lapso que va desde 1747, apenas veinte años despues de fundada la ciudad, hasta 1789. Tanto las muertes como los advenimientos dieron lugar a fulgurantes ceremonias en nuestro Montevideo; de las mas lucidas que tuvimos nunca, como que la ciudad entera se vistio sucesivamente de luto y de fiesta con sus galas mas suntuosas, y desplego un profuso ceremonial que, con diferencia de dias, fue de acongojada adustez primero, y en seguida de colorida y radiante felicidad. El primer sacudimiento por estos motivos reales acaecio con la muerte de Felipe V, un monarca que mucho tendria que haber llorado Montevideo, como que a el se le debia nuestra fundacion, ya que fue quien le ordeno una y otra vez a Zabala que se apresurase a establecer una ciudad en nuestra peninsula antes que lo hicieran los portugueses. En 1747, pues, llanto por Felipe. Pero a los pocos dias, de acuerdo a las disposiciones sucesorias, fiesta en honor de quien venia a ocupar su lugar, Fernando VI. Pasan tan solo 15 años, y Montevideo vuelve a llorar, esta vez con el deceso del nombrado. Pero en seguida muestras de jubilo por el soberano que lo sigue en el trono, que fue Carlos III. Y este Carlos III permanece 29 años, hasta que se le ocurre morir en 1789, y otra vez a llorar Montevideo. Pero por pocos dias, pues muy pronto estalla la alegria de festejar al que ocupara su lugar, Carlos IV. Asi se completa la serie de seis fastos reales alternados, tres lutos y tres jolgorios, unicos momentos resonantes de nuestro modico historial monarquico, del que casi no nos acordamos. En rigor, hubo un septimo acontecimiento de este caracter, el advenimiento al trono de Fernando VII, en 1808. No cabe sin embargo incluirlo en esta serie de muertes seguidas de proclamaciones, porque este soberano, como se sabe, llego al trono por abdicacion de su antecesor, no por fallecimiento. Cuando ocurrieron las tres muertes, las ceremonias luctuosas fueron las mismas, aqui y puede decirse que en toda America. En efecto, los actos y solemnidades estaban prescriptos de antemano para todo el ambito colonial. La ceremonia principal, como es facil de adivinar, tuvo lugar en la Iglesia Matriz, ataviados sus muros de lutos y crespones, y recubiertos sus altares con paños sombrios y lugubres dorados. Las tres veces se dio una misa de requiem con la presencia de todas las autoridades civiles y militares, toda la jerarquia eclesiastica, gentes representativas. Todos vistiendo los mas ricos y severos atavios, y mostrando las apropiadas caras de circunstancias que requieren esos duelos publicos. Puede pensarse que esta congoja, tal vez, no pasaba de ser mas que exterioridad, ya que para el americano la figura real resultaba demasiado remota, casi un personaje mitico, quizas decorativo, cuya presencia no se veia gravitar en los acontecimientos de la ciudad ni en el vivir cotidiano y privado del vecindario. Ni siquiera tenian muy presente la fisonomia del soberano, a quien apenas si habian visto en alguna moneda o en lienzos que lo representaban con fidelidad mas que dudosa. Y se daba el caso de que muchos venian a descubrir recien ahora cuan maravilloso monarca habian tenido, cuando escuchaban los esplendidos elogios funebres, que invariablemente se pronunciaban despues de la misa de requiem, y que revestian al soberano muerto de tan excepcionales y sublimes virtudes y atributos, que daba, francamente, tardio dolor y pena el haberlo perdido. Terminadas la misa y el elogio, todos los concurrentes se acercaban hasta el Gobernador a presentarle sus mas sentidas condolencias, como si este fuera el deudo principal del difunto. Y mientras en la Iglesia Mayor acontecian estos sucesos, en las contadas iglesias montevideanas se echaban a doblar las campanas con compungidos tañidos de riguroso duelo, la artilleria de la guarnicion lanzaba salvas que sonaban muy tristes y dolidas, y los buques de guerra apostados en el puerto las respondian con estruendo realmente acongojado. Por varios dias se mantenia la ciudad enlutada o semi-enlutada. Y algunos personajes tenian que seguir vistiendo de duelo riguroso. Pero no por mucho tiempo: la vida sigue su curso, ya se sabe, y las monarquias con mas razon; asi que no se las podia dejar acefalas, y pocos dias despues de las exequias reales, sobrevenian, en toda America por igual, las proclamaciones. En cuestion de horas, nuestros buenos vecinos montevideanos volvian a colgar en sus guardarropas los atuendos severos de la vispera, y sacaban a ventilar otros muy coloridos y rumbosos, preparandose desde ya para las fiestas que se venian. Y estas festividades las anunciaba un personaje muy caracteristico de la Colonia: el pregonero. Que debia ser, sin duda y con seguridad, un hombre elegido por su voz sonora y potente y su diccion nitida, capaz de ser oido a varias cuadras a la redonda. Salia el pregonero a recorrer la ciudad todavia a medio luto, acompañado por un vistoso tocador de tambor. Se paraban en una esquina cualquiera y el tambor se ponia a atronar con el redoble mas penetrante e imperioso de que era capaz, asi que todo el mundo dejaba lo que estaba haciendo y venia corriendo al estruendo aquel, aunque ya sabian de antemano lo que le iban a decir. Y junto al tambor y al pregonero, un estirado personaje vestido de negro, y con una cara de lo mas seria y almidonada, empuñando un largo baston. Era el Escribano, quien con aquella presencia un poco impresionante parecia estar previniendole al vecindario que lo que se iba a gritar alli era verdad, y muy verdad, ya que para eso estan los escribanos en este mundo. Y todavia, atras de este trio, se apostaba un piquete de soldados, refrendando con la contundencia de las armas la veracidad del anuncio que iba a tener lugar. Y en efecto, el pregonero, alzando la voz, hacia saber al gentio que el dia tal a la hora tal, Montevideo iba a celebrar la ascension al trono del nuevo soberano. Y aunque todo el mundo ya lo sabia, recien ahora el vecindario se daba por enterado, y a partir de ahi quedaba instaurado oficialmente el clima de festejos que todos estaban esperando desde hace dias. Y llega la jornada memorable. A las diez en punto de la mañana se abrian las festividades. Atras quedaban los llantos por el muerto, adelante el jubilo por el vivo. El Cabildo en pleno se ponia en movimiento desde la Plaza Mayor, engalanados los Regidores con un lujo que nunca usaban, y abriendo la marcha el vistoso Alferez Real con el pendon regio. Pero no se vaya a creer que iban a pie, aquel no podia ser un desfile comun y silvestre. Marchaban todos de a caballo, rebrillando la plateria en los arreos de las monturas y en los labrados estribos. Detras de los cabildantes, venian, tambien a caballo, los vecinos mas pudientes; ricos y panzudos hacendados, segun se cuenta, que a veces sobrepujaban en plateria y riqueza a los cabildantes mismos. Asi, en procesion pomposa, marchaban todos hacia la casa del Gobernador, flameando al aire estandartes y pendones multicolores. El Gobernador los aguardaba en su sede del Fuerte (actual Plaza Zabala) y alli los recibia vestido el tambien con galas rumbosas mas parecido a un cortesano hispano que a un montevideano simple. Pasaba entonces el Gobernador a encabezar la lujosa comitiva, y todos enfilaban por la actual calle Rincon, de vuelta hacia la Plaza Mayor. A los lados, todo a lo largo de la calle, presentaba honores la guarnicion de la ciudad con uniforme de gala. Los frentes de las casas aparecian revestidos con vistosas colgaduras muy suntuosas en las casas mas pudientes, y cada vez menos hasta llegar a las mas pobres, que al menos aportaban el colorido bienintencionado de sus telas derramadas desde ventanas y balcones. Cuando llegaban a la Plaza Mayor se encontraban de frente con el fabuloso elemento que predominaba en la escenografia preparada para las solemnidades: un enorme retrato del monarca que se estrenaba en el trono, emplazado al frente del edificio del Cabildo, bajo un fino dosel carmesi. Nadie le pedia a aquella pintura que fuese ni demasiado veraz ni demasiado artistica, y dicen que jamas era ni una cosa ni la otra, pero eso, a quien importaba?. La cosa era que el vecindario pudiera extasiarse un rato en la contemplacion de aquel señor que desde aquel dia se le convertia, y Dios quisiese que por mucho tiempo, en "Soberano Amantisimo". Quedarian o no conformes con aquel rostro un poco torpemente trazado, que vaya a saber con que fortuna habria interpretado el artista local, nunca muy avezado, pero igual aquella cara adquiriria desde ahora valor de simbolo, de mito actuante, y eso era lo que contaba. Una vez ubicados todos los asistentes en sus sitios, los actos culminantes se iniciaban con tres palabras sacramentales a cargo del Alferez Real: "Silencio". "Oid". "Escuchad". Y en cuanto el silencio se hacia, el mismo alto funcionario daba lectura a la formula ceremonial de consagracion del nuevo monarca, y no bien pronunciaba su augusto nombre, toda la concurrencia porrumpia en vivas y aclamaciones interminables. La bateria de la ciudad lanzaba la misma andanada que dias antes en la ocasion funebre, pero que ahora sonaban como festivos y alegres cañoneos, y con la misma jolgosa alegria y felicidad le contestaban los mismos cañones de los mismos barcos emplazados en el puerto. Por todo el espacio de la ciudad, las campanas de nuestras iglesias, que no eran muchas, se echaban al vuelo gracias al zangoloteo contentisimo de los campaneros, que se esmeraban todo lo que podian en demostrar su talento y cualidades de artistas del arte campanologo, porque quien sabe hasta cuando no volverian a tener otra ocasion de lucirse. Pero las fiestas no terminaban alli, mas bien recien comenzaban. Por la tarde, en la Casa Consistorial, se servia un refresco con merienda, antes de los toros o despues de los toros, que eran fiesta infaltable. Y seguian dos jornadas mas de festejos en toda la ciudad, que incluian mas misas con Te Deum y sermon en la Matriz, tres noches consecutivas de iluminar con velones y candilejas los edificios publicos y las casas de los mas ricos, por la tarde corrida de toros en la misma Plaza Mayor, con toda la variedad de suertes taurinas; juegos de lazos, exhibicion de acrobatas, de titiriteros, de volatineros, tiovivos y hasta funciones teatrales en los barracones que alli existian. Y por las noches, todavia, fuegos artificiales, mascaradas, musicos ambulantes y cantos callejeros. Entre otras cosas. Pero, era este nuestro querido Montevideo ? La verdad es que este cuadro contradice la imagen habitual que nos hacemos, de un poblado de costumbres discretas, rutinarias, agrisadas. Sin embargo aquella mediocre ciudad nuestra - hay que recordarlo y reconocerlo - sabia salirse de sus costumbres y volverse fastuosa y cortesana por lo menos dos veces fijas en el año: los primeros de mayo, cuando se celebraba el dia de los santos patronos de la ciudad, San Felipe y Santiago; y en ocasion de la procesion de Corpus Christi. Esas veces, igual que en estas seis ocasiones motivadas por la muerte y sucesion de monarcas, otro Montevideo aparecia, casi nobiliario en su ostentacion. Y segun cuentan las cronicas de la epoca, tan mal papel no hacian nuestro vecinos cuando les daba por vestirse de cortesanos y salir a festejar por las calles de nuestra querida ciudad de San Felipe y Santiago. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-29) Medicos con remedio incluido Hasta 1768 no hubo boticas, droguerias ni farmacias - como las dos primeras fueran llamadas posteriormente - en la joven Montevideo. Y la costumbre queria que los mismos medicos suministraran a sus enfermos y pacientes las medicinas que estos necesitaban. Pero debian proporcionarselas gratuitamente ... Esta practica, como es comprensible desde la perspectiva de hoy, no le hacia ninguna gracia a los "cirujanos", como solia llamarseles a los medicos de San Felipe y Santiago de ese entonces. Y se conservan testimonios escritos que documentan las quejas, disgustos y lamentaciones de los profesionales por semejante situacion. Encima de que ganaban honorarios o sueldos muy bajos, segun parece y relata la cronica de esos tiempos, tenian la obligacion de surtir a sus enfermos como hasta hace poco se hacia con las muestras gratis, pero con la diferencia de que entonces las pagaba el galeno de su bolsillo. Hubo un cirujano, muy conocido en su tiempo, un doctor Cardoso, que se paso años protestando contra esta situacion, hasta que en 1766, al final de su carrera se salio con la suya: logro que se le pagaran aparte los medicamentos, al menos los que le suministraba el hospital publico; pero eso no lo resarcio de los adelantos que, durante años, le hiciera de su bolsillo a las Arcas Reales, entregandoles medicamentos a cuenta, que por supuesto se le pagaron tardiamente o nunca. Su sucesor, un cirujano de nombre Joseph Pla´ logro un importante progreso para la castigada profesion de los galenos: que los medicamentos se le enviaran gratuitamente desde Buenos Aires, donde si habia boticas desde hacia tiempo; y estos eran tomados de la botica que fuera de los expulsados jesuitas. Esta practica perjudicial para los medicos ocasiono una derivacion seguramente inesperada: en tren de ahorro, los medicos prefirieron muchas veces recetar medicinas muy simples, yuyos, tecitos o brebajes al alcance de cualquiera, que medicinalmente no surtirian mucho efecto ni servirian demasiado para curarse pero al menos aliviaban los gastos del propio galeno. Ya en esos tiempos tan primitivos - Montevideo habia cumplido apenas la cuarentena - aparece un germen de beneficios sociales en materia de asistencia medica: se dispone que los soldados de la guarnicion, los presidiarios y los obreros que trabajan en las fortificaciones de la ciudad, asi como sus familiares, recibiran gratuitamente los medicamentos. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-30) Nuestra primera botica en Montevideo.
En 1768 arriba al Rio de la Plata una fragata llamada "Santa Rosa", de la que desembarca un desconocido español de nombre Gabriel Jose Piedra Cueva. Este hombre, de quien nada mas sabemos, traia bajo el brazo una autorizacion en forma, otorgada por las autoridades de la Corona en España, para ejercer profesion de boticario en cualquiera de estas Provincias. El eligio afincarse en Montevideo, despues de haber presentado sus titulos en Buenos Aires. Se ignora la razon de ese cambio de rumbo. El 18 de Marzo, a poco de haber llegado, este Piedra Cueva eleva al Gobernador de la Rosa un oficio "poniendose a sus pies" y suplicandole autorizacion "para ejerser el Ministerio de Boticaryo, de cuyo titulo hace presentacion con la solemnidad devida". Su aspiracion es que se le permita "poner quarto publico de Botica confectionando y disponiendo los medicamentos que sean necesarios y se den para beneficio y alivio del Bien Publico". Con razonable criterio, el Gobernador de la Rosa dio traslado del pedido al Cabildo, rogandole examinase los titulos que exhibia don Piedra Cueva y averiguase de su idoneidad. Asi se cumple, y el Cabildo verifica que los titulos estan en forma; y en cuanto a la segunda parte, resuelve nombrar a dos medicos ("zirujanos"), para que hagan el reconocimiento del local y de los medicamentos que el flamante boticario se proponia instalar en nuestra Ciudad. Los Zirujanos designados resultan ser don Joseph Pla´ y don Joseph Casal. Los dos Joseph se trasladaron sin demora a la botica de Piedra Cueva, y despues de examinarlo a el y a su botica elevan el siguiente concluyente informe: "Habiendola reconocido muy bien y detalladamente y a plena satisfaccion de los referidos peritos, y examinando correspondientemente la variedad de medicamentos, tanto simples como compuestos segun las reglas que les previene la facultad de que son profesores. Y hecho las preguntas que tuvieron por conveniente al interesado, unanimes y conformes de una voz y acuerdo, declararon y resolvieron que con efecto los medicamentos y medicinas referidas las hallaron de correspondiente calidad y condicion para el beneficio y alivio de las enfermedades humanas". Frente a este informe de los entendidos, el Cabildo no tuvo mas que aprobar el funcionamiento de nuestra primera Botica, en una resolucion que firma entre otros Regidores, el zaragozano Juan Antonio Artigas, futuro abuelo del procer de la patria. Que yo sepa, no existe documentacion que nos entere de donde estuvo emplazada nuestra primera botica y de como le fue al tal Piedra Cueva con su "ministerio". Pero yo me inclino a suponer que ya entonces la farmacia era buen negocio, porque llegaron hasta nosotros dos datos que asi lo hacen pensar. Uno, que la esposa de Piedra Cueva, Maria Antonia Perez - una mujer de temple y de aceptable inteligencia, segun parece - a la muerte de su marido, acaecida en 1781, continuo ella al frente de la botica (aunque ignoro como se las arreglaria con la autorizacion, ya que carecia de titulo habilitante). Y en segundo lugar, se sabe tambien que aquel matrimonio boticario tuvo dos hijos, que al crecer siguieron la misma profesion. Se puede deducir que si la primera botica montevideana hubiese resultado ruinosa, ni la esposa la hubiera mantenido ni los hijos hubieran persistido en esa profesion. Cierto es que estos dos pasaron a ejercerla en Buenos Aires, pero eso bien pudo ser para no estorbar el negocio paterno (materno) en una plaza tan reducida como la de nuestra Ciudad. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-32) Riñas a proposito de toros y comedias.
La vida del Montevideo colonial resulto mas de una vez sobresaltada por reyertas entre las autoridades, que si no redundaron en beneficio alguno para la ciudad, al menos sirvieron de sustancioso entretenimiento y pasto de chismes y habladurias al vecindario. Asi fueron las que protagonizo un malhumorado gobernador de esta plaza, don Antonio Olaguer y Feliu´, a fines del siglo XVIII, quien tuvo encontronazos con el Cabildo de entonces, generalmente por cuestiones de protocolo y precedencia. Asi, el 24 de noviembre de 1794, se celebraba en Montevideo una corrida de toros. Y durante su transcurso se produjo una escandalosa trifulca entre algunos cabildantes y el ayudante del Gobernador, Estevan Liñan. Parece que era costumbre que los cabildantes tuvieran su palco propio y exclusivo en la Plaza, en la cual nadie mas que los regidores podia permanecer. Y este Liñan penetro al palco para plantear un asunto relativo a uno de los toreros que participaba esa tarde en la corrida; pero concluido el tema que lo habia llevado, el hombre no se retiro. Inmediatamente el Alcalde de Segundo Voto, de muy buenas maneras, le hizo notar que debia marcharse del palco del Ayuntamiento. El otro protesto, se entablo una acalorada discusion y al final Liñan se marcho enfurecido. Pero corrio a darle parte de lo ocurrido al Gobernador Olaguer y Feliu´. Dos dias despues, este, en un oficio, le pide cuentas airadamente al Cabildo de su actitud. Le replica el Cabildo que quiso evitar una infraccion a las ordenanzas en vigor y observar la costumbre tradicional de no permitir ninguna presencia ajena en el palco del Ayuntamiento; pero esta explicacion no satisfizo al iracundo Gobernador, quien le advirtio al Cabildo que de ningun modo iba a permitir que se le negase la entrada a su ayudante. Atemorizado el Cabildo, termino aceptando sumisamente la imposicion para evitar mayores escandalos. Y tan lejos fue en su acatamiento que autorizo al Ayudante del Gobernador a dar la señal de comenzar la corrida, contraviniendo asi las ordenanzas, que indicaban expresamente que debia hacerlo el Alcalde de Primer Voto. Para afirmar aun mas su victoria, el Gobernador dispuso la presencia de gente armada en las cercanias del palco de los cabildantes. Parece que esta medida de fuerza produjo el descontento del vecindario, pues poco despues fue hallado en la calle un pasquin (un "volante", diriamos hoy), distribuido el Jueves Santo, donde se protestaba contra la medida en estos terminos bastante pintorescos: "Se previene al señor Gobernador de Montevideo, nos deje libre el uso de las Iglesias, y este entendido que hace un grande agravio a los Vecinos, en las providencias que se advierten; y cuide de que la tropa cumpla con su obligacion en celar la Ciudad, y se deje de pasmarotas que solo sirven para aparentar celo y asustar tontos". Pero este no era el primer incidente entre ambos poderes. Hubo otro anterior en relacion con la Casa de Comedias, ya en el primer año de funcionamiento de esta: 1793. Este primer teatro se habia establecido en un corralon levantado en la Plaza Mayor, que despues se incendio. Y los cabildantes tenian reservada en el una puerta, por la cual ingresaban a su palco propio. Pero en la noche del 15 de diciembre, cuando concurrieron a la funcion, se encontraron con la novedad de que la puerta estaba cerrada con candado "por la orden del Gobernador". Tuvieron que volverse a casa los cabildantes "hechos la irrision del pueblo". Enfurecidos, le dirigieron una nota a Olaguer y Feliu´, firmada por los Alcaldes de Primero y Segundo Voto: "La falta de nuestra asistencia a la funcion de comedias que la noche del dia de ayer se hizo en uno de los Corralones de esta Plaza, ha consistido en que la Puerta por donde deviamos (sic) entrar, estaba cerrada con candado, cuia (sic) llave, segun se le informo al Ministro Juan Marin, se hallava (sic) en poder de Usia, y nosotros en la Calle" . Nego el Gobernador ninguna intervencion en le asunto, y a partir de alli se origina un profuso expediente ante la Audiencia de Buenos Aires, la que termino dandole la razon a Olaguer y Feliu´. Pero mientras el diferendo se tramitaba, la guerra proseguia en Montevideo, y otra vez en relacion con el teatro: el irritable Gobernador ordeno a los comicos, y especialmente al cantor de la tonadilla que iniciaba la funcion, "que en la cortesia que solia hacer cuando salia a escena, se dirigiera en primer lugar a el y luego a los ediles". Enterados de esto los cabildantes, le advirtieron a los comicos que, si cumplian semejante orden, serian encerrados en la carcel de la villa. Pero la amenaza no pudo cumplirse, porque cuando el comico se dirigio primero al Gobernador, y el Cabildo, irritado, mando prenderlo, la tropa no se movio, obedeciendo ordenes de aquel. Este nuevo incidente dio lugar a otros cien oficios iracundos entre Gobernador y Cabildo, hasta que el tema fue elevado al mismo rey, por intermedio del representante del Cabildo ante la Corte de Madrid, Domingo Gonzalez Espinosa. Pero no se sabe bien si llego a fallarse el caso que parece haberse enredado en la maraña de los tramites burocraticos. De ningun modo fueron estos incidentes aislados. Aun antes, en tiempos cercanos a la misma fundacion, se registraron graves disenciones en el seno mismo del Cabildo, el primero que tuvo Montevideo, nombrado por Zabala en 1730, lo que motivo la destitucion del Alcalde de Primer Voto por orden directa del propio Zabala, y en otro caso muy sonado, otros dos cabildantes llegaron a luchar a sablazos en plena calle. Es que, como comenta acidamente un cronista de la epoca, "no serian autenticos hidalgos españoles aquellos, si no dedicaran sus ocios a dormir la siesta y a reñir, dos operaciones de tanta importancia y relieve para el buen tono en la vida de los hombres de alcurnia y bien nacidos ... ". "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
(1-18) El primer naufragio montevideano En la tarde del 2 de julio de 1752 se desencadeno una furiosa tempestad sobre nuestro querido Montevideo. A 26 años de fundado, el poblado no era mas que un incipiente caserio, habitado por algunos centenares de vecinos que no llegaban a mil. A medida que entraba la noche, el viento golpeaba con mas furia sobre la peninsula inerme, y la lluvia y la borrasca arreciaban. Los montevideanos atemorizados no recordaban haber presenciado un enfurecimiento del mar como aquel. En prevision de una noche implacable, como pintaba, todos se apresuraron a guarecer como mejor pudieran sus animales, y a amarrar con fuerza sus carros y enseres de trabajo. Aseguraron puertas y ventanas, y a oscuras, quedaron escuchando el bramido del oleaje, que resonaba casi encima de ellos como el "fortisimo" de un bronco organo de fuelle. En las cercanias del puerto, otras eran las preocupaciones y los comentarios de los que alli andaban, marineros y gentes de armas.Todos volvian sus miradas ansiosas hacia un punto preciso del mar. Ya habia caido la noche y era imposible divisar el espacio que se abria frente a Montevideo, como no fuera bajo el fulgor intermitente y siniestro de los relampagos. En esos fogonazos aislados podia vislumbrarse apenas, a buena distancia de la costa, la silueta zarandeada de una embarcacion que inexplicablemente se encontraba anclada a tres millas hacia adentro. (A la altura del actual Campo de Golf, aproximadamente.) Aquel puñado de observadores, empapados bajo el diluvio, comentaba desde tierra, con excitacion, esa presencia imprudente. Que iria a ser de aquella nave, expuesta sin defensas al huracan? Todos sabian que barco era aquel y porque estaba alli atrapado. Acababa de permanecer tres meses a muros de nuestro puerto, proveniente de Buenos Aires, aguardando el momento de partir con rumbo a Cadiz, en viaje de "tornavuelta", a donde debia transportar pasajeros y una carga preciosa. Y vaya a saberse por que fatal inspiracion, fue justamente esa tarde del 2 de julio, con la tormenta anunciandose ya en lontananza, que se decidio zarpar por fin con rumbo a ultramar. El barco, de 217 toneladas, era de bandera portuguesa, pero realizaba este viaje por cuenta de la Corona española; y llevaba un hermoso nombre inscripto en su casco: "Nuestra Señora de la Luz". Ahora, bajo los estallidos del relampagueo, se lo veia aparecer zamarreandose y bambolear sus mastiles con el velamen a medio abatir. Pronto se supo que en aquel viaje marcharian a España ciento cuarenta y cinco personas, entre ellos 18 (o 20) pasajeros, con 12 criados entre blancos y negros. Y tambien se decia que en las bodegas se guardaban arcones enteros cargados de monedas de oro y plata, e incontables piezas de subido valor. Los mas fantasiosos se atrevian a hablar de un tesoro que, en conjunto, sobrepasaba el millon de pesos fuertes de aquel tiempo; cantidad que una mente de entonces no alcanzaba a redondear entera, dada su magnitud astronomica para las escalas de los valores usuales. Tales "fantasias" serian confirmadas muy poco despues por los documentos. Mientras observaban al barco zarandeado por la tormenta, aquellos espectadores lamentaban una vez mas la razon de la extraña maniobra que realizo esa tarde el "Nuestra Señora de la Luz" y que lo llevo a salir del abrigo del puerto, y anclar a su entrada. Fue un motivo menor, que habra que deplorar siempre. Las autoridades de la nave entendieron preferible salir de puerto para cargar mas afuera, en lanchones mas diminutos, a los animales que debian acompañar la travesia para servir de alimento al pasaje. Es que resultaba engorroso hacerlos subir, encontrandose el barco atracado en el puerto ... Aprovechando para embarcarse mas tarde en esos mismos lanchones, cinco pasajeros y diecisiete tripulantes habian quedado en tierra. Pero despues, cuando pretendieron llegar hasta la nave, el viento impidio la maniobra del lanchon que los transportaba. Asi quedaron en total 133 viajeros a bordo: los que ahora soportaban los terrores de la tempestad sin la mas minima posibilidad de retornar a puerto. El Comandante de Infanteria de Montevideo, capitan Jose Zumelzu, arraigado en Montevideo desde hacia quince años, comento esa noche que "nunca jamas, en todo ese tiempo, habia visto embravecerse asi las aguas montevideanas". Justo esa vez, con una nave inerme puerto afuera ... A altas horas de la noche, la tormenta electrica amaino. Un telon de espesa niebla cayo sobre el mar, asi que los de tierra dejaron de avistar el barco en peligro. Ahora solo quedaba esperar hasta que aclarara, para estudiar la posibilidad de enviarle algun socorro. Una noche interminable aquella del 2 de Julio, que en tierra se vivio con angustia y congoja indecibles. No eran muchas las esperanzas que podian alentarse para un barco en esa situacion. Los marinos veteranos movian sombriamente la cabeza. "Solo un milagro ..." A pesar de que los mas de los vecinos estaban guarecidos en sus casas, la voz se corrio por el poblado, llevada quien sabe como. Muchas familias rezaron por la suerte de los viajeros. Se lloro al pariente embarcado, al amigo que partia rumbo a Cadiz. Para todos se habia vuelto una figura familiar aquel navio atracado durante tres meses en el paisaje portuario, por el cual era raro que el vecindario no paseara cada dia. Su suerte se sentia, por eso, como propia. A las primeras luces, la ansiedad contenida por tantas horas pudo mas que la lluvia que no cedia y que el viento porfiado. Todo el vecindario se arriesgo a asomarse y a otear hacia el agua grisacea del amanecer. Se encontraron con un paisaje desgarrador y aterrante: el horizonte estaba desierto. Ni sombra ni rastros del hermoso velero. Una congoja indescriptible se apodero de todos. Se miraban como si no creyeran aquello. Asomaron lagrimas, se oyeron juramentos y lamentaciones. Los hombres de mar se pusieron a especular sobre el destino posible del "Nuestra Señora de la Luz". Dificil imaginar que se hubiera hundido alli mismo, donde estaba anclado. Cien razones manejaban los veteranos para deshechar esa primera hipotesis, la mas obvia. Entraron a jugar calculos sobre la direccion del viento (sudoeste), la intensidad con que habria soplado esa noche (90 a 100 k/h), el rumbo de las corrientes marinas en la zona. Y entonces los entendidos se inclinaron por la idea de que el barco hubiera sido arrancado de su posicion , y arrastrado hacia el Este de Montevideo. Talvez habia sido arrojado sobre la costa, y acaso en alguna playa no lejana los desgraciados sobrevivientes aguardaban la llegada de socorros desde la ciudad ... Entonces interviene el encargado de la nave siniestrada el sobrecargo y maestre don Pedro de Lea; uno de los que se quedo en tierra con idea de embarcarse en la segunda tanda, mar afuera. De Lea se presenta con urgencia ante el joven Gobernador de la Plaza, don Jose Joaquin de Viana y le ruega que se envien expedicionarios a recorrer las costas hacia el Este en busca de rastros del navio perdido y sus pasajeros. Viana, profundamente conmovido al igual que todo el vecindario, dispone la partida inmediata de un cabo y un soldado de infanteria para que exploraran nuestra costa, con orden de que lleguen hasta Maldonado mismo si es necesario. Parten los dos designados, Pedro Estevan y Francisco Campos, y la poblacion montevideana se sume en una espera acongojada y prolongada. Reina consternacion en la ciudad. Se celebran oficios y rogativas en nuestra unica, pequeña iglesia. Recien cuatro dias despues de enviados, el 7 de julio, regresan los dos expedicionarios. Declaran haber revisado la costa hasta la barra de Maldonado "sin haber adquirido ninguna noticia de dicho navio". Despues se sabra que su inspeccion no fue lo rigurosa que se habia esperado. Tanto no lo fue, que esa misma tarde del 7 de julio, a eso de las cinco y cuarto, se vio llegar apresuradamente al poblado al vecino de extramuros don Jose Mendez, quien pidio para entrevistar con urgencia al Gobernador Viana. Mendez poseia una pequeña estancia sobre la costa del Rio de la Plata, a varias leguas de Montevideo (se supone que entre el arroyo Carrasco y el arroyo Pando). Cuando comparece ante el Gobernador, le relata que se encontraba recogiendo ganado esa mañana, cuando debio llegarse hasta la costa, y alli encontro esparcidos sobre la arena, restos de madera y algunos cofres que bien podian pertenecer al navio desparecido. Enterado de la novedad, el propio Gobernador decidio trasladarse sin demora al lugar. Se hizo acompañar de su Secretario, Juan Gil, varios oficiales y 25 dragones. Por desgracia, los temores se confirmaron muy pronto. Llegado el gobernador con su gente, a 4 leguas de Montevideo, examinaron los restos diseminados en la playa y no hubo posibilidad de dudas: era "un pedazo del costado del navio" que pertenecia al "Nuestra Señora de la Luz". Asi en aquel 1752, a 25 años de fundada, San Felipe y Santiago conocia por primera vez todo el horror de una catastrofe maritima. En cambio no aparecian rastros de sobrevivientes. Esto abria un margen a la esperanza. Podia ocurrir que la tempestad los hubiera arrojado a algun punto mas alejado de la costa. El propio Viana decidio ampliar su busqueda y dejando una guardia en el lugar prosiguio la exploracion por la zona proxima al hallazgo. Le basto con alejarse dos leguas mas alla del arroyo Pando: dispersos sobre la arena desierta, nueve cuerpos se encontraban exanimes. No lejos de ellos, destrozada por las aguas, pero reconocible su estructura, la arboladura completa del barco naufragado. Esparcidos aqui y alla, distintos cofres, y un poco mas alejado, un bote que pertenecia al equipaje de la tripulacion. Frente a estos tragicos hallazgos, el Gobernador Viana dispuso el inmediato regreso a Montevideo de la partida exploradora. Se decidio sepultar alli mismo a los cadaveres, no bien fueran identificados. El vecindario de Montevideo recibio con la congoja comprensible las dolorosas noticias. Pronto se organizaron partidas de buscadores que saleron afanosos a buscar las playas a la espera de nuevos hallazgos. La autoridad no se desentendio de estas busquedas: aparte de los operativos de salvamento que podian necesitarse, habia cuantiosos intereses en juego. El encargado del barco, Pedro de Lea, pidio que se pusieran en custodia los bienes que aparecieran, en salvaguardia de los intereses de cargadores y aseguradores. El mar podia ir devolviendo parte del cuantioso cargamento que encerraba el navio en sus bodegas, y habia que precaverse para el caso de actos de pillaje, dificilmente evitables. Una de las medidas que adopto Viana fue enviar una embarcacion de salvamento a la Isla de Flores, al mando del patron Juan Conde. Segun los marinos mas experimentados, no podia desecharse la posibilidad de que los naufragos, embarcados en una de las lanchas que llevaba a bordo el "Nuestra Señora de la Luz", hubieran podido rumbearla hasta la isla, que no se encontraba lejos del lugar donde presumiblemente ocurrio el siniestro. Pero el 11 de julio, dos dias mas tarde, regreso la embarcacion "despues de haber registrado las dos Islas de Flores, las piedras que estan a sotavento de la Punta de las Carretas, llamadas "Las Pipas", y demas peñas y restingas continuas a dicha Punta de las Carretas, y no descubrio ni vio fragmento alguno de navios ni cosa que se le parezca ni alguna otra cosa particular de que dar noticia". Dos dias mas tarde, el 13, comienzan a arribar a Montevideo, en un silencioso y sobrecogedor cortejo, numerosos carros y bartulos hallados por los exploradores a lo largo de las playas en varias leguas hacia el Este. La escena es patetica. Hay familiares de naufragos, hay allegados a ellos, que revisan e identifican los efectos con la congoja que es de imaginar. Pero el misterio sigue impenetrable en cuanto al destino que puedan haber sufrido los 124 naufragos de los que nada se sabe todavia. A esta altura, no son demasiado razonables las esperanzas que puedan alentarse. Deben transcurrir, sin embargo, catorce dias mas de busqueda y ansiedad, para que el 27 de julio, alrededor de las 6 de la mañana, una partida exploradora encuentre en las playas del arroyo Solis Chico a 31 cuerpos arrojados por la corriente, que a no dudarlo pertenecen a pasajeros del navio naufragado. Y tres dias mas tarde, no lejos, apareceran 13 cadaveres mas. De este modo suman 53 los tecuerpos arrojados por el mar. Se ignora y se ignorara siempre, que fue de los 78 restantes, de los que nunca mas aparecieron rastros. Con el correr de los dias, ante la evidencia de lo infructuoso de nuevas busquedas, se abandonara el rastreo de nuestras costas. El vecindario de Montevideo, mal repuesto de su conmocion, ira devolviendole al caserio su ritmo acostumbrado. Pero no se borrara el sentimiento luctuoso y acongojado de aquella tragedia maritima con que Montevideo habia recibido, apenas a 26 años de fundada, su bautismo de horror. Se abria otro capitulo: el de la busqueda del cuantioso tesoro naufragado. Pero esta es historia aparte. "Boulevard Sarandi" de Milton Schinca. (Los dias de la fundacion y la colonia - 1726-1805) Anecdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
En los primeros años del siglo, Pocitos no era un barrio de Montevideo. Era un pueblo, un pequeño pueblo, separado de la ciudad, el pueblo de los Pocitos. Sus fundadores habian sido lavanderos italianos. Un Diccionario Geografico de la epoca lo explica asi: "Hace treinta y tantos años que alla, en los arrabales de las quintas de Montevideo, en un sitio desierto y abandonado, se trazo un plano de barrio que se denomino 'de los Pocitos', destinandolo para el servicio de las lavanderas que no encontraban sitio en los lavaderos de Acuña y Sauces, hoy ciudad, vendiendose los terrenos a vil precio". Las escrituras y actas notariales se encabezaban:"En el Pueblo de los Pocitos...". Los documentos del orden judicial, parroquial, municipal y administrativo, que se extendian en el lugar, tambien comenzaban :"En el Pueblo de los Pocitos el dia...". Era un pequeño pueblo, de veinte o treinta manzanas, aldea de buenas gentes, de costumbres simples, tranvia de caballo y faroles a querosene, cuando, muy niño aun, me hice su pueblerino, alla por 1904. El recuerdo de los diez primeros años de mi vida en el pueblito, se mantuvo muy vivo en mi. En el tiempo que vino despues, he temido que se desdibujara o se esfumara de mi memora. Finalmente, sacudiendo mi indolencia, he escrito estos recuerdos. Por lo menos en esos diez años que corren de 1904 a 1914, el pueblecito de lavanderas e italianos, mantuvo sus caracteristicas, antes de ser el balneario, la localidad balnearia, el barrio residencial, lo que finalmente es hoy. Enfocado el relato, hasta donde era posible, como un cuaderno de infancia, me propuse que no resultara un esbozo autobiografico protagonizado por el niño pequeño-burgues que crecio y se hizo hombre en "el pueblo". El proposito ha sido, al escribir estos recuerdos de infancia, que el pequeño pueblo resultara el verdadero protagonista del relato. Que lo haya conseguido es el problema. Por lo menos el problema principal. Respecto a este protagonista, me comprenden "las generales de la ley"; no puedo ser neutral a su respecto. Porque le tuve al pueblito, al pueblecito, de mi niñez, demasiada simpatia, demasiado cariño. Y esta carencia de objetividad tiene que aparecer, sin duda, en el recuerdo. Puede ser un defecto y puede tambien no serlo.
Mi padre llego una noche y anuncio: "Vengo de firmar el contrato. Ahora ya no hay manera de echarse atras. Nos mudamos a Los Pocitos, y muy pronto, el domingo. Ya esta comprometido Cancela y toda la pandilla de la Aduana. Asi que a aprontarse... " Llego el domingo, dia de la mudanza. Con mis siete años, que desbordaban de curiosidad, esperaba sentado en el escalon de la puerta de la calle, la llegada de los carros. Adios Salto No. 20, adios callejon del Molino! Me habia levantado muy temprano y yo mismo habia abierto la puerta de la calle. En el callejon lleno de pozos, no regia alli ni domingo ni feriado, empezaba el trabajo, con las carretillas que llegaban con bolsas grandes de trigo y salian con otras mas chicas y muy blancas, de harina. El callejon y el viejo molino quedaban frente mismo a mi casa. Era una callecita de solo una cuadra sin pavimentar, flanqueada a la derecha, a todo lo largo, por el edificio antiguo del molino. Un fuerte viento traia, como tantas veces, con la polvareda de los carros, un agradable olor a trigo molido, a harina fresca. Casi todos los hombres del molino eran españoles. Desde lejos los veiamos en el trabajo, eñarinados de la cabeza a los pies, blanqueando sus trajes de pana, traidos desde su tierra; las enormes bolsas al hombro. Aquellos trajes de pana iban a ser para mi, durante años, trajes de molinero. Como soñaba con tener un traje de pana! Cuando llegaron las dos carretillas sufri una desilusion, pues no eran como los grandes carros de mudanza, de cuatro ruedas, como los que veiamos parados en la Plaza de Artola. Eran solo carretillas muy grandes, mas altas y grandes que las del molino, tambien con sus tres mulas. Porque eran las carretillas de la Aduana, con los pandilleros del gallego Cancela, que trabajaba con mi padre a diario en el acarreo de cajones y fardos para el Registro, cuyos despachos de aduana el tramitaba. Por supuesto que nuestra mudanza no iba a ser hecha por "changadores" profesionales, sino por aquella gente amiga, en forma voluntaria, aprovechando el dia libre que el feriado les proporcionaba. Y alli estaban, ademas de Cancela, el capataz, buenazo pero siempre un poco gallego "doctor". Manuel Mariño que era un asiduo de mi casa; Martinez con sus grandes bigotes y Santiaguito y Roque, galleguitos jovenes que conducian las carretillas, rebenque siempre en alto, montados en la mula de la izquierda. Eran gente acostumbrada a mover, sin muchas suavidades, los pesados bultos que debian retirar de los lanchones y de los depositos de la vieja Aduana. Por eso era de prever que no resultara muy perfecta aquella mudanza, a pesar de la muy buena voluntad con que aquellos amigos compensaban su inexperiencia. Las dos grandes carretillas, paradas a la puerta, se iban llenando de muebles y variedad de cosas, esas cosas de que estan llenas todas las casas. Que grandes eran y que ruedas enormes tenian! Eran ruedas sin duda acostumbradas al agua portuaria, cuando en el embarcadero viejo, sin nada de gruas modernas, se hacia preciso acercarse a los lanchones para los trasbordos. Las carretillas tenian, como las del molino, altos resguardos laterales de firmes maderas, formando cuadriculado. Pero, llevaban un mulo de gran alzada en entrevaras, que aquellas no tenian. Y eran de andar mas rapido. "Volaban" con una velocidad que a los abuelos debia parecer diabolica, por el transito, aun sin flechas, de nuestra querida Montevideo. El cambio era tremendo. Despues de haber vivido siempre en la ciudad, en el viejo Cordon, la familia pequeño burguesa se instalaba en una casa antigua en plena playa, sobre la misma arena, que cuando habia viento entraba por las ventanas bajas y enrejadas. Y el cambio era "para vivir todo el año", lo que segun el criterio burgues de la epoca, significaba una aventura. - "Y se van a quedar tambien en el invierno?" preguntaban con cierto azoramiento personas amigas. Porque, al margen de los pobladores habituales, permanentes en "el Pueblo de los Pocitos", (veinte o veinticinco manzanas), era tan solo un lugar de veraneo para un corto numero de familias de la burguesia, que al terminar marzo y a lo mas en abril, regresaban apresuradamente a sus residencias de la ciudad. Habiamos alquilado, por muy poco dinero, la vieja casona de la esquina, de ocho grandes piezas, gran patio-jardin en el medio, amplia puerta-cochera por la otra calle, y mucho ruido del mar. Sabiamos, no sin zozobra, que en los dias de temporal las olas golpeaban en los muros exteriores, y casi nos cerraban la entrada por el lado de la playa siendo necesario en tales dias la entrada de la puerta-cochera. Era de las viejas casas del pueblito, un poco enterrada en los medanos, a pesar del letrero "Calle Francisco A. Vidal", que lucia en chapa azul, en lo alto de la pared, sobre la esquina. Pero, lo que nos enloquecia, gustandonos por supuesto, era aquel ruido "del mar", de dia y de noche. Un ruido para nosotros nuevo. Se nos metia tambien en la nariz, el olor a mar, a marisco, como decia la gente del lugar. Mis siete años veian en todo aquello, tan nuevo y distinto, una especie de aventura oceanica ...
Barriles y toneles. Febrero 1904 No me dolia nada. No sentia ningun malestar, pero no habia conseguido alcanzar el sueño en toda la noche. Vueltas y mas vueltas en la cama pero nada de sueño. Hacia rato que estaba aclarando. Cuando el sol entro por la banderola de la vieja ventana, no pude mas y me levante. Habia llovido por la noche y los verdes del macizo central de bambues, todavia con gotas relucientes, ya eran invadidos por el sol. En el otro extremo del corredor techado, frente a la "pieza de piedra", mi tio Camilo, con la bigotera puesta, preparaba su mate. Todos dormian. Se levantaba recien o recien llegaba de sus correrias nocturnas? Su fama de "calavera" que a mis ojos infantiles le daba un prestigio que aun no podia definir, habia llegado hasta mi a traves de bromas y conversaciones de los mayores. Desde nuestra instalacion en la casona de la playa, convivia con nosotros, pasando a ocupar la "pieza encantada" de la casa, la pieza de piedra. La llamabamos asi porque todo su frente, sobre el ancho corredor que recuadraba aquella especie de gran patio interior, estaba revestido de pequeñas piedras, muy blancas, de cuarzo segun decian. Era el hermano mayor de mi madre. Se rio cuando me vio salir, a medio vestir, de mi dormitorio. -Que madrugon, Sergio!- me dijo. Habiamos quedado en salir a las ocho, pero serian recien las seis. Era verdad, pero la noveleria sobre la pesca que ibamos a hacer en la Punta de Los Canarios casi no me habia dejado dormir. Me hice un lavado de gato y enseguida estuve pronto para salir, de alpargatas, para evitar los rebalones en las rocas, segun me habian recomendado. Tambien llevaba un sombrero de sol. Pero el tio Camilo estaba prendido a su mate y demoramos en salir. Por lo menos tres veces me le plante enfrente, empuñando con dificultad las tres cañas, muy largas, que se me enredaban en las hojas de los bambues. Camilo se reia pero seguia con su mate, sentado junto al banquito, donde tenia el calentador. Estaba ya bien alto el sol cuando bajamos a la playa. Un espectaculo extraño se presento ante nuestro ojos. Aqui y alla, a derecha y a izquierda, en distintos puntos de la playa, cantidad de barriles o toneles rodantes, que giraban sobre si mismos, mas grandes o mas chicos, tirados por un caballo o una mula y aun por un burro, llegaban hasta la orilla y desaguaban alli el agua servida de las piletas de lavar. Muchachones, hombres maduros o viejos, armaban un cigarro y charlaban en grupo, en tanto, despaciosamente, se iba produciendo el desague. Un agua blancuzca y jabonosa corria, por la arena mojada y enturbiaba la otra agua del rio, ese dia bien azul y clara. Terminada la operacion, apretaban con fuerza el tapon y repechaban, por la huella que cruzaba los pequeños medanos cubiertos de yuyos de flor amarillenta, buscando el empedrado de cuña de las calles. Habia barriles que eran "lujosos". Tenian dos aros de madera con llanta de metal y alguno, hasta llanta de goma, lo que le daba un andar casi perfecto. Estaba prohibido, por disposicion municipal, echar a las cunetas de las calles, el agua servida de las piletas. Por eso, el agua jabonosa se juntaba en los barriles que a primera hora, y tambien al caer la tarde, rodando, formaban pintoresca caravana hacia la playa. !Pueblo de los Pocitos!. Pozos manantiales, pocitos de agua brava, salobre, que llenaban en las casa de los buenos italianos las piletas del lavado de ropa de la burguesia montevideana! Casas con entrada de porton alto, para la jardinera del reparto mensual. !Que lejos quedo todo eso! 1904 De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garcia Moyano
Nuestra calle Francisco A. Vidal, era una calle a medias, porque dejaba de existir de a tramos, de acuerdo al avance de los medanos. Alguna vez, por la arena muerta, se aventuraba algun carro de panadero o alguna carretilla sin carga, queriendo cortar camino. Pero, a la altura de Garibaldi (la calle siguiente a Pereyra), resurgian otros cien metros de calle, en base a antiguas construcciones. Calle hasta con algunas veredas, y con el verdear de via intransitada, en el inevitable empedrado de cuña. Pero no fuimos por la calle Vidal. En la mañana clara y soleada caminabamos buscando la arena endurecida por el avance de las olas. Yo marchaba muy orgulloso, portador de las cañas y el Tio Camilo llevaba el morral con los aparejos. La playa se curvaba en un arco limpio, sin rocas, quebrado por el viejo Hotel de madera, se llamaba "Hotel de los Pocitos", que se adentraba en el mar por su terraza, gran muelle asentado en vigas de lapacho creosotado, contra las que poco y nada habian conseguido los temporales. Los ingleses hacian bien estas cosas. De un lado del hotel, como una horrible construccion lacustre, los baños de hombres, con sus puentecitos, escaleras, casillas y el clasico trampolin. Del otro lado, terraza por medio, los baños de mujeres, todo dispuesto con identico mal gusto. Mi tio Camilo sabia los nombres de todo. Conocia a mucha gente, porque, sin haber vivido antes en el pueblo, habia hecho mucho tiempo alli, la vida de playa y de pesca. Conocia los pescadores, era buenazo y chacoton. Con el nos entendiamos muy bien y se divertia adornando en algo las contestaciones a la serie inacabable de mis preguntas. Asi supe los nombres de todo lo que yo iba descubriendo en la playa. Habia en la costa una montonera de gente, pues los pescadores napolitanos estaban sacando la red. A pocos metros de la orilla tenian fondeada la embarcacion de pesca. Leia bien el nombre: "Mirandolina", en la proa, con letras blancas sobre el casco verde bien oscuro. Era una "buceta" de vela latina. Todo esto iba sabiendo. Como ya casi estaba en la arena "la bolsa" nos detuvimos. La bolsa de la red venia repleta a reventar, de pescadilla, que los napolitanos recogian en grandes canastas con destino para el mercado. Pero la venta se iniciaba alli mismo, armando collera por docena, a "dos reales la collera". Sin embargo mi tio admiraba casi despectivamente aquella riqueza del mar, porque ibamos en busca de pescado de calidad:brotolas, borriquetas y hasta algun mero, que se daban bien en las piedras del Canario (hoy Trouville). Siguiendo nuestra ruta, teniamos que cruzar por debajo de la terraza y el sector de la playa destinado a las mujeres. A la hora temprana de nuestra excursion, todavia no habia llegado la guarda policial, de bota y espuelas, que impedia despues de las ocho, que se cruzara por alli. Recostandonos al muro de piedra que protegia la construccion del hotel y esquivando las olas que avanzaban, casi corrimos los cien metros de largo que tenia el muro. Del sol pleno habiamos entrado a una sombra casi oscura, para salir de nuevo al sol y al esplendor de aquella mañana. De nuevo en la orilla, ya mas cercano a la punta de los Canarios, salvada la zona "peligrosa" (por el rigor policial) de casillas y baño de señoras, nos topamos en plena playa, nos cerraba casi el paso, una construccion grande y pretensiosa, de mala arquitectura. Mi tio me informo: "era el chalet de Ramasso", un politico de la epoca. Por su costado, buscando abrirse paso entre medanos, que verdeaban de gramineas, desembocaba un pequeño arroyo que se veia bajar desde la loma, de alla donde todavia era campo. (Era la zona de la que nacerian la avenida Brasil y Bvar.España). Pero a un par de cuadras mas adelante, habia que cruzar otra cañada, otro hilo de agua. Eran tres los "arroyos" que en la ensenada de la playa hacian su muy modico aporte al gran Rio de la Plata. Tras un cerco de tamarises, a una distancia a la que no podian llegar las mas altas crecientes, un gran ombu y a su vera un rancho. Antes que llegara mi pregunta mi tio ya lo habia anunciado: "El ombu de Pica y el rancho de Pica. Un gran pescador y un buen amigo." Y guiñandome un ojo, agrego: "Si no sacamos nada, a la vuelta Pica me dara un par de brotolas". 1904 De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garcia Moyano
Carbonero Piendibene - Mayo 1908
En Pocitos, ya en esta epoca, existia una figura deportiva que estaba por encima de todos los bandos, que superaba toda reserva. Los niños, los hombres, deportistas o no, del bando que fueran, las muchachas, amas de casa, la gente trabajadora o la burguesia veraneante, todos conocian a "Jose" y asi lo nombraban: Jose, Jose Piendibene. Muchacho netamente pocitero, mucho antes de ser "el maestro", ya empezaba a ser idolo. Para nosotros los chicos, mas que para los grandes, Piendibene era "Jose" a secas, algo asi como si fuera un torero de alguna perdida aldea andaluza. (Eran los años en que habia toros en La Union con grandes toreros como Fuentes y Bombita, de los que oiamos hablar a diario). El localismo era legitimo. Los chicos lo tuteabamos y lo señalabamos a nuestros padres al cruzarnos por la calle, o cuando, a traves de la vidriera, lo veiamos con sus hermanos en la "Hojalateria y Zingueria de Piendibene Hermanos", en la calle Chucarro. La admiracion era explicable. Un pocitero que se habia iniciado jugando en "El Intrepido" y en "El Pampero", cuadritos de pueblo, era ahora de los poquisimos que sin ser ferroviario, integraba el cuadro de primera division de "los carboneros". Esto solo era suficiente. Los idolos se crean asi. No fumabamos todavia, pero juntabamos vintenes para comprar un paquete de cigarrillos baratos, ya que en cada cajilla venia un pequeño retrato de un jugador de futbol, ansiando que nos tocara un retrato de "Jose" Piendibene, nuestro idolo. Y el proximo domingo jugaban en "La Estancia" Peñarol y Nacional. Ya en aquel entonces era el clasico. Peñarol era todavia el C.U.R.C.C. (Central Uruguay Railway Cricket Club) y "La Estancia" era la vieja cancha de la Estacion Peñarol, enorme y demasiado empastada, de medidas que excedian las reglamentarias. Alla estaria Piendibene, el gran jugador, en el cuadro del pueblo, el de "los carboneros", los obreros de los Talleres del Ferrocarril Central. Habia que correr la aventura para ver ese partido. Pero "La Estancia" quedaba tan lejos! Solo se podia ir en Ferrocarril, pues aun no habia tranvia ni omnibus hasta el pueblo ferroviario. Yo casi era un hombrecito de once años bien cumplidos, pero tenia que convencer a mi madre para que diera la necesaria autorizacion y "financiara" aquel viaje. Uno de los amigos preferidos, Capellini, hijo de obreros, nos tenia alborotados con la posibilidad de una ida en carro. Desde el jueves se sabia que Pedrito Lombardi, dueño de un carro grande, de los de mudanza, de cuatro ruedas y tres caballos que eran tres pingos, uno de ellos cadenero, se largaba hasta "La Estancia" pudiendo llevar hasta una veintena de gente pocitera. Y cobraba por todo el viaje tan solo dos reales! Pedrito y su carro, nuevo, bien pintado, era otra institucion en el pueblo. Claro esta que habria que ir bastante amontonados y de a pie, pero que importaba! Para mi era una formidable aventura, un viaje extraordinario. Las incomodidades no existian cuando se tenia once años y habia que ir a ver a jugar a "Jose". Mi madre estuvo vacilante, pero al final accedio. Iban varios de los muchachos amigos y Pedrito Lombardi era una garantia. La financiacion era muy simple: dos reales para pagar el carro, un real para la entrada y otro real que me permitiria comprar dos "exquisitos" pasteles al negro Navarro, dos "cangrejos" confeccionados de acuerdo a "la formula del Dr. Navarro" (el medico de mas fama en aquel entonces. Como se ve, con cuarenta centesimos se podia hacer todo aquello. El domingo fue tibio, de sol luminoso. Antes de las once, en la puerta de la casa de los Lombardi, en la calle Barreiro, el grupo viajero habia casi llenado la capacidad del carro. Bien pronto se arranco, hacia Buceo, para tomar luego al trotecito, el camino Propios hasta Peñarol. El viaje era una fiesta y una alegria general. Como jugo Peñarol y que bien jugo "Jose" aquella tarde! Apenas era noche y ya estabamos de vuelta en nuestro pueblo. 1908 De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garcia Moyano
(75) Villa Bambolla - Noviembre 1909 Una mañana, alla por noviembre, empezaron a pasar, Pereyra abajo hasta entrar en la playa, siguiendo por la orilla hasta cerca del Hotel, unos carritos como pequeños ranchos, techo en dos aguas, con ruedas bastante altas. Cada uno era tirado por dos mulas, en una de las cuales iba montado su conductor. Estaban pintados en blanco y celeste, a lo largo de las tablas verticales. No parecia un desfile de banderas nacionales. Pasaban en grupos de cuatro o cinco, repitiendo durante varios dias la pasada, de tal modo que en la arena, lejos del agua, queaban mas de doscientos en formacion. Al mismo tiempo estaban demoliendo toda la construccion en madera de las casillas de baño, que serian sustituidas por los "carritos". (Como en Deauville, en Biarritz o en Rio, decia el rengo Soria, que lo habia leido en no se que diario). Pero, lo que tambien se echaba abajo, quedando la playa limpia del armatoste, era la famosa "Villa Bambolla", una especie de enorme galpon en alto sobre vigas, plantado sobre la arena. Cubria a lo largo de un espacio no menor de cincuenta metros, entre las calles Garibaldi y Ramon Massini. Llegaba casi hasta la "terraza de los pobres", con horrible enrejillado de maderitas cruzadas, que tambien se demolia. "Villa Bambolla", quien le habria puesto aquel nombre de humor, era una verdadera institucion en el pueblo. En los temporales las olas pasaban libremente por debajo, donde por lo general se podia caminar, sin preocuparse por la cabeza. En verano las familias modestas buscaban su sombra para hacer, con niños y perros, su "acampamiento". Se llenaba de gente, especialmente a las horas del baño, de tal modo que el sitio, con su sombra, habia que disputarlo. Alli vivia gente. Tenia pocas ventanas. Se subia por escaleras primitivas. Pero tambien funcionaba un negocio de tambo o lecheria al que se llegaba por una solida rampa de madera, levadiza como el puente de entrada de los viejos castillos, pero tan fuerte y resistente que por ella ascendian muy tranquilamente, a ciertas horas, las vacas, que llevaban alli para ser ordeñadas. Y las elegantes de cintura de avispa y tremendos sombreros de plumas, hacian su escapada desde la terraza grande y bajaban, disimuladamente, por el "gallinero", para tomar en "Villa Bambolla" un vaso de leche recien ordeñada, con ensaimadas o plantillas. (Hoy, las cronistas quizas dijeran que eso era "in", vale decir, distinguido, poco vulgar). 1909 De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garcia Moyano
En frente a casa, sobre Pereyra, y tambien asediados por los medanos, vivian los Turatti, en amplio chalet de dos plantas. Los chicos, mas o menos de mi edad, eran tres, y otro, Angioletto, mucho menor. Era imposible que en la playa o en las lagunitas de las empalizadas no nos hubieramos hecho amigos, por mas que a veces quedaban encerrados. A ciertas horas, se oia desde la casa, la voz alta y destemplada de la señora que ordenaba a la gobernanta: "Maria, pasador a la puerta y Angioletto y los demas chicos adentro!". Era gente de posicion economica. Turatti, italiano de origen, tenia comercio de importacion. Tenian "gobernanta"!. Pero, ademas, los chicos mayores eran dueños de algo que despertaba francamente nuestra envidia infantil: un estupendo petizo overo, con montura inglesa, que los hacia dueños de la playa. Sobre la arena dura de la orilla, sobre la arena muerta cercana a los medanos, el petizo, que era manso pero voluntario, carrereaba a toda rienda. Pero nos teniamos que conformar con mirarlo, pues el petizo no se prestaba. Los muchachos Turatti tenian sin duda instrucciones del padre en ese sentido. Cuando caia la tarde o bien temprano por la mañana, cuando no habia gente "acampada" debajo de "Villa Bambolla" , Alfredo Turatti que era el mas audaz de los tres, ponia el petizo a "toda rienda" hasta el "gallinero" y pasaba a toda velocidad, apenas agachandose como los jockeys, por debajo de la gran casilla. Pero una noche hubo crecida del mar que trajo arena a la playa, aunque la marea volvio a bajar al dia siguiente. Al atardecer, Alfredo largo, como siempre, su flete a toda carrera, sin darse cuenta que el nivel de la arena no era el mismo. Se abrio muy seriamente la cabeza contra el filo de uno de los tirantes horizontales. Aquel doloroso episodio nos produjo a todos una gran impresion. Estuvo gravisimo. Felizmente se salvo, aunque le quedo en el craneo una hendidura que todos tocabamos. Pero no hubo mas petizo, pues el padre de los Turatti lo liquido. Y poco tiempo despues se demolia tambien la "Villa Bambolla". 1909 De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garcia Moyano
(5) (I) - MONTEVIDEO: SUS PLAYAS
Para las generaciones jovenes que hoy en pocos minutos van desde el centro de nuestra ciudad por la rambla hasta Carrasco, no pueden imaginar la formidable transformacion que nuestra costa sufrio durante los ultimos cuarenta y cinco años. La sucesion de playas que hoy son el deleite de gran parte de los montevideanos y turistas que nos visitan, estaban antes desconectadas y algunas de ellas eran de dificil acceso. A Carrasco se llegaba solamente por la Union, tomando despues el Camino Carrasco y al llegar a La Cruz, ir por el antiguo Camino Ferreira, hoy Avenida Bolivia hasta llegar a los Portones y penetrar por las avenidas Juan Maria Perez y Arocena, hasta llegar a la rambla que tenia apenas unas pocas cuadras. La grandiosidad de su playa, de fina arena blanca, era un espectaculo inolvidable. En cuanto a las residencias de aquella epoca, muchas de las cuales se conservan, eran contadas. Pero no es precisamente el Balneario Carrasco, cuyo renombre ha pasado nuestras fronteras a lo que quiero referirme hoy, sino mas bien a como se acerco a Montevideo al construirse la rambla que todos disfrutamos y admiramos hoy en dia. Nada mejor para comprender este contraste que evocar una de aquellas famosas caminatas que haciamos por la costa, por los años 1916 y 1917. En esa epoca el Ministro ingles acreditado ante nuestro gobierno era Mr. Alfredo Mitchell Innes, hombre soltero en esa epoca, de mediana edad, inteligente, dotado de un gran sentido del humor, caminador infatigable, y que le gustaba disfrutar de la compañia de muchachos jovenes. Varias veces formamos parte en estas excursiones que comenzaban con un almuerzo en su residencia de la Plaza Zabala. De alli en tranvia electrico ibamos hasta la Union, donde alquilaba un break para ir por la Calle Pan de Azucar, Camino Carrasco, y la hoy Avenida Bolivia, hasta dos cuadras mas hacia la playa de los Portones, donde hoy nace la Avenida General Paz. En el Camino Carrasco, despues de pasar lo poco que quedaba de la antigua Quinta de Basañez, casi todos eran campos, hornos de ladrillos y quintas de verduras. Pero habia una pequeña casa de dos piezas (una de ellas destinada a comercio) que tenia pintada con grandes letras el titulo de la misma: "Tienda La Millonaria". Esto era motivo para que Mr Mitchell Innes festejara con alguna broma el nomre de esta modesta tienda. A la altura de las hoy Avenida Bolivia y General Paz, despedia el coche, y ahi comenzaba nuestra caminata. Cruzando campos y arenales, llegabamos a lo que hoy es Playa Verde, y alli nos dabamos un magnifico baño, sin que hubiera mas testigos que algunas gaviotas, Despues de disfrutar del baño, y colgando nuestras ropas en los bastones que llevabamos al hombro, cruzabamos Punta Gorda, donde lo unico que habia era una casilla para la guardia y para depositar herramientas de los que trabajaban en las canteras. Pasabamos por la desierta Playa de los Ingleses, despues el viejo Molino a orillas del arroyo, que ya era un representante silencioso de un lejano pasado, y la playa de Malvin con sus grandes medanos, no tenia otra construccion que la casa del Dr Lussich, hoy convertida en un hotel, y unos cuantos ranchos y casillas dispersos por la playa, que pertenecian a pescadores y amantes de la soledad. Hay que pensar que en esa epoca, para ir a Malvin, el tranvia dejaba en el antiguo Camino de la Aldea, hoy Avenida Italia, a la altura de Veracierto, y desde alli hasta la costa practicamente todo eran unos magnificos medanos blancos. Al llegar a la Playa del Buceo, habia algunas casillas mas y algunas casas de veraneo (o ranchos como se les llamaba a estas en ese entonces) muy modestas, ya aqui por la calle Comercio tenian el tranvia muy proximo. Al costado del Cementerio del Buceo, y donde hoy esta Bulevar Propios, habia verdaderas montañas de los desperdicios de la ciudad, pues en esa epoca no existian los hornos incineradores. Estas gigantescas montañas de basura constituyen hoy el fundamento de la hermosa "bajadita" a la rambla ahi donde nace Bulevar Propios. Este paisaje no era agradable, pues segun fuera la direccion del viento venia el mal olor de los residuos, donde merodeaban una banda de "beachcombers" en busca de algun objeto de valor que pudieran negociar. Llegando al Puerto del Buceo, ya se encontraba una vida distinta, habia una calle de arena por donde hoy pasa la rambla que estaba bordeada de ranchos y casillas de pescadores. Infinidad de botes eran calafateados por sus patrones y en esa misma calle sobre grandes badejones de eucaliptus tendian las redes para secar y las zurcian para nuevas pescas. Aqui se veia ya gran animacion y era frecuente antes de llegar oir los coros de estos hombres de mar, que realizaban sus tareas acompañadas de canciones. En esta calle abundaban los arboles, especialmente los tamarises y tenian un encanto que solamente los que conocimos todo aquello podemos recordar. Hace poco conversando con el pintor Rufalo, sobre esta calle, el que es un gran admirador de nuestra naturaleza y la ha interpretado con tanta maestria en sus telas, me decia: "Esa calle fue un semillero de cuadros para mi". Al llegar al final de esa calle en la curva que hace la rambla. proximo al Yatch Club, nos aproximabamos al barrio de las lavanderas, y poco despues entrabamos en la pintoresca y hermosa Playa de los Pocitos, que en aquellos entonces tenia una gran cantidad de chalets con sus bien cuidados jardines que han ido desapareciendo en pocos años para bordear hoy la rambla una serie de casas de apartamientos, que le han robado a esta el tibio sol invernal. Tambien ha desaparecido el viejo Hotel sobre la playa, con su bella terraza tan concurrida en aquella epoca, y las casillas de baño de los hombres con su trampolin. Aqui terminaba nuestra excursion. De Pocitos pasando por Punta de los Canarios (hoy Trouville) hasta Punta de Las Pipas (hoy Punta Carretas) existia el tramo de la rambla, pero no estaba la parte que hoy la une con la Playa Ramirez, ni existia el magnifico campo de Golf, que por su proximidad a la ciudad y la belleza de su vista al mar, causa admiracion de los turistas que nos visitan. Evocaciones Montevideanas de Roberto J. G. Ellis
1-23) Cien años buscando el tesoro.
No se equivocaban los que, por aquellos dias de julio de 1752, comentaron que era un verdadero tesoro de valor incalculable el que se habia llevado al fondo del mar, en la costa uruguaya del Rio de la Plata, el navio "Nuestra Señora de la Luz". Se conserva el "estado de los caudales y frutos cargados sobre el navio la Luz", y vemos que transportaba 899.500 pesos fuertes y 171.500 doblones, a los que se suman marcos de plata labrada, onzas en tejos de oro, cajas de oro y plata. alhajas y abundante mercaderia, en especial lana, pieles, cueros, etcetera. Tambien se supo que llevaba algunos valores "sin registro", es decir contrabando, que ascendia a 200.000 pesos fuertes mas, y que iban escondidos en el pañol de polvora, por cuenta del capitan de navio y del padre capellan, segun parece y segun cuentan las cronicas de la epoca ... La suma total de estas riquezas, alcanza a una cifra que, traducida a los valores actuales, nos marea, como mareo sin duda alguna a las gentes de la epoca. Podemos fijarla, quedandonos con toda seguridad cortos (por el simple hecho de que hay algunas partidas sin contabilizar con precision) en 1.271.000 pesos en monedas de oro y plata; y eso sin contar los valores de la mercaderia transportada. Se habla unicamente de monedas en terminos de "cajones" y "cajas" sin especificar cantidad. Cuanto podria significar esa suma en terminos de hoy? Hubo quien saco el calculo, manejando diversas escalas y equivalencias entre monedas antiguas y actuales. No tendria sentido reproducir esos arduos calculos aqui. Los realizo con toda precision el autor de un exhaustivo y documentado libro sobre el naufragio del "Nuestra Señora de la Luz", don Pedro de las Sierras Pereira. Segun sus estimaciones muy pormenorizadas, aquella suma vendria a equivaler, traducida a dolares a 28.600.000. Si mis caros lectores: veintiocho millones seiscientos mil dolares contantes y sonantes en el equivalente pecuniario de hoy lo cual no es moco de pavo hoy ni lo era tampoco en aquellos entonces. En momento de escribirse este libro (1977), esa cifra habria que multiplicarla casi por cuatro mil, para saber a cuanto asciende en terminos de pesos uruguayos de hoy. No es de extrañar entonces, que apenas producido el naufragio, muchos ojos y muchas fantasias creativas convergieran hacia las bodegas del barco hundido no se sabia bien donde ... Como es natural, los primeros preocupados fueron los responsables del navio, en especial su "sobrecargo y maestre" don Pedro de Lea, velando por el interes y fortuna de sus cargadores y aseguradores. A sus instancias, la autoridad dispuso que se iniciara de inmediato la busqueda del casco hundido y las tareas de buceo. Algunos pocos valores fueron arrojados por el mar a las playas, y recuperados rapidamente. Pero el grueso del tesoro yacia en el fondo de las aguas de nuestro Rio de la Plata. El exito de las afanosas busquedas no demoro en llegar. Nueve semanas despues del siniestro, a una milla mar adentro y balizando la zona, dos marinos a bordo del barco "Jason" ubicaron el casco hundido. La noticia produjo enorme conmocion en la joven Montevideo, y sin demora alguna se iniciaron las tareas de buceo. "Sin demora" quiere decir al dia siguiente. Desde una playa - posteriormente famosa con su nombre proveniente de esta busqueda - no muy alejada de nuestra ciudad, partieron siete buzos acompañados por la autoridad correspondiente, representada, entre otros, por el propio Gobernador Viana. Se sabia que el casco se encontraba a tres brazas bajo el agua, es decir 6 varas, es decir unos 5 metros. Pasan tan solo dos dias, y otra vez Montevideo se vuelve a estremecer. Los buzos habian logrado ubicar el tesoro dentro de las bodegas hundidas. Comienzan entonces, de modo sistematico, las tareas de rescate. A los buzos se les fijo, despues de algunos regateos, un honorario del tres por ciento de lo que encontrasen, suma realmente abultada tanto para la epoca como para el dia de hoy. Los responsables de la nave demonstraban al ofrecer tan alto incitamento estar ansiosos de que el tesoro fuera rescatado lo mas pronto posible, antes de que se corriera a otros paises la voz de la fortuna que alli se encontraba sepultada. Pero hubo que prever algun otro gasto extra para retribuirlos, pues parece que aquellos buzos sufrian mucho del tipo de sed que no se sacia con agua fresca ... (seria el agua salada?). Eran muy aficionados al alcohol y lo requerian para trabajar: "beben aguardiente como agua, y sin aguardiente no quieren trabajar" dice la cronica de la epoca. Habia que reservarles cuatro o seis pipas "de aguardiante de caña que llaman cachaza, que ha de ser mas barato y adaptable al gusto de esta gente, como tambien una pipa de vino tinto para cuando zambullen". Los buzos partian siempre en pequeñas embarcaciones desde la misma playa, navegaban las cuatro millas hasta donde estaba el casco hundido, y alli operaban. Pero aquellos primeros dias no siempre fueron favorables. Abundaron los de mal tiempo, y mas de una vez las embarcaciones volvieron a su playa de origen sin haber podido iniciar siquiera alguna busqueda. No obstante, los trabajos avanzaron con exito. Despues de un mes de sumergirse, los buzos habian recuperado mas de medio millon de pesos. Entre enero y febrero de 1753, lo extraido comenzo a disminuir, pero de todas maneras se rescato en conjunto una cantidad superior al millon de pesos. Es decir casi todo el tesoro perdido en el naufragio, lo que trajo gran alivio a los responsables de la nave, que al menos cubrian lo sustancial de sus perdidas. Cubiertos ya los riesgos de los cargadores de barcos, estos se desinteresaron de nuevas busquedas. Bajo el agua quedaba no obstante una parte del tesoro; minima es cierto, pero de cuantia mas que suficiente como para tentar a muchos. Y aqui se abre un nuevo y ajetreado capitulo de estas busquedas, las que estuvieron a cargo de particulares y abarcaron varias decadas. Los primeros intentos fueron realizados por los buzos que habian intervenido en las operaciones primeras, y que ahora solicitaron autorizacion para buscar por cuenta propia. La autoridad accedio, pero a condicion de que un porcentaje de lo rescatado fuera a parar a las Arcas Reales. El reparto entre los buzos y la Tesoreria (diriamos) de Montevideo debia efectuarse sobre la base de un equitativo "mitad y mitad", como se cumplio. La figura protagonica de estas busquedas fue el buzo Jose Galban, el primero en iniciarlas y el que mas persistio en ellas a lo largo de un largo periodo de años. Se lo vera envejecer sin desistir nunca de sus intentos, casi siempre exitosos. Puede decirse que desde 1752 vivio del tesoro y para el tesoro. Y hasta le trasmitio su pasion a un hijo suyo que, crecido, lo acompaño en sus tentativas, y cuando Galban padre se vio imposibilitado por los años, el hijo prosiguio solo los buceos. Tal fue la dedicacion de los Galban a la tarea de rescate, que se conserva el testimonio de un pleito de la epoca, donde se le reprocha a Francisco Galban, el hijo, "que en toda la vida no se le ha conocido otro mueble que su red de pescar y otros tristes cordeles con que, de cuando en cuando, ha bajado al buceo de los expolios del navio de la Luz, naufragado en aquel paraje y en cuyo ejercicio ha vivido tambien su padre". Pero no se crea que fueron solo los Galban que se dedicaron a la busqueda. Algun tiempo despues aparecieron otros dos buzos, pidiendo permiso para explorar por su lado: Antonio Nuñez y Jose Perez. La autoridad se lo permitio a condicion de que no se estorbaran con Galban. Cada grupo debia delimitar su zona de buceo y no salirse de ella. Y asi se hizo. Esto ocurria ya trascurridos ocho años del naufragio. Y ambos grupos lograron rescatar 3 mil pesos mas, cantidad mas que remunerativa para aquellos tiempos. Pasa medio año mas, y el incansable Galban aparece solicitando autorizacion para un nuevo intento, que abarca los meses de verano de 1761 a 62 y que le permiten extraer casi mil pesos mas. Como demostracion de la inquebrantable tenacidad de Galban, se lo ve 19 años despues del naufragio, cuando anda ya rozando los 66 años de edad, realizando un buceo veraniego que le reporta 440 pesos en toda la temporada. Y al año siguiente, en busqueda con su hijo, extrae 33 pesos mas. En 1773 surge otro aspirante: un buzo de apellido Hinori, tambien participante de los primeros buceos, pero que habia permanecido al margen por causa de una enfermedad. Realiza diversas tentativas pero solo rescata unos pocos pesos y tiene que desistir. Y todavia 10 años mas tarde, 32 años despues del naufragio, otros buzos intentan una exploracion, pero sin exito alguno. Desde ese momento, y visto que ya es poco o nada lo que se encuentra, la autoridad se desentiende del asunto y no se conserva por tanto ninguna documentacion mas. Se entra en el periodo de las busquedas oficiosas, de las que no se guardan noticias pero que se sabe que fueron muchas y repetidas. Todavia en el siglo pasado el tesoro del "Nuestra Señora de la Luz" seguia fascinando e ilusionando a muchas imaginaciones y llego a constituirse una compañia con la finalidad expresa de bucear en la region, donde posteriormente habian ocurrido otros naufragios, tambien tentadores, entre 1771 y 1784. La entidad se llamo "Sociedad Puerto del Buceo" y estuvo instalada en el lugar donde hoy se encuentra la hermosa Aduana de Oribe. Se realizaron diversos intentos con pequeñas embarcaciones, pero todos resultaron infructuosos. Esta historia de naufragios y buceos produjo tambien alguna leyenda, acogida por pescadores y navegantes del lugar. Se cuenta que hace cosa de un siglo, aparecio en aquella playa un negro desconocido dispuesto a realizar buceos. Se sumergia con una bolsa de cuero atada alrededor del cuello. Mas de una vez volvio a la superficie con una moneda de oro guardada en el saco, hasta que un dia encontrose al moreno misterioso en la costa, asesinado de una puñalada. Aquella playa, con el tiempo, fue bautizada popularmente. Por ser el punto obligado de partida de todas las embarcaciones que salieron a explorar en las profundidades del primer navio naufragado, se la llamo bellamente "Buceo de la Luz". Con el tiempo ese hermoso nombre se abrevio hasta quedar reducido al que hoy conocemos. Nadie puede negar que es una playa realmente repleta de historia ...
La Fonda Marcelino (Montevideo 1930) Las fondas en el Montevideo actual van desapareciendo. Se podria decir que hoy por hoy estan casi extinguidas. Formaron un collar pintoresquista en El Puerto, se bifurcaron por La Aguada, tiraron para el lado del Reducto y las cercanias de la Estacion Agraciada, tomaron auge en el Paso Molino, (uno de los barrios mas autenticos y netamente "montevideanos" de nuestra ciudad), en la cuadra de Agraciada y Carlos Maria Ramirez, y saltearon La Union con los nombres mas diversos. Pero siempre "la flor" signo su primer nombre como un fetiche de "morriña" y "saudade". Casi todos eran: "La Flor de Pontevedra", "La Flor de Vigo", "La Flor de Orense", "La Flor de Coruña". Y tambien proliferaron las otras "flores": Cataluña, Andalucia, Palma de Mallorca. Tambien hubieron las italicas: "La Genovesa", "La Firenze", "La Pasta Frola". Pero en general puntearon de bastoneras las flores galaicas. Claro que la fonda fue siempre una institucion adocenada. Sin imaginacion ni inventiva alguna. Algo asi como la mujer burguesa, tipicamente aburrida y repetitiva, que no tiene ni nocion de que lo es, con "berretines" de tener "mundo" y que cree ser innovativa e interesante: un dia por semana "de recibo", otro para la modista, otro para el rummy canasta ... Las fondas, por mas "flores" que fueran, siempre el mismo ritornelo: jueves, domingos y fiesta patria, "rabioles con niños envueltos" o "tallarines con estofado mechado". El resto de la semana: sopa, albondigas, guiso y puchero. "Una de cuando en vez, como dijera Perogrullo, pescado a la bilbaina o arroz con menudos, porque el pollo o la gallina se la comian los dueños de la pomada". Pero las fondas tenian algo de bueno que ahora no se ve: la taza de caldo no se cobraba. Porque si las fondas de antes revivieran, las iba a jopear de entrada el Fondo Monetario Internacional, que trataria de embotellar el caldo y llevarlo a las "Uropas", para servirlo como un consome de lujo en los mejores hoteles, para deleite de botudos y galerudos. Pero La Fonda de Marcelino en La Union, frente a la Plaza de Deportes, fue una de las mas pintorescas de Montevideo en los ultimos treinta años. Era una especie de fonda-posada-hosteria-motel, que contribuyo en gran forma a la proliferacion de las mas diversas especies de moscas y mosquitos que azotaron a la historica villa. Era una de esas casonas coloniales que sirvieron de asiento a pudientes señores de la epoca. Un salon grande, varias piezas y un sinnumero de altillos-miradores, especies de pesebres aereos. Una vasta cochera, y un pedazo grande de terreno "tierra adentro como quien va para el norte", formaban el perimetro de una fonda que daba de comer, posada para dormir, lugar de descanso y bebedero de caballos y un billar de casin para terapeutica sedante de las grandes digestiones. En todos los lugares donde se come, el silencio reina por doquier, solo interrumpido este por bajos coloquios y el metalico choque de los cubiertos. Los mozos se acercan a la cocina y alli piden discretamente los platos solicitados. Pero en las fondas nuestras, entre el olor a pescado frito, los gritos destemplados de los mozos, las discusiones sobre el pacto de Tacna y Arica, los partidarios de Lorenzo Fernandez y de Samitier y de Zamora, aquello era como un mercado arabe, un toma y daca, un revoltijo de saldos gastronomico-politicos de verborragia acustica. Pero en La Fonda de Marcelino, el almuerzo o la cena tomaban caracteres goyescos, una astracanada de Muñoz Seca, un sainete de Vacarezza en la planchada de un barco que va a partir, y todo el mundo se le olvida a ultimo momento lo que tiene que decir y dicen gritando lo que tendrian que callar. Por ejemplo, los sabados de noche y tambien los jueves y los dias de fiesta, la fonda de Marcelino tenia cantores o ventrilocuos, entonces se daba el caso que mientras el cantor alzaba la voz en aquello: - "Ella tenia sus trenzas con reflejo de luna ... ". - el mozo gritaba: - "Sopa caldosa pra uno, dush fritush, dush jisos con bastante pirijil y ago ... ". El cantor volvia con renovados brios: - "Ella se mato una noche ... en que el lucero brillaba ... ay, de su pena tan honda, que pena la suya", en ese momento el mozo gritaba: - " Marche una cushtilla vuelta y vuelta pra uno, fuente de ensalada pra tres, dush albondigas con bastante gujo ... ". Mientras entraban los carros que venian de Pando y el lenguetazo de los caballos se escuchaba en el bebedero, las moscas revoloteaban campeando por sus fueros, Marcelino aparecia por atras del mostrador, tomandole el pulso a los platos, como un domador de aquel circo fondero, especie de capitan de fondas, "la flor de ... ".
Estampas Montevideanas de Luis Alberto Varela.
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