ISSN 1688-1958Principal Arriba

CRONICAS DE NUESTRO MONTEVIDEO ANTIGUO

Selección a cargo de "Canugi Yorugua"

canugi@hotmail.com

De Cronicas Montevideanas de Sanson Carrasco:

(19) El Capitán Viruta

(42) La Basura

(48) Misericordia Campana

(54) El Patio de El Nacional

(59) Los Carnavales (Parte 1 y 2)

(68) El corneta Sayago (Parte 1 y 2)

 

De Pueblo de los Pocitos:

(11) La mudanza

(15) Barriles y toneles

(17) Excursion pesquera

(73a) Carbonero Piendibene

(75) Villa Bambolla

(76) Los Turatti

 

De Evocaciones Montevideanas:

(5) Sus playas (*)

(21) El tranvia No. 35

(56) Pedro Campbell - Comandante Artiguista

 

De Estampas Montevideanas:

(70) Fondas Montevideanas - Fonda Pontevedra (Montevideo 1930)

(73) El filosofo "Puchito"

 

De Boulevard Sarandi

(1-7) Los chiquilines que fundaron Montevideo

(1-10) Cuatro motivos para acordarse de un hombre sin ningun relieve.

(1-12) Los primeros (y veloces) casamientos montevideanos.

(1-13a) Quien quiere pagar impuestos ?

(1-13) A reyes muertos, reyes puestos.

(1-18) El castigo ejemplarizante para el Negro Juan

(1-18a) El primer naufragio montevideano

(1-23) Cien años buscando el tesoro.

(1-28) Un abultado testamento en San Felipe y Santiago.

(1-29) Medicos con remedio incluido.

(1-30) Nuestra primera botica en Montevideo.

(1-32) Riñas a proposito de toros y comedias.

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(19) El Capitán Viruta

 

Tan popular como Bayoneta Calada en Buenos Aires, era en Montevideo el Capitán Viruta, uno de esos dementes inofensivos a quien todos conocen, y que hacen de sus extravagancias el oficio que les permite vivir, recibiendo de unos y otros propinas que les ponen a cubierto de la miseria.

Su nombre era desconocido, tanto como su nombre de pila, y como el motivo del apodo por el cual se lo llamaba; nacido el personaje y el sobrenombre de ese vivero popular de que surgen todas estas entidades estrafalarias que se incorporan a la sociedad como parásitos, para vivir de ella, sin hacérsele gravosas, compensando las dádivas que reciben con la especialidad de sus monomanías que divierten por un rato a los que las costean.

El Capitán Viruta se hizo conocer desde muchacho por la neurosis hípica.

Se creía caballo, especialmente caballo de tramway, y como tal recorría al trote distancias enormes, bañado en sudor, jadeante, resollando por las narices, los codos hundidos en los vacíos; nociones de resistencia que había adquirido en su larga práctica de correr, y que son las mismas que la ciencia aconseja para evitar la sofocación de la carrera.

Hubiera podido competir con los andarines más famosos, como Bargossi y otros, pues recorría cada día leguas y leguas, haciendo doble y triple trayecto que cada muda de caballos, siguiendo los rieles de un extremo a otro de la vía, sin descansar, impacientándose y encabritándose como un corcel brioso cada vez que el tramway se detenía para tomar un pasajero, marcando el trote sin avanzar como si estuviera sujeto por el freno, hasta que oía el campanillazo que sirve de aviso para continuar el viaje, y entonces arrancaba a la par de los caballos, sin perderlos nunca de vista, mirándolos de reojo para copiar todos sus movimientos, y redoblando la carrera cada vez que sentía el chasquido de la fusta del cochero, como si a él fuese dirigido el latigazo.

Tomaba por temporadas diferentes vías de tramway. Durante algún tiempo "fué caballo" de la Empresa del Este, corriendo todo el día desde la Aduana hasta la Estación del Cordón, sin distraerse de su tarea hípica sino para recoger, sin pararse, las piedras sueltas que encontraba en su camino, para dispararlas contra los pilluelos que salían al paso gritándole: "!Capitán Viruta!".

El apodo era su flanco vulnerable como lo es generalmente para los que no tienen otro nombre.

El pobre loco, de suyo tan manso y tolerante, se enfurecía cada vez que se oía llamar por su apodo, y mas de una pedrada certeramente dirigida ha ido a sellar los labios de los muchachos traviesos que lo perseguían gritándole, sin que esas escaramuzas callejeras lo apartasen de su ruta, trotando al compás de los cascabeles de los caballos, sin desmayar ni en las horas mas sofocantes del verano, bañado en sudor de la cabeza a los pies, humeando por las narices chatas y abiertas, como un pingo de raza, y marcando el paso con cierto garbo de potro andaluz, la barba al pecho como recogido por las riendas, y las mechas del cabello flameantes como crines.

Para comer sus mendrugos, se metía en los pesebres de las caballerizas del tramway, bebía en los abrevaderos de los caballos metiéndo la boca dentro del agua, y dormía cubierto con una manta para remedar en todo a los brutos con quienes aspiraba a igualarse.Imitaba a la perfección el toque de las cornetas con que los cocheros anuncian la llegada a cada boca-calle, reproducía el ruido de la manivela con que se aprietan los frenos que sujetan las ruedas del tramway, y se estimulaba a si mismo en la carrera con los mismos gritos con que los cocheros azuzaban a las bestias: "!yup! !yup! !Keik! !pingoooo!".

Desde tres o cuatro años atrás, el Capitán Viruta se había hecho un entusiasta admirador de las corridas de toros, y sus relaciones favoritas eran las de los toreros, con quienes se decía estrechamente emparentado. Un año fué hermano del espada Felipe García, al siguiente lo fué de Lagartija, después se emparentó con Cuatro Dedos, y así, año tras año, mudaba de familia, vinculándose a la del primer espada de la cuadrilla que toreaba en la Plaza de la Unión.

En las fiestas de las romerías españolas, se presentaba Viruta vestido de corto, muy embraguetado y ceñido, contoneándose con el aire mas jacarandoso de chulo, y haciéndose "er zafao", pero con tan poca gracia, que la chaquetilla le lloraba en el cuerpo, y las agudezas que intentaba le resultaban unas pamplinas rematadas. Y si a lo mejor de sus contoneos andaluces acertaba a pasar un tramway, entonces !adiós tierra de María Santísima! olvidaba sus posturas de jaque, empezaba a testerear, a encabritarse, a resoplar fuerte abriendo las narices, hundía los codos en los vacíos, marcaba el trote haciéndo pinturas y corvetas, y arrancaba a la par de los caballos, en medio del vocerío con que los alegres romeros saludaban la aparición de aquel ser estrafalario, torero en el vestir, y en el andar caballo, una especie de centauro grotesco, mitad hombre y mitad bestia, bueno como un cuitado que era, y manso como los rocines cuyas faenas compartía.

Y este desgraciado acaba de morir violentamente, cazado a tiros como una fiera, sin mas delito que su propio cretinismo que no le permitía conocer la rigidez de las ordenanzas militares, exageradas por la constante alarma en que vive el militarismo santista, siempre temeroso de un golpe de mano, como quien no tiene la conciencia tranquila.

Llegaba el desventurado Viruta tranquilamente al cuartel de Artillería, donde según parece se alojaba, y al !alto! con que el centinela lo recibió, siguió avanzando sin contestar, con la serenidad de quien llega a su casa. Apareció la ronda de reserva, volvió a interpelar al "terrible asaltante" que se presentaba, solo, a tomar el cuartel en las primeras horas de la noche, y como no contestase, no se tomaron el trabajo de averiguar quien fuese, sino que sin más ni más, a boca de jarro le apuntaron; sonó un tiro, rodó por tierra un hombre, y se extinguió la vida de aquel ser inofensivo que todos conocían con el apodo de Capitán Viruta, y a quien todos querían por su bondad y la buena voluntad con que desempeñaba los servicios que se le pedían.

El nombre del Capitán Viruta está vinculado a una de las bromas pesadas con que el Dictador Latorre acostumbraba burlar a los que se le allegaban. Era por entonces el Consejero López Netto, Ministro del Brasil acreditado ante el gobierno Oriental, y aparte de las relaciones oficiales, cultivaba el Consejero estrechas amistades con el Dictador. A título de éstas, confióle un día Lopez Netto a Latorre la noticia de que allá por la frontera riograndense se tramaban planes para derrocarlo, y el Dictador, que de nadie se confiaba, ni tenía pereza para velar por su seguridad, dando crédito a la noticia, montó a caballo, y de una sentada se recorrió las cien leguas que separan a la capital de la frontera por el lado de Yaguarón. Fué, indagó, tomó lenguas de lo que por allí ocurría, y convencido de que era falsa la noticia que lo había puesto en alarma, regresó tan sigilosamente como había partido, cuando recién los buenos vecinos de Montevideo empezaban a sospechar de su ausencia.

De los primeros en verlo fué Lopez Netto, y preguntandole lo que hubiese averiguado, le contestó Latorre:

- Ya no tengo cuidado, porque he tomado mis precauciones a fin de desbaratar los planes de los revolucionarios. He situado en los dos pasos estratégicos las fuerzas necesarias para dispersar en el acto cualquier intentona que quieran llevar a cabo.

- ? Y son de confianza los jefes a quienes V. E. ha confiado el mando de esas fuerzas ? - preguntó con interés López Netto.

- Ya lo creo - le contestó Latorre -. He puesto alli al Coronel Monga y al Capitán Viruta que son de mi entera confianza, jefes guapos y prestigiosos cuyo sólo nombre bastara para asustar a los revoltosos.

López Netto no objetó nada pero le quedó dentro cierta desconfianza que le despertaron aquellos nombres tan grotescos de Mongo y Viruta, a quienes nunca había oído sonar; y curioso como era por conocer todas las intimidades de aquella situación que él estudiaba con su sagacidad característica avivada por el trato que había tenido con Melgarejo y Daza en Bolivia, fué inmediatamente a casa de un distinguido personaje brasilero que por largos años residió en Montevideo, donde murió no hace mucho, y le preguntó:

- ? Usted conoce a un Coronel Monga ya a un Capitán Viruta de quienes acaba de hablarme Latorre con mucho elogio ?

- Nunca los he oído nombrar, a pesar del largo tiempo que hace que resido aquí, pero como en este país, y especialmente en esta situación, surgen de improviso entidades salidas sabe Dios de dónde, no me extraña que haya un Coronel Monga ya un Capitán Viruta, como hay un Comandante Santos que ayer nadie conocía y que hoy es una eminencia como Jefe del 5o. Batallón. Pero aquí viene mi hijo que conoce a todo el mundo, y que nos dirá quienes son esos personajes.

Y al hijo, que en ese momento entraba en la sala en que se encontaban los interlocutores, preguntó el personaje brasilero:

- ? Has oído hablar de un Coronel Monga y de un Capitán Viruta que andan por la frontera ?

El hijo contestó con una carcajada, pero al ver la sorpresa que manifestaba su padre, y especialmente la que retrataba el rostro deslavado de López Netto, se repuso, y les explicó que eran dos nombres de burla: el de Monga que servía de consonante a una zafaduría con que se contestaba a quién preguntaba ? quien es Monga ? y el de Viruta, el de un pobre loco que andaba por las calles siguiendo a los tramways. Así se vengó Latorre del chasco que le había dado López Netto, haciéndolo galopar cien leguas para descubrir una conspiración que no existía.

Perdóneseme la reminiscencia del cuento traído a propósito de la muerte del Capitán Viruta, aquel pobre jaqui-jaco, por lo que tenía de chulo y de caballo, tan inútil como hombre que como bestia, pues ni pensaba ni tiraba; pero bueno, manso, inofensivo dentro de su locura hípica, de la que solo despertaba para arremeter a los pilluelos que le salían al encuentro gritándole: !CapitánViruta! !CapitánViruta! cuando iba en lo mejor de sus escarceos y corvetas, trotando lleno de placer al paso de las bestias, como ellas sudoroso, y como ellas empeñoso en recorrer el monótono trayecto trazado por sus rieles, haciendo flamear las mechas de sus enmarañados cabellos, como los caballos hacían flotar al viento sus crines lacias.

!Quién te había de decir, pobre Capitán Viruta, que tú, tan manso, tan pacífico, habías de ser también una de las víctimas del militarismo santista!

 La Razón, Año VIII - Núm. 1992 sábado 27 de junio de 1885

De "Crónicas Montevideanas de un siglo atrás" por Sansón Carrasco.

  

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La Basura

No hay un grito mas destemplado ni mas inoportuno que el del basurero.

Deja este el carro en el extremo de la cuadra, recorre enseguida ambas aceras, golpeando con fuerza en los llamadores, y colocandose la mano en la boca, grita en cada puerta:

-!Sura!

Estos son los mas civilizados. Los otros dan un grito cavernoso, ininteligible, algo asi como un rugido que penetra por el zaguan, retumba en los patios y va a morir alla en la cocina, en uno de cuyos rincones yace por lo general el cajon de la basura, parecido al feretro de los hospitales, que sirve para transportar a los muertos de hoy y vuelve enseguida para llevar los de mañana. Las casas acomodadas tienen generalmente un cajon reforzado, presentable, hasta decente si se quiere, si es que cabe decencia en un receptaculo de basuras; pero los cacharros mas en boga para ese uso son las latas de querosene, los tachos desvencijados, que se ven todas las mañanas en el borde de las aceras, listos para recibir la visita del basurero, atestados de toda clase de desperdicios: trapos, papeles, legumbres, huesos y todas las inmundicias que la prolija escoba se entretiene en recoger durante el dia, desde la sala al ultimo rincon de la casa.

En el cajon de la basura puede estudiarse la vida intima de cada familia: lo que come, lo que gasta, lo que despilfarra, lo que ahorra, lo que trabaja y lo que viste. Es como el indice de la vida interior, el sumario de lo que ayer se hizo, el libro diario de la casa. Si los basureros fuesen observadores, acabarian por conocer a fondo a todos los habitantes de la ciudad, interiorizandose en sus usos, en sus vicios o en sus virtudes, con solo prestar un poco de atencion a lo que sale de cada cajon de basuras al vaciarlo en sus carros.

Hasta las diez de la mañana se ven por las calles, alineados en el cordon de las aceras, los cajones de basura, humeando los vapores de la fermentacion, que se elabora dentro de sus vientres inmundos.

Los primeros que registran las basuras son los perros callejeros, esos pobres perros que no tienen amo, perros anonimos, comprendidos bajo la denominacion generica de pichichos, chupados de verijas, con el cuero sobre las costillas, las patas flojas, la cola embarrada, que van de un cajon a otro en busca de gangas, mirando recelosos a todos los que pasan, como temiendo que cada uno sea el dueño de lo que ellos van a tomar, soportando con resignacion los reconocimientos de los mastines de casa rica y hasta huyendo ante los ladridos de los falderillos: !tan cierto es que la miseria acobarda aun a los mas fuertes!

El perro callejero conoce al basurero y le teme. Por eso va siempre delante de el a una distancia prudente, para huir a tiempo antes que le alcance el zurriagazo que a cada instante le amenaza, cuando no temeroso del perro del basurero, que va debajo del carro, como custodiando la mercancia de su patron.

Sin saber a que atribuirlo, he notado que la mayor parte de los basureros son cojos, derrengados, chuecos, y si no lo son, lo parecen. Ellos tienen su sastreria en su carro; sus trajes son siempre abigarrados, remendados con retazos desiguales en calidad y en color; en la cabeza sombreros contrahechos, sin alas unos, y con la copa espanzurrada otros; en los pies el desparejo calzado, una bota en el izquierdo y un zapato en el derecho, uno de charol y otro de becerro, prendas todas encontradas al vaciar el cajon. Cuando logra dar con un par completo, lo cuelga en la trasera del carro, y los sombreros que halla los ensarta en las estacas.

El basurero va siempre provisto de una lata y una bolsa. En esta echa todas las hojas de coles, de repollos, de lechugas y coliflores, los pedazos de pan y los manojos de paja que encuentra entre las basuras, destinado todo al alimento de sus mulas, esas mulas heticas, descoloridas, clasicas, de los carros de basurero, que se paran cada diez varas para dar tiempo a que el amo vacie los cajones, entreteniendo sus ocios en recoger con la jeta estirada las hebras de paja dispersas en el empedrado, hasta que el basurero, habiendo cargado todo lo que quedaba atras, las hace andar de nuevo con un "!arre china!" acompañado de un planchazo en la escualida anca dado con la pala que le sirve para recoger los restos que caen a la calle.

La lata le sirve al basurero para acarrear la basura de adentro de algunas casas que, por no tener servicio o por rubor de exhibir sus desperdicios, pagan una propina para que los saquen. Y asi, de cuadra en cuadra, se va llenando el carro, hasta quedar atestado.

El basurero trepa entonces sobre aquel hacinamiento de inmundicias, las aplasta con los pies, las comprime, hasta que reduce su volumen, para seguir echando un cajon tras otro, sin apartar nada mas que los escobas y plumeros viejos, que entierra por el mango entre los despojos de sus propias victimas.

Cuando ya no cabe mas, el basurero lleva el carro hasta la estacion de tranvia a los Pocitos, y alli descarga el contenido en unas grandes zorras, que mas tarde transportan aquella mercancia putrefacta al gran deposito situado alla, en las afueras, a orillas del mar, a espaldas del Cementerio del Buceo.

?Que se hace del contenido de los setenta carros de basura que diariamente salen de Montevideo? Confieso que nunca se me habia ocurrido averiguarlo, pero, curioso como soy por instinto, se me ocurrio ayer saber que se hace de lo que la ciudad desperdicia, y sin darme largas para salir de la curiosidad, ayer mismo tome el tranvia, y me fui al paraje en que se deposita la inmundicia.

El dia era esplendido, habia polvo de oro en la atmosfera. El mar parecia un pedazo del manto azul del cielo echado sobre la tierra; los medanos blancos de los Pocitos brillaban como si sus arenas estuviesen sembradas de pequeños prismas de cristal. Una alfombra tupida de trebol vestia todos los potreros, y las vacas, indolentemente echadas, rumian aquellas hierbas, con los ojos entornados, como si les lastimase el exceso de luz que doraba todo el paisaje.

El tranvia me dejo en la puerta del Cementerio del Buceo, cuya soberbia entrada contemple por algun rato, extasiado ante la lozania de aquellos pinos que franquean su gran calle central, y el apacible silencio que reina en aquel recinto, poblado por miles de habitantes que no hablan, ni rien, ni lloran, ocupados todos en nutrir a la tierra con su savia, devolviendole asi el capital con que se alimentaron mientras vivian.

Perdonara el lector que pase de largo por el Cementerio del Buceo, porque si entro no tendre tiempo de llegar a las basuras. Segui, pues, todo a lo largo de la tapia, recorriendo un trecho de unas tres cuadras, ya al llegar a la esquina... !horror! me encontre con el reino de la inmundicia, vasto, hediondo, con montañas de desperdicios y abismos de porqueria, flotando sobre toda la superficie una atmosfera de vapores agrios, que temblaban a la luz del sol con reverberaciones que mareaban la vista. Y en medio de toda aquella inmundicia, como dueños absolutos de aquellos pestilentes dominios, centenares de cerdos, gordos, ufanos, orgullosos de verse enseñoreados de tanta porqueria, en la cual se revolcaban y hozaban con sus prolongados hocicos, como gozandose en revolver la podredumbre.

Y junto con los cerdos, hombres, hozando como los cerdos entre la basura, disputandose con ellos las piltrafas. Nada se desperdicia alli, todo se clasifica y colecciona separadamente: aqui los huesos, alli los vidrios, alla los trapos, mas lejos las latas, aculla los cueros, todo prolijamente entresacado de la basura que diariamente arroja la ciudad como inutil desperdicio.

Las sobras de Montevideo dan todavia pie para una industria, una industria productiva, que proporciona trabajo a centenares de brazos y alimento a numerosas familias, amen de la manutencion que aprovecha a un millar de respetables y suculentos cerdos. Yo creia haber visto chanchos, muchos chanchos, en mi reciente excursion a La Extremeña, de que ya di cuenta a mis lectores, pero declaro que aquello no da una idea de lo que son esos interesantes animalitos. Aquellos cerdos duermen en chiqueros aseados, comen maiz en limpios pesebres, y retozan en potreros pastosos. Son chanchos acicalados, lavados y peinados, despoetizados por la higiene. Estos otros que vi ayer son los chanchos verdaderos, al natural, sin hoja de higuera, sucios desde el hocico hasta el rabo, comiendo entre la inmundicia, bebiendo entre el fango, durmiendo entre la porqueria, enamorandose en medio del hedor punzante que brota de aquella fermentacion putrida, alimentada dia a dia con nuevos elementos de corrupcion.

Es de verlos, echados al sol, con sus enormes panzas enterradas en un barro negro, espeso, mefitico, dilatados los agujeros del hocico como para aspirar todas las emanaciones que se desprenden del inmundo lecho en el que tan a su placer yacen. Alli, entre la porqueria, estan en su elemento, como el pez en el agua, gruñendo de placer, retozando con voluptuosidad alli donde es mas espesa y hedionda la inmundicia.

A pesar de la repugnancia que aquello me infundia, quise verlo todo, pues ya que en ello estaba no era cosa de dejarlo a medio camino, y eche a andar, atravesando de un extremo al otro el pais de la basura. A medida que me iba internando, el hedor se hacia mas agrio y la atmosfera mas pesada. Millones de moscas zumbaban entre la podredumbre, revoloteando con sus alas transparentes, persiguiendose unas a otras, alegres y retozonas, a la luz del sol, que las calentaba y activaba al mismo tiempo la fermentacion en que ellas encuentran su alimento.

Al extremo del basurero, el terreno declina rapidamente hacia la playa, y en ese declive esta instalada la graseria, en cuyas tinas se echan todos los huesos para sacarles la grasa que conservan adherida; restos de puchero y asados, caparazones de aves, huesos de jamon, todos los desperdicios de las cocinas, sometidos a la accion del digeridor que les extrae la ultima particula grasienta que les queda. Y al lado de la graseria, y en los declives, y en la playa, cerdos y mas cerdos, y siempre cerdos por donde quiera que se mire, comiendo unos, tendidos a la bartola otros, gruñendo todos al verme, como enojados de que pisase sus dominios una persona cuyo aseo era una profanacion a la inmundicia en que vivian tranquilos y felices.

Desde aquella pendiente en que esta situada la graseria, se divisa un paisaje amplio, monotono, pero con esa monotonia grandiosa del mar que se junta alla en el horizonte con el cielo, confundiendo ambos sus colores. La brisa no tenia fuerzas para rizar siquiera la limpida superficie del agua, y solo junto a la playa el vaiven de las corrientes enrulaba esas olas largas y mansas que mueren sobre la orilla convertidas en espumas. A lo lejos, al este, blanqueaba el caserio de la Isla de Flores, flotando al parecer en el aire, entre las brumas azuladas que nacian del mar.

En torno todo era arena, festoneada la costa con graciosas curvas, terminadas en promontorios que se internaban en el agua. Al pie de la graseria revoloteaba una bandada de gaviotas, pescando a picotazos los pejerreyes y roncaderas que acuden a comer los desperdicios que vomita en el mar el caño de la fabrica. Al otro lado, por sobre las tapias del cementerio, asomaban los penachos verdes de los pinos y casuarinas; y por detras de mi, la basura, con sus emanaciones fetidas, con sus cerdos, con sus millares de ratas hambrientas y chillonas, anidadas en las mismas entrañas de aquella montaña de inmundicias.

Aqui, un monton de frascos, predominando los de Tonico Oriental, el bombastico regenerador de cabello de Lanman y Kemp; alla una piramide de botellas; y mas lejos un hacinamiento de vidrios rotos, destinados a pasar nuevamente por el soplete para salir convertidos en objetos utiles.

En una inmensa lata yacen en revuelta confusion cachivaches de bronce, cobre y plomo: pestillos de puertas, llamadores, boquillas de lamparas, aparatos de gas hechos pedazos, bitoques, trozos de cañeria y otras mil baratijas. En sitio aparte estan los fierros: llaves, clavos, tuercas, pasadores de puerta, cerraduras desvencijadas, y cien zarandajas mas que no admiten clasificacion. Mas alla el zinc y la hojalata: pedazos de planchas para techo, cajas de conservas, latas de aceite, tarros de pintura y barnices, y todas cuantas clases de envases de lata se fabrican, todo abollado, hundido y agujereado.

En un campo vecino se secan al sol grandes montones de trapos: recortes de terciopelo y retazos de zarazas, pingajos de raso, tiras de gro, andrajos de lana, de algodon, de hilo, todo revuelto y confundido, destinado a la exportacion para Europa, en cuyas fabricas se convierten todos esos desperdicios inmundos en hojas de papel satinadas, guardadoras de secretos amorosos, mensajeras de tristes o risueñas nuevas, condenadas, despues de haber cumplido su mision, a volver nuevamente al cajon de la basura para ser pisoteadas por cerdos, realizandose en ellas la sentencia biblica que condena al hombre a volver al polvo de donde salio.

Si yo tradujera aqui lo que cada uno de aquellos pedazos de trapo hablaba a mi imaginacion, tendria para tejer mas de una historia, pero, feliz o desgraciadamente, no me da a mi por tales fantasias, asi que, sin preocuparme mucho ni poco de lo que decian aquellos restos de atavios feminiles, emprendi la retirada, abriendome camino por entre la muchedumbre de cerdos que poblaba aquella inmunda comarca, laboratorio inmenso en que fermentan las sobras de la ciudad, con desprendimiento de gases hediondos, en cuyo ambiente pululan todos los repugnantes engendros de la podredumbre.

Cuando salve los limites del reino de la inmundicia, dirigi una ultima mirada para abarcar en conjunto los detalles que dejo narrados. No vi mas que cerdos, muchos cerdos, revueltos con una veintena de hombres, disputandose unos y otros las piltrafas que desenterraban, unos con sus garfos de fierro, y los otros con sus hocicos puntiagudos.

Por todas partes, basura y mas basura y alla en el fondo de un barranco profundo, un haz de luz clara, viva, con una aureola dorada como un inmenso brillante engastado entre la inmundicia. Era una lata de conservas en cuya pulida lamina se estrellaba un rayo de sol rompiendose en menudisimas hebras de oro, como se rompe en hilachas de plata un chorro de agua al caer sobre el enlosado.

Agosto, 1 de 1883. De "Cronicas Montevideanas" de Sanson Carrasco.

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Evocaciones Montevideanas - Montevideo 1911

(21) VI - EL TRANVÍA No. 35

 En una crónica anterior mencionaba la gran transformación que han sufrido nuestras playas, desde Carrasco hasta Pocitos. Hoy quiero recordar en esta nueva nota como se ha poblado la zona de Trouville, Villa Biarritz y Punta Carretas.

En el año 1913, desde la Quinta en Ellauri y Jaime Zudáñez (antes 6 de Abril) hasta la *Curva Ellauri* como se denominaba la esquina de Ellauri y 21 de Setiembre, en la acera de nuestra quinta, todo era campo y en la otra acera había algunas pocas quintas y una de las cuadras tenía un solitario rancho con su clásico ombú.

En la curva, gran manzana comprendida por las Calles Ellauri, 21 de Setiembre, Coronel Mora y Gregorio Suárez, era al principio un gran campo, que más tarde se transformó en quinta de verduras. Hace unos pocos años cuando se vendió la esquina donde hoy está la Sucursal de un Banco y varios apartamentos - en este mismo predio antes citado - se pagó por el metro cuadrado un precio récord, que nadie hubiera sospechado años antes.

La parte de Villa Biarritz, donde hoy está el parque Dr. Juan Zorrilla de San Martín, era una Colonia para Niños, dependencia del Ministerio de Salud Pública, y de ahí hasta la Cárcel Penitenciaria el resto eran campos, donde otrora hubo una cancha de polo. Recuerdo que cuando se colocó la piedra fundamental de la Iglesia, actual Parroquia de Punta Carretas, pronunció un elocuente discurso el Dr. Juan Zorrilla de San Martín y tuvo palabras verdaderamente proféticas al referirse que "a la sombra de esa iglesia se levantaría un pueblo y así los dos grandes brazos de la cruz, con igual amor y su infinita caridad, ampararía a los nuevos pobladores del barrio que se levantaría y a la humanidad sufriente que está purgando sus penas en la cárcel". El único medio de locomoción en aquella época era el tranvía No. 35 que iba desde la Aduana hasta Punta Carretas.Las personas que viajaban en él, se conocían, y cabe destacar la sencillez y familiaridad que reinaba entre los habituales pasajeros, y justo es mencionar al doctor Zorrilla de San Martín, figura consular, querida y respetada por todos, hombre que dotado de una gran simpatía y don de gentes, sabía mantener una amena conversación rica en oportunas anécdotas. Puede decirse sin caer en exageración que los amigos y admiradores del famoso *vate*, formaban legión. Su quinta de Punta Carretas, hoy conservada como Museo, es un recuerdo de aquellos lejanos tiempos.

Si teníamos el privilegio de conversar con el Poeta de la Patria, también nos era dable mantener interesantes conversaciones con el músico Don Tomás Giribaldi, autor de la opera "Parisina", que tenía su ranchito en Ellauri a media cuadra de 21 de Setiembre, casa que quedaba oculta por la doble hilera de sauces llorones, que le permitían disfrutar de tranquilo y necesario retiro para su inspiración artística. También solía viajar el conocido escultor Don José Belloni, autor del monumento a "La Carreta" y tantos otros que adornan nuestros parques, siendo aún hoy uno de los más altos exponentes uruguayos del arte de Fidias.Como puede verse, las bellas artes estaban dignamente representadas entre los pasajeros mencionados.

Dinámico, enérgico, lleno de vida, muy caballero, irradiando simpatía y dotado de una facilidad de palabra que lo convertía en un agradable compañero de viaje, era Don Nicolás Revello, Profesor de Esgrima, que vivía y tenía su Academia en 21 de Setiembre casi la rambla.El Gral. José Luciano Martínez, abogado e historiador, era también uno de los diarios pasajeros que gozaba de gran prestigio y había conquistado infinidad de amigos, aún entre aquellos que ideológica y políticamente discrepabamos con él. Hoy nonagenario vive retirado. Cabría mencionar muchos otros pasajeros que se destacaban en diversas actividades, como el Arquitecto Juan M. Aubriot, uno de los proyectistas del edificio de la Universidad de la República, en nuestra Av 18 de Julio; al Ingeniero Don Luis P. Ponce, al Dr César Miranda, Diputado y Presidente de la Cámara de Representantes, en la lejana época en que no era indispensable viajar en esos "colachatas" que al decir del viejo y sagaz poeta don Angel Falco, "tienen un metro de comodidad y cinco de vanidad".

Numerosos comerciantes, profesionales, empleados, algunos obreros, las familias y legión de estudiantes completaban el pasaje de este tranvía. Muchos otros nombres vienen a mi memoria; pero daría una extensión muy larga a esta nota.

Los campos y terrenos baldíos fueron lentamente desapareciendo para dar paso a la construcción de nuevas casas con sus alegres jardines, llenos de flores, que desgraciadamente están ahora desapareciendo para levantar en esos mismos solares infinidad de casas de *apartamientos*, perdiendo la fisonomía del barrio-jardín.

El aumento de población trajo como lógica consecuencia el crecimiento de los comercios, y también el primer cine de esa zona, hoy convertido ese local en un garage o taller mecánico. Este cine, "21 de Setiembre", estaba situado en la calle del mismo nombre casi esquina Luis de la Torre.

Hacía algunos meses que se había abierto, cuando viniendo con un antiguo vecino, un inglés que a su casa le había puesto el popular nombre de "Tipperary", el tranvía se detiene frente al cine. Mi amigo miró enseguida los anuncios del día. Entonces le pregunté si conocía el cine, a lo que me respondió afirmativamente. Como yo no había ido le interrogué:

- ?Que tal és?

Su gráfica contestación fue:

- Es un 35 grande.

 

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Misericordia Campana ("El Quasimodo del Uruguay")

Todo Montevideo le conoce; como que ha sido el hombre que mas ruido ha metido en cuarenta años, largo de talle, desde el puesto que ocupaba, el mas elevado, sin duda, de los que puedan ocuparse en esta famosa ciudad de San Felipe y Santiago.

Nadie que no le conozca podria decir que aquel moreno patizambo y contrahecho ha sido, y es, la personalidad mas sonada y repicada de las que han pasado por el escenario de la vida publica, y ninguna tan publica como la suya, pues la ha exhibido a los cuatro vientos y en paraje donde no podia ocultarse a los ojos de cuantos quisieran curiosear todos sus movimientos.

Mas que arduo de resolver es el problema de saber si Misericordia, como el resto de los mortales, paso por las estaciones de la vida precursoras de la vejez, pues ni los mas empolvados archivos, ni los mas antiguos cronistas hacen memoria de que alguna vez fuese mozo el hoy decano de los sacristanes.

Segun el, nacio en Pernambuco, de vientre libre, y se crio en el Convento de San Francisco, donde dice que recibio su educacion, que debio ser escasa y mezquina, pues el hecho es que el discipulo de los Reverendos Franciscanos jamas conocio la O por redonda, ni para leida ni escrita, por donde se vera que, o era el alumno mas torpe o se cuidaban mas los maestros de sus refectorios y aleluyas que de hacer silabear al negrillo.

Pero, como no era cosa de mantenerlo para que creciese holgazaneando, determinaron los Reverendos ponerlo al servicio de la santa casa, y le destinaron al campanario, donde bajo la direccion de un consumado maestro empezo nuestro Misericordia a menear badajos a mas y mejor, hasta que llego a ser un verdadero artista en todo lo que al arte campanologo concierne.

Que motivos tuvieron los Reverendos Pernambucanos para deshacerse del negrito Ambrosio, que asi se llamaba, es cosa que nadie sabe, pero parece que fue por algo que el no quiere acordarse, como no queria Cervantes recordar el nombre del lugar de la Mancha en que nacio el heroe de su libro.

Ello es que un dia le embarcaron en un bergantin que levantaba anclas para el Plata, y otro mejor llego a estas playas, sin mas bagaje que su habilidad, que no fue poco, pues ella le libro de montar guardias y entrometerse en otras pellejerias que eran entonces el pan de cada dia, como que fue en los primeros dias del Sitio Grande, en que la linea era todo el dia un pororo desde el mirador de Suarez hasta el de Pereyra.

Tampoco recuerda Misericordia como vino a caer bajo la dependencia del presbitero don Jose Benito Lamas, Cura de la Matriz a la sazon, pero el asegura que durante su curato fue cuando hizo oir por primera vez sus dobles y repiques aprendidos en el Convento de San Francisco, en Pernambuco.

Dice Misericordia que cuando llego tenia 22 años, y que hoy tiene 90, pero es fuera de duda que esa cabeza no anda bien, pues la suma de los veintidos con los cuarenta que van corridos desde el comienzo de la Guerra Grande, daria apenas un total de 64 años; edad a todas luces apocrifa e inadmisible: de donde se desprende que tenia mucho mas cuando vino, o que llego mucho antes de que don Manuel Oribe despertase a los azorados habitantes de esta ciudad con aquellos 21 cañonazos con los que inicio el sitio.

Sea de ello lo que fuere, el hecho incuestionable es que Misericordia, si no ha llegado al siglo, raspando le anda, como lo atestiguan sus achaques y sus canas que, por un fenomeno inexplicable, no son blancas como las de la generalidad de los mortales, sino verdosas, tinte que el atribuye al uso y abuso que ha hecho de la yerba mate, lo cual puede servir de base a la ciencia para investigar si efectivamente puede influir el cimarron en el color del cabello.

Ahi esta el fenomeno y pueden todos comprobarlo para que no se diga que miento. Juzgandole por el pelo, puede decirse que Misericordia esta ahora en sus verdes años. Contra el se estrellan y desbaratan todas las metaforas y circunloquios con que la imaginacion ha querido poetizar los destrozos del tiempo. La nieve de los años, la escarcha de la vejez, y todos los similes de ese genero, rebotan en la cabeza de Misericordia, como contra una valla insuperable. Habria que apelar a la metafora vegetal para hablar con propiedad de las canas del buen moreno.

Su nombre primitivo de Ambrosio es desconocido para la generalidad. El apodo de Misericordia le viene de su invariable costumbre de saludar a todo el mundo, diciendo en su media lengua:

-!Misericordia, seño!

Debe este negro tener larga historia, y su memoria deberia ser un deposito inagotable de anecdotas e incidentes curiosos, pero, desgraciadamente para mi, ha caido en mis manos cuando ya los años le han tapiado los oidos, y perturbado los recuerdos a tal punto que es necesario valerse mas de la mimica que de la palabra para despertarle las ideas.

Pero todo lo que tiene de lerdo y apagado para contestar a lo que se le pregunta, tiene de listo y despierto para hablar de sus campanas. Se le avivan los ojos, se le agrandan las narices, se vuelve agil y se relame con placer cuando cuenta la manera como debe repicarse en tal o cual solemnidad.

En el continuo trato con las campanas ha llegado a considerarlas como seres que viven o que hablan, y sus metalicos ecos los ha traducido al lenguaje comun, creyendo de buena fe que los bronces dicen aquello que el se ha forjado a fuerza de oirlos.

Las grandes festividades de la Iglesia las solemniza Misericordia con el repique que el llama de San Jose, y cuyo compas lleva bailando a saltos, mientras que con las manos agita los badajos y canta al mismo tiempo:

"!San Jose - cabeza me duele! !San Jose - cabeza me duele! !San Jose - cabeza me duele!"

!Es de verle, tocando este repique en seco! Salta y gesticula como si estuviese en el campanario, imita el sonido de todas las campanas, y traduce los sonidos, explicando que, mientras la mayor dice con sus notas graves "!San Jose!" la chica con su vocecilla aguda repite:

"!Cabeza me duele - cabeza me duele!".

Otras veces cuando se trata de funciones de media gala, dice el que toca el repique del vinten, que es mucho menos complicado que el de San Jose. "!Manuel vinten! !Manuel vinten! !Manuel vinten!" dicen las campanas con invariable monotonia, solo interrumpida por algun floreo que de cuando en cuando se permite el artista para demostrar su habilidad que es consumada, pues se jacta de haber aprendido, en una sola leccion que le dio un correntino, el repique llamado la garua y que lo explica cantando:

"chachachan - chacha - chachancha

chachachan - chacha - chachancha"

sin haber logrado todavia traducir al lenguaje comun lo que la tal garua dice.

Otra de las particularidades de su vida, que Misericordia oculta, es el motivo de su retiro de la Matriz, en cuyo campanario ejercito por mas de treinta años los toques que aprendiera de su maestro pernambucano. Alli repico el mucho antes de ser revocada la iglesia, cuando cada uno de los agujeros abiertos para colocar los andamios era una guarida de aquella lechuzas y murcielagos que salian entre dos luces a revolotear en torno a las torres y que despues de Animas empezaban a revolotear a los transeuntes con ese fatidico sssch que, segun las viejas, es pronostico

de muerte.

Dicen las malas lenguas que la causa de la despedida del moreno fue el haberse permitido dar un baile a son de organo en el pequeño vestibulo de la escalera que conduce al campanario. Otros dicen que fue su amor a San Francisco, bajo cuya educacion se habia criado, el que lo llevo al nuevo Templo de aquel Santo; pero, ya sea lo uno o lo otro, ello es que algo debe haber en la cosa, porque Misericordia se expresa en terminos que llegan hasta el descomedimiento cuando habla de su antigua iglesia.

Pero de pronto, tiene el mas profundo desprecio hacia los actuales campaneros de la Matriz.

"Esho napolitano trompeta", dice el con su lengua de trapo. "que no she ocupa ma que de gana vintene, y que rompe una campana cada shemana".Esto de las roturas, sobre todo, le indigna. Segun el, en todo el tiempo que estuvo en la Matriz, las campanas no han tenido ni un dolor de cabeza por culpa suya: "Ninguna ha fallecido en mis manos" - decia el moreno con orgullo siempre con su tema de considerar a los bronces como seres vivientes.

- "Yo subo al campanario un cuarto de hora antes de empezar el repique, me decia muy serio, preparo mi instrumento y en cuanto suena la hora, ya empiezo, dele que dele, y toco como es de regla: no como esos napolitanos que hacen como les parece. Hoy (era sabado), cuando yo recien estaba en el segundo repique, ya ellos habian tocado el tercero".

Y al decirme esto hacia una mueca despreciativa como diciendome: "Vea usted que diferencia va de mi a ellos".

Y siguiendo con sus explicaciones, me decia que cuando se ha repicado un rato, no se puede tocar la campana ni con la punta del dedo, porque esta como caliente, la menor impresion de frio puede hacerla estallar. !Y con que seriedad hace Misericordia estas explicaciones!. Parece que en ese momento desempeña el profesorado en materia campanologa, tal es la gravedad y la prosopopeya con que se expresa.

Ahi donde ustedes le ven, tan negro y tan feo, han de saber que ha tenido sus desveneos amorosos, y hasta llego a uncirse al yugo del Himeneo, sujeto al cual vivio por veinte y mas años, hasta que la Parca le liberto de la coyunda. Pero no por eso escarmento el moreno, y volvio a las andadas, solo que como era tan baqueano en la iglesia, se caso por los fondos, talvez para probar si el matrimonio contraido por detras de la iglesia daba mejores frutos que el celebrado por delante.

De los vastagos que tuvo, ninguno hizo huesos viejos, y a los dos les acompaño hasta la tumba desde su campanario con funebres dobles, que traducian el dolor del pobre moreno segun eran de melancolicos y descompasados. Nunca toco sus campanas con mas tristeza ni fervor. Años atras, desempeñaba en la Matriz multiples ocupaciones. En los momentos que le dejaba libre el campanario, desde la misa de alba hasta el toque de Animas, se ocupaba del aseo de la iglesia. Sacudia con mucho cuidado las venerables imagenes de San Felipe y San Luis; arreglaba los pliegues del manto de la Serenisima Virgen; le peinaba la lana al perro de San Roque; acomodaba convenientemente la florida vara de San Jose; y de cuando en cuando sacaba a ventilar el asno, la vaca, las ovejas y los pastores con que armaba el retablo y el nacimiento de la Pascua de la Natividad.

Pero donde se esmeraba y ponia toda su prolijidad era en el altar de San Benito, representante de su raza en los dominios del Reino Celestial. Alli era el tener siempre los floreros adornados, y el no faltar una vela, y el cuidar del paño del altar como si de finisimo oro fuese tejido, y el atender a que todo estuviese reluciente y primoroso.

Mas de uno y mas de dos de los reales con que las devotas le compensaban el cuidado de sus sillas, los aplicaba al adorno de su altar favorito, y era su mayor gloria poder obsequiar a su santo con un ramo de perfumadas azucenas y adornar los floreros con los mazos de alhucema con que contribuian los viejos negros que a la puerta del Mercado se ocupaban de la venta de raices y yuyos medicinales.

De la noche a la mañana se hizo Misericordia el heroe obligado de todas las funciones titiritescas. Tamaño desacato le puso fuera de si en los primeros tiempos, y mas de uno de los perros que furtivamente se metian dentro de la iglesia sintio los efectos de la sobreexcitacion en que vivia el buen moreno desde que se vio arrastrado de las alturas del campanario al tablado de un mal teatro de titeres.

Misericordia Campana, campanero de la torre de la Matriz, que asi se llamaba el muñeco, era un verdadero heroe en todos los dramas y tragedias en que tomaba parte. El desfacia agravios, protegia doncellas y viudas desamparadas, enderezaba entuertos, y siempre con tan buena suerte y fortuna que, a diferencia del Manchego Hidalgo, que alli donde se metia salia con algun diente de menos o algun tolondron de mas, no metia el negro la pata en ninguna aventura que no saliera de ella triunfante e ileso, mas que fuesen los ejercitos de Xerjes los que por delante se le pusiesen. Todo era entrar en combate Misericordia, sin mas arma que su cabeza, pues de "capoeira" heria, y dejar el tendal de muñecos descalabrados, con gran aplauso de los chiquillos y niñeras, que a boca abierta y a moco tendido ponian sus cinco sentidos en las hazañas del negro, quedando con el corazon en un hilo mientras se revolvia a cabezazos entre los malandrines y jayanes que lo cercaban, hasta que la caida del ultimo follon les devolvia la tranquilidad, viendo a su heroe quedar dueño del campo de batalla, sano y salvo.

Pero, Misericordia en los titeres, no es asunto para tratarlo asi de paso, y no he de tardar en escribir el capitulo aparte que se merece, si es que alguna mejor cortada pluma no me releva de tan ardua tarea.

Y dejando el muñeco y volviendo a mi negro, ahi le tienen ustedes, apenas bosquejado en las carillas que llevo escritas, culpa, no de el, sino mia, que no supe trazarle en todos sus perfiles.

Quien quiere verle, no tiene mas trabajo que ir a San Francisco, en cuyo campanario luce hoy todavia las habilidades que aprendio en el Convento de los Reverendos Franciscos Pernambucanos, bailando al compas de sus repiques al son de:

!San Jose - cabeza me duele!

!San Jose - cabeza me duele!

en las grandes festividades que solemniza la Iglesia, o repitiendo con sus badajos en las fiestas de menor cuantia, el

!Manuel Vinten!

!Manuel Vinten!

que segun el, dicen las campanas con su metalica lengua.

Noviembre 21 de 1882 De "Cronicas Montevideanas" de Sanson Carrasco.

 

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El Patio de "El Nacional"

De donde salen, donde viven, donde comen, donde duermen esos centenares de muchachos montevideanos, de todos los tipos y de todas las edades, que desde las primeras horas de la mañana acampan en el patio de esta imprenta, y lo convierten en teatro de sus truhanerias, de sus burlas, de sus juegos y de sus riñas?

Ellos mismos, talvez, no lo saben. Duermen donde la noche les toma, despues de sus mercantiles correrias para vender el diario; comen lo que la casualidad les depara, si no tienen con que comprar un pan y alguna golosina; visten las ropas mas remendadas y se cubren con los mas estrafalarios sombreros cuya pristina forma y color han deshecho y borrado el sol, el polvo y la lluvia de dos veranos y de dos inviernos, cuando no el volar de mano en mano a guisa de pelota con gran contento del dueño, que lejos de enfadarse, toma parte de la jarana y ayuda a zarandear su manoseada prenda, que al cabo de voltear por los aires como el manteado escudero de la venta, va a caer sobre la cabeza a cuyo servicio esta, ajada, marchita, fatigada y con una arruga mas, que precipita su ya avanzada vejez.

Es de verlos a todos ellos, reunidos en torno del que tuvo la dicha de ir al circo anoche, oyendo boquiabiertos y con cara de envidia la enumeracion de las gracias del payaso, la narracion de los ejercicios del doble trapecio, de los equilibrios de la cuerda floja, de los desgoznamientos del hombre de goma que toma con los labios la moneda colocada entre sus pies, haciendose un arco, de los saltos mortales, de los aros forrados de papel que la amazona hiende lanzando el caballo a gran carrera, y de todas las suertes, en fin, que constituyen el programa de un espectaculo acrobatico.

Pero donde el interes del auditorio aumenta y la mimica del narrador redobla, es cuando llega a la descripcion de la lucha descomunal de los atletas Raffetto y Bartoletti, los heroes del dia, que andan en boca de los viejos, cuyo nombre repiten los niños, envidiados por los changadores, adornados en silencio por todas las fornidas maritornes que se deleitan en la contemplacion de su recia musculatura, admirados por los carreros y carniceros, y aplaudidos por los incautos concurrentes que toman por lo serio estos retos lanzados a manera de anzuelo en la corriente de la publica credulidad, para pescar a los que no aciertan a ver el garfio oculto tras del cebo.

Alli es el disputar y el argumentar sobre cual de los dos tiene mas habilidad, mas maña, dicen ellos, o mas fuerza. Dividese el auditorio en dos campos. Capuletos y montescos defienden a capa y espada a sus respectivos campeones. Los raffetistas acusan a Bartoletti de usar artimañas y de ardides para evitar la caida, pero los contrarios acumulan a su vez a Raffetto el valerse de zancadillas y el untarse con aceite el cuerpo para que su adversario no pueda tomarle con fijeza. Y la discusion aumenta, y el entusiasmo crece, y de la defensa del atleta se pasa al denuesto contra el defensor, la voz degenera en grito, el ademan se hace amenazador, los ojos chispean de colera, y al fin la disputa se resuelve en una lucha librada entre los dos jefes de cada pandilla, como hacian los caballeros antiguos para decidir la suerte de una batalla.

Generalmente la contienda no llega a su termino, por la extemporanea e inoportuna intervencion de un vigilante, que sin respetos ni miramientos por horacios ni curiacios, arremete con todos ellos, los dispersa, y las mas veces no consigue hacer presa de ninguno, pues se le escapan, se le filtran por entre las manos, haciendose impalpables e invisibles como esos fuegos fatuos que a lo lejos se ven vagar sobre las osamentas en el campo, y que desaparecen al acercarse a la causa que los engendra. El patio queda desierto; solo en un rincon se ve al viejo vendedor de roscas con grasa y masas de indefinida e indefinible confeccion, sentado junto a su mercancia, enarbolado el garrote para ahuyentar tentaciones, testigo mudo e impasible de aquellas disputas y riñas que en su derredor se originan, sin variar de postura mas que para proteger con su cuerpo el canasto de sus mazapanes contra las peripecias inesperadas de la lucha.

A los cinco minutos ya esta reinstalado el conclave. Se ve a los dispersos aparecer uno a uno, asomando la cabeza por detras de las puertas, surgiendo otros debajo de un cajon, entrando los demas de la calle con paso desconfiado y tacito, como esos roedores nocturnos que con recatado y avizor andar salen de los albañales y brotan de entre las grietas del empedrado en busca de los desperdicios y mendrugos que a la calle arrojan los vecinos.

A la cabeza de todos ellos viene Andina, el celebre Andina, jefe y capataz de todos los pilluelos, decano del honrado y socorrido gremio de vendedores de diarios y periodicos. A una voz de mando todos callan, y Andina les espeta un discurso ininteligible, pronunciado con medias palabras que no acierta a redondear con su lengua de trapo viejo. Y es tal el espiritu de disciplina de la pandilla, y tal el prestigio de su jefe, que basta que Andina se tire a muerto, para que todos a su torno caigan al suelo y no se levanten hasta que aquel lo haga.

A su lado esta el Pebete, pilluelo criollo de edad indescifrable, chicuelo y travieso como una laucha, vestido con un traje cuya primitiva tela ha desaparecido bajo los remiendos hibridos y heterogeneos que semejan un tablero con casillas de diferente color y tamaño; calzado con unos zapatos que por entre las muescas del cuero raido dejan ver los dedos del pie armados de garras corvas, que no de uñas, y cubierto con un sombrero de forma imposible, desalado, terminado en punta, y tornasolado con los colores que median entre el negro del rape y el verde botella.

Tras de el esta el Conejo, de nombre y de cara, con los ojos vivos y redondos, los labios abultados y salientes, gran tocador de polkas y milongas que ejecuta con una de esas flautas de lata cuyas notas corresponden a otros tantos agujeros cuadrados, dispuestos como mechinales de palomar, y que se gana la vida luciendo sus dotes musicales en peringundingues y bailes de candil.

A veces conejo trae su flauta al patio, y entonces es de ver la atencion con que le oyen los presentes, y acompañan al flautista con sus penetrantes y afinados silbidos, repitiendo la milonga mas en boga, y cantando con acento de quien busca gresca:

Soy del barrio de Palermo,

de la calle Santa Fe,

Mi nombre es: como gobierno,

Mi apellido: priendale.

Entre el auditorio esta Pequeño, napolitano acriollado, adornado de todas las pillerias importadas, y de toda la travesura nativa, y mas alla se ve al Zurdo, Gambastorta, a la Nena, a Ronquito, a Alfeñique, al Piojito, a cien mas, eternas reproducciones de los heroes de Hurtado de Mendoza, de Mateo Aleman, de Ladron de Guevara, de Lesage; colegas de los pelaires de Segovia, de los agujeros del Potro de Cordoba y de los mozos de la feria de Sevilla que mantearon al malaventurado Sancho; afines de Ginesillo de Pasamonte y de Gil Blas de Santillana; y llegando mas a nuestros dias, hermanos del inolvidable Gavroche, cuyas hazañas y pillastronadas copian y parodian instintivamente, sin haber nunca leido ni oido hablar de los que esos sus ilustres antecesores hicieron para conquistar la imperecedera gloria de servir de carozo a los mas sabrosos y sazonados frutos de nuestra habla castellana.

Causa risa el ver la importancia y la prosopopeya con que esos chicuelos se hacen servir por el vendedor de helados, cuya mercancia saborean en una copa con mas vidrio que hueco, pagando el importe con todo el desprecio de quien tienen en menos el dinero o facilmente lo adquiere. Pero la gracia no esta en tomarlo de un color, blanco o rosado , sino mixto, de uno y de otro, disciplinado, como dicen los franceses, mostrando de esa manera que saben darse un corte, al decir de los que, sin un centavo, vengan su pobreza satirizando a los opulentos.

!Y con que escrupulosidad juegan sus reales! No se trampean, no se alteran, ni pierden la gravedad, ya les sea adversa o favorable la suerte. Si se presenta la oportunidad de un empate dudoso, o de un caso no previsto en sus codigos, se recurre al arbitraje de Andina que falla sin apelacion en favor de quien, a su parecer, tiene de su parte a la justicia. Si por casualidad Andina esta ausente, entonces ya es otra cosa; la dificultad se resuelve generalmente con arreglo al mote del escudo chileno: !por la razon o la fuerza!. La ultima es la que dirime la cuestion.

A todo esto esta el viejo masitero atento, siguiendo las peripecias del juego y haciendo votos intimos a favor de sus habituales consumidores, esperanzado en que la ganancia de estos ha de redundar en pro de la suya, dando despacho a aquellas desgraciadas masas, aburridas a fuerza de viejas, moteadas por las moscas que logran evitar el continuo abanicar del vendedor, y empedernidas como un criminal recalcitrante.

Hay momentos en que se hace insoportable para los que trabajamos aqui, puerta de por medio con ellos, el vocerio y la algazarra que arman con cualquier motivo, y entonces son inutiles las amonestaciones y los discursos. Para aplacar aquella polvareda de descompasados gritos y de ruidosas carcajadas hay que regarlos con dos o tres jarros de agua, que siembran la dispersion en los apretados grupos y sirven de elocuente y humeda advertencia para hacerles entender que molestan.

A las tres empiezan a oirse los latidos del motor y el voltear el volante de la maquina, y momentos despues, este monstruo del arte y de la mecanica empieza a vomitar por arriba y por abajo, por derecha y por izquierda, las hojas de papel impreso que sirven durante una hora de alimento a la curiosidad publica, avida siempre de novedades, como si estuviese en manos de los que escriben el hacerlas. Cada vuelta de la rueda marca ocho ejemplares que van a la circulacion y en menos de una hora salen a la calle mas de cinco mil numeros, que a poco rato llegan a los mas apartados barrios de la ciudad, llevados y pregonados por los tertulianos del patio, que a paso de trote y con la voz añelante, van gritando de calle en calle y de puerta en puerta, trepando a los tramways y deteniendo a los transeuntes: "EL NACIONAL! !Ultima Hora! !Nacional-Cional!".

Los primeros dos mil quinientos numeros que la maquina imprime pertenecen a un comprador por mayor, a Sarategui, que los detalla entre sus marchantes y monopoliza las estaciones de las vias ferreas, la Bolsa y otros puntos de reunion. Despues viene el despacho menudo; cien a un muchacho que los reparte con sus socios; cincuenta al otro, veinte al de alla, diez al de aca, guardando todos su numero de orden, y ayudando a doblar los de sus compañeros mientras les llega el turno. En el lenguaje tecnico de los muchachos, el diario se vende y se compra como los comestibles.

- Deme cinco pesos de Nacional.

- !A mi quince pesos!

- Vendo diez pesos de Libertad doblada.

A las cinco, el patio, aquel patio tan animado y bullicioso dos horas antes, esta muerto y mudo, con sus losas desiguales y resquebrajadas que conservan las huellas indelebles del continuo salivar y de las cascaras de duraznos y bananas pisoteadas que amenazan con un porrazo al incauto que por alli pasa distraido.

?Donde estan los alegres pobladores de el patio de El Nacional?. Por ahi van; por calles y por plazas; haya sol o lluvia, granice de frio o sofoque de calor, llevando bajo el brazo su mercancia politica, literaria, comercial y noticiera, que reparten y venden en bien de ellos, de sus madres, que esperan la modesta ganancia del dia para poner la olla al fuego, y de sus hermanitos que con los diarios viejos que el hermano no pudo vender, ensayan el oficio corriendo por los patios y corredores del conventillo que habitan, y gritando con sus vocecitas agudas y penetrantes, los pies descalzos y la camisita que apenas les cubre el vientre: !El Nacional! !Nacional! !Cional! !Ultima Hora!.

Marzo 14 de 1882 De "Cronicas Montevideanas" de Sanson Carrasco.

 

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(59) Los carnavales (Antaño y Ogaño)

Parte 1 de 2

Echarame yo a ahora a hacer un estudio historico desde los comienzos del carnaval, y tuviera , de seguro, para indigestar a mis lectores con un par de columnas de citas, fechas, lupercales y saturnales y mil otras antiguallas que hablarian mucho en favor de mi erudicion, para los que no saben que estas cosas se encuentran en cualquier librajo de esos en que muchos cosechan los partes y novedades con que se dan infulas de ser sabedores de cosas de otros siglos, sin darse cuenta, las mas de las veces, de lo que acontece en el que viven, como que va mucho de copiar lo que otros dijeron a hacer por si las observaciones y comentarios a que se presta lo que nos rodea.

No crea, pues, el lector, que voy a remontarme hasta los origenes de la fiesta que hoy comienza, pues solo echare un vistazo a quince años atras, la mitad de los que tengo con un item que no hay para que detallar, pues sabido es que, tanto hombres como mujeres, no salimos de los treinta hasta que los cuarenta nos suenan, y de aca a alla, todavia va larga para mi. !Asi pudiera estirarlo ... !.

Decia, pues, y digo, que ahora quince años, y menos aun, se jugaba al carnaval a huevazo limpio, cosa de todo sabida, pero como el tiempo pasa, y con el se van los recuerdos, no estara de mas hacer memoria de aquellos tipos especiales de nuestro carnaval, y digo nuestro, porque no he oido jamas hablar de que, fuera del Rio de la Plata, se jugase a carnaval como entre nosotros, de aquella manera criolla, que degeneraba, las mas de las veces, en sopapos.

Convengo con los que dicen que aquello era barbaro, pero quiero , tambien, que convengan conmigo en que era muy divertido; era mas espontaneo, mas popular, y, sobre todo, mas barato.

Los edictos policiales solo prohibian el uso de huevos de avestruz, y otras armas por el estilo, capaces de dar en tierra con los transeuntes, y el comienzo del juego se anunciaba con un cañonazo, disparado desde la que fue fortaleza de San Jose, y no hay para que pintar la ansiedad don que los jugadores esperaban, reloj en mano, el estampido guerrero para emprenderla con el primer incauto que pasase.

Todo era sonar el cañonazo y echarse a la calle centenares de muchachos, con canastas los unos, y con cajones los otros, colgados con un cordel de los hombros, anunciando a grito pelado.

!A los buenos güevitos de olor pa las niñas que tienen calor!

A lo que otros contestaban: !A los buenos güevitos de triquitraque pa las niñas que usan miriñaque!

Llevaban los muchachos su fragil mercancia muy arreglada en hileras rojas, verdes, azules y amarillas, segun el color dado a la cera con que se tapaban las cascaras despues de llenarlas de agua nominalmente perfumada, a razon de un frasco de "eau de cologne", de aquellos larguiruchos, por cada balde de agua, y retobadas con trapos de todos colores, cortados en redondo, y sumergidos dentro de la cera hirviendo para pegotearlos en el huevo relleno, que quedaba convertido en temible proyectil.

Estos chicuelos surtian a los jugadores accidentales, paseantes que se entusiasmaban al recibir un balde de agua, y devolvian la fineza con una docena de balazos, que no de huevazos, segun era la fuerza con que arrojaban las cascaras, muchas de las cuales, mal rellenas, se estrellaban en el aire, disolviendose la carga de agua en menudisima lluvia, tal era el impulso que llevaban.

Pero el jugador tipico era el orillero de sombrero gacho, poncho, pañuelo de golilla, y en la mano otro atado por las cuatro puntas, dentro del cual llevaba su provision de hasta dos docenas de huevos, bastantes para divertirse los tres dias. A buen seguro que mi hombre lanzase un huevo a la ventura. Apuntaba como quien va a tirar al blanco, reboleaba el brazo dos o tres veces, y si consideraba dudoso el golpe, volvia a guardar el huevo, para no malgastarlo.

Y asi se recorria toda la ciudad, soportando los baldes de agua que de las azoteas y balcones le llovian, o recibiendo en plena cara uno de esos jarazos traicioneros que salian de atras de una puerta entornada, disparados generalmente por una fornida gallega o por alguna morena de esas que tienen cada brazo como un tronco.

Al caer la tarde, se veia venir en una u otra direccion una gran comitiva, precedida y seguida de una turba de muchachos. Eran los jugadores de alto tono, la juventud dorada de Montevideo, que salia a jugar por lo fino, con cascaras de cera y cartuchos de confites. Era de verlos tan ufanos y alegres con sus garibaldinas azules o rojas, pantalon blanco, bota de charol a la granadera, lujosa faja de seda, y en la cabeza una boina graciosamente achatada hacia un lado. Alli era el salir apresuradamente a los balcones las señoritas, armadas de sus jarros, echando agua con una mano sobre aquellos peripuestos donceles, y defendiendose con la otra de los proyectiles que ellos le arrojaban con toda mesura, a barajar, para no lastimarlas.

- Acerquese, pues, no se acobarde - decia una dirigiendose a alguno de los campeones.

- Me acercare si usted me tira esa flor que tiene en la cabeza - contestaba el amartelado galan.

- Alla va, venga a recogerla.

Caia la flor bajo los balcones, apresurabase el caballero a levantarla, y cuando con una amable sonrisa iba a saludar a la dueña, recibia en el rostro un torrente de agua que le cegaba y ahogaba, desgracia que el trataba de disimular diciendo con toda galanteria:

- !Como ha de ser! no hay rosa sin espinas ...

Y asi seguia el juego por largo rato, ellos aguantando un diluvio de agua que les dejaba ensopados, y ellas recibiendo los huevos de cera, que se estrellaban en sus manos, perfumandolas con exquisitas esencias, no sin que de vez en cuando se oyese gritar:

- !Puf! Esta podrido.

Cuando ambos beligerantes quedaban ya rendidos de la refriega, empezaba la parte galante de la fiesta. Los caballeros arrojaban a manos llenas cartuchos de confites, y ahi era el gritar y manotear de los chicuelos, que estaban a los desperdicios, lanzandose en masa sobre la vereda cuando algun cartucho no llegaba a su destino, empujandose, pateandose,

por agarrar la codiciada presa, mientras los jugadores hacian toda clase de esfuerzos para barajar las coronas que en cambio de los confites les llovian, retribuyendo ellos todavia el obsequio con cajas especiales, de antemano destinadas a fulana y a sutana, a quienes las enviaban por medio de sus sirvientes, no atreviendose a correr el albur de que al arrojarlas cayesen entre la turba multa de harrapiezos que andaban a caza de gangas.

Venian, por fin, los saludos, que por lo general iban rociados de algun jarrazo especial, combinado con la mucama, estrategicamente colocada para no errar el golpe, y tras de esta humeda despedida, retirabanse los jugadores, mojados hasta la medula de los huesos, las camisetas lacias, destiñendo el azul o el rojo de la tela sobre los pantalones, pero muy orondos con sus coronas, terciadas al hombro, cifrando cada cual su orgullo en el mayor numero de las conquistadas en la accion que acababan de librar. !Pobres coronas! al finalizar la jornada, solo quedaba de ellas algun jiron de tarlatana marchita, y como triste realidad, el arco de barrica en torno del cual la delicada mano de fulanita abullonara crespones y tules para obsequiar a su campeon.

Muchas veces, cuando las heroinas estaban ya muy tranquilas haciendo el recuento de los regalos y narrando los episodios del combate, se veian de repente sorprendidas, invadidas por un grupo de intrepidos que iban a librarles batalla dentro de sus propias trincheras. Gritos, cerramientos estrepitosos de puertas, vidrios rotos, repliegues de las jugadoras a un rincon, y protestas de los dueños de casa; tal era el comienzo de la lucha. El campo de batalla era la sala, prudentemente desamueblada desde el dia anterior, sin alfombra, sin cortinas, sin ningun adorno, en fin, mas que la gran tina de baño colmada de agua, el baño de asiento, la tinaja, los tachos grandes de la cocina, y todo cuanto cacharro pudiera servir de deposito para tener mucha agua a mano.

Repuestas las niñas del susto, emprendian el ataque provistas de sus jarros pues buen cuidado tenian de no dejar sus armas para que el enemigo las aprovechase. Defendianse los hombres como podian, con las manos, con el sombrero, con lo que les caia al alcance, pero generalmente acababan por quedar vencidos, porque es irresistible una carga de jugadoras de esas que se calientan en la refriega y ya no miran para atras, arrojando agua mientras tienen agua, y concluyendo a jarrazo limpio cuando ya no tienen con que mojar. Escurrianse los asaltantes como podian, perseguidos hasta en la escalera, por la servidumbre que hacia de reserva a las patronas, pero frecuentemente sucedia que el menos listo o el mas aturdido quedaba solo, encerrado dentro de un circulo femenino que, no por serlo, era menos terrible, y entonce pagaba el la calaverada, por el y por sus compañeros. Esta le aturde con un jarro de agua en los ojos, aquella le aplasta encasquetandole un balde lleno en la cabeza, la otra le pellizca de un brazo, tironeandole la de mas alla de las orejas, hasta que, entusiasmadas de veras, cargan las cuatro con el, y a pesar de sus manotadas y pataleos, le zambullen dentro de la tina, y de buena gana le ahogarian, si la oportuna intervencion del dueño de casa no pusiese fin a la gresca. !Como salia de mohino y cariacontecido el zarandeado asaltante, es cosa que ya el lector sobradamente se imaginara ... !

Habia tambien los jugadores hipicos, grandes jinetes que se lucian cerrandole piernas al caballo para pasar por entre dos cantones en medio de una granizada de huevazos y una lluvia de bombas, costalando el caballo sobre las piedras azorado con la bulla, con los proyectiles que lo herian, con lo resbaladizo del suelo y con la constante amenaza de los lados y del frente y de atras, sin atinar por donde huir para librarse de aquel infierno.

La calle, sembrada de retazos de papel y de cascaras de huevo, denunciaba a los jugadores que, ocultos tras los pretiles de las azoteas, acechaban a los incautos. De repente aparecia un transeunte, y mirando con cara de pillo, se aventuraba por la cuadra peligrosa, en la seguridad de burlar a los que le esperaban. Si las bombas y cascaras estaban sobre una acera, tomaba el por la de enfrente, calculando entre si que los jugadores estarian encima de el, y contra ellos se defendia pegandose todo lo posible a la pared para resguardarse con las cornisas y balcones. !Inocente!. Cuando mas contento iba, felicitandose de su travesura y sonriendose del chasco que habia dado !zas! de atras de una puerta que el ni sospechaba, le disparan un balde de agua que le ensopa de los pies a la cabeza. Aturdido por la sorpresa y temeroso de una nueva arremetida, saltaba al medio de la calle, y entonces le aprovechaban los de arriba, apedreandole a huevazos, haciendole tambalear a baldes de agua y muchas veces, dando con el en tierra de un bombazo certeramente acomodado en la cabeza. Entonces se armaba un a de silbidos, de gritos, de toques de corneta y de matraca que atraian a todos los curiosos, prudentemente aglomerados en la esquina, y cuando mas encantados estaban estos gozando con las desgracias del caido, !cataplum!, llovia sobre ellos toda una tina de agua que les dispersaba echando pestes y maldiciones contra el travieso que tan donosamente les habia burlado.

!Oh! !Los buenos tiempos! Y se fueron para no volver. Ahora todo es mezquino y raquitico. Se juega con pomitos, ridiculo remedo de aquellas monumentales jeringas cuyo grueso chorro alcanzaba hasta los miradores y los mismo que los jugadores, se van las mascaras, aquellos "mascaraos" tipicos que ha pintado de mano maestra Dermidio De Maria, describiendo a los marqueses y las pastoras sudados ellos dentro de sus casacones de terciopelo, y despeadas ellas con los zapatos estrenados ese dia, y domados en una continua caminata desde las doce hasta la puesta del sol, para seguir despues el burreo en los trasijados bailes de rompe y raja, en que van las parejas ceñidas como los hermanos siameses, haciendo de dos cuerpos un solo bloque que se menea como un !ay de mi! y suda mares desde la punta del pelo hasta ... !no descendamos, por higiene siquiera, hasta esos extremos que no hay para que nombrar! ...

?Donde se han ido los condes de la carreta de alambre con la boca de resorte para fumar una tagarnina? ?Donde, los indios de camiseta de punto, adornada la cintura y la cabeza con desperdicios de plumeros?

?Que se han hecho los turcos de cabeza atada con pañuelos de algodon, luciendo sobre la ropilla la licencia policial, y holgadamente calzados con amplias alpargatas?

"Los infantes de Aragon ?Que se hicieron? ?Donde estan?"

Ya no se ven aquellas comparsas heterogeneas, formadas por acumulacion en torno de un acordeon y una pandereta, sin conocerse los unos a los otros, vinculados momentaneamente por el deseo de marchar al compas de una musica cualquiera, y disolviendose de la misma manera que se agruparon, sin darse siquiera las buenas tardes, elementos congeneres en el modo de ser, que se agrupan como lo hacen los pajaros, en bandadas, aunque sean de diversa procedencia y plumaje, solo porque son pajaros, como solo por ser turcos todos ellos se empandillaban aquellos "mascaraos" de los buenos tiempos.

 Febrero 4 de 1883 De "Cronicas Montevideanas de un siglo atras" de Sanson Carrasco.

 

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CRONICAS MONTEVIDEANAS, de Sanson Carrasco

 Sanson Carrasco (1849-1930), seudonimo periodistico de Daniel Muñoz, nacio en Montevideo dos años antes del fin de la Guerra Grande. Es, pues, contemporaneo de Acevedo Diaz (1851) y de Zorrilla de San Martin (1855) y aunque su obra no alcance las dimensiones ni la importancia de la de estos, sus cronicas no han perdido vigencia, y se pueden leer hoy sin que el lector necesite un "acomodamiento" previo a las modas literarias o a las retoricas epocales.

En la epoca de las cronicas Montevideo tenia 200.000 habitantes (1887) y los "tramways", a caballo por supuesto, estiraban sus rieles hasta barrios lejanos, que en la epoca debieron parecer remotos.

 Cuando en el año 1878 Daniel Muñoz fundo La Razon, "sin otro programa que combatir al catolicismo y demas religiones positivas" y defender el espiritualismo liberal, comenzo una doble tarea, de editorialista en su calidad de director, y de cronista con el seudonimo de Sanson Carrasco. 

Sus articulos se pudieron leer en La Razon durante veinte años. En 1884 fueron recogidos por primera vez bajo el nombre de "Coleccion de Articulos". Fue embajador en Buenos Aires, primer Intendente Municipal de Montevideo en 1909-1911 y Ministro de Relaciones Exteriores en 1919.

 Sanson Carrasco es, sin duda, nuestro primer gran costumbrista. El genero estaba en boga en toda la America Española y habia dado lugar, junto con la Leyenda Romantica a una obra tan importante como la del peruano Ricardo Palma. Pero Daniel Muñoz ni echa mano a la fantasia ni es un memorialista, sino un costumbrista nato, no inventa ni transpone los datos de la realidad, ni hurga en los libros de la historia ni en la memoria de los viejos, sino que escribe sobre lo que vivio y conocio

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(68) El corneta Sayago - Montevideo 1882

 

En todas las agrupaciones sociales se destacan de entre el hacinamiento de la poblacion, ciertas entidades que, sin estar rodeadas de los prestigios que granjean el talento y el valor, alcanzan a veces mas extensa popularidad que las personalidades eminentes.

Esos tipos son de todos conocidos y de todos estimados, sin que muchas veces haya mas razon para esa popularidad que la de imponerse ellos mismos por alguna particularidad, que acaba de ser un rasgo fisonómico de la sociedad en que se agitan, incrustándose como un hábito en las costumbres que caracterizan a cada pueblo.

 En Montevideo, por ejemplo, a nadie sorprende el toque marcial del clarín a cualquier hora del día o de la noche. Ese mismo toque, que en Buenos Aires, llamaría a las puertas y ventanas a todos los pacíficos industriales de la gran ciudad: apenas si despierta entre nosotros a los chiquillos que duermen, o hace poner el oído atento al extranjero llegado ayer a estas playas.

 - Es Sayago, - decimos todos, y ese simple apellido basta para explicar la causa que motiva el toque, que desde lejos viene oyéndose con intervalos, hasta que llega a la cuadra y taladra con sus penetrantes notas las puertas y las paredes, yendo a repercutir en los fondos de las casas, donde provoca chismes y cuentos de la servidumbre sobre Sayago y su clarín, instrumento que forma ya parte de su organismo y va tan unido a él, que separarlo sería dejar incompleta su personalidad de uno de sus más pronunciados rasgos.

 Todos conocen a Sayago, pero no todos conocen sus antecedentes, ni ciertas peculiaridades resaltantes de su vida. Ni siquiera habrá dos de sus más íntimos que sepan la edad que tiene. Sayago es un negro al parecer jóven, de facciones afiladas, delgado, de regular estatura, de mirada inteligente, de barba escasa, y la cabeza poblada con una mota espesa y renegrida. Echándole por lo alto, a cualquiera se le ocurre que tendrá entre cuarenta y cinco y cincuenta años.

 - !Quién me los diera! contestaría Sayago a quien tal dijese. Según su cuenta, nació al año uno del siglo actual, y tiene, por consiguiente a la fecha la respetable edad de ochenta y un años, que por cierto no le pesan ni le estorban para recorrer con toda agilidad cuadras y cuadras, a paso ligero, como si fuera un mocetón de veinte abriles.

 Nació Sayago en Lucango, población situada en la costa Occidental de África y comprendida en el reino de Congo, bajo la dominación de Portugal, y corre por sus venas sangre aristocrática. Su padre fué el cacique Lucango Cabanga, y su madre la respetable matrona Joanna Quicola, quien puso especial esmero en la educación de éste que hoy conocemos por Sayago, y cuyo verdadero nombre es Antonio Lucango Cabanga, ciudadano africano, nacido bautizado y amamantado a la sombra del pabellón de la muy poderosa casa de Braganza.

Tan precoz se mostró el negrillo, que a los diez años ya al servicio de su patria, embarcándose en calidad de ordenanza en el bergantín de guerra "Promptidão", a las órdenes del comandante José Clemente Guimaraens Silva da Costa, quien, por lo visto, podía lastrar el buque con sólo cargarlo con sus nombres y apellidos.

 Hacía el "Promptidão" oficio de crucero para impedir el comercio de esclavos, y en una de sus excursiones, llegó por primera vez a Montevideo el año 1811, trayendo a su bordo al hijo del cacique del Congo, cuyos recuerdos de aquellos tiempos son algo confusos, aunque hace memoria de haber conocido la Matriz, ubicada entonces en el solar que hoy ocupa el Club Inglés, techada de paja, y dando frente a un potrero en que pastaban vacas y caballos, que eso y no otra cosa era por aquella fecha nuestra Plaza Constitución, adornada hoy con fuentes y bancos de mármol.

 El "Promptidão" levó anclas un día, y junto con las anclas se llevó al negrito Antonio, quién siguió creciendo a bordo hasta que el bergantín no pudo más, y vino a dar con su casco en la Punta de Yeguas allá por el año de 1839, donde a la sazón estaba, como está todavía hoy, el saladero de Sayago, regenteado por un tal don Julián Contreras, quien tomó a su servicio al moreno, suplantando a su apellido de regia estirpe africana, el del dueño del establecimiento que administraba. 

Y he ahí por qué Antonio Lucango Cabanga vino, con el andar de los tiempos, a llamarse Antonio Sayago, sin haber nunca sido esclavo, pues libre nació y libre ha vivido hasta la fecha, sin reconocer mas autoridad que la de su respetable señor padre y la del Gobierno bajo cuya bandera vió por primera vez los picantes rayos del sol africano.

A poco vino el Sitio Grande, y no hay para que decir que ni sus fueros de príncipe, ni su carta de ciudadanía portuguesa, bastaron al jóven Lucango para escapar a las estrecheces del servicio militar, y sin más ni más tomó el uniforme, valiéndole su buena disposición el ser pronto promovido a sargento de órdenes del Batallón 2o. de Guardias nacionales, que mandaba el entonces coronel don José María Muñoz.

 Nueve años combatió Sayago, y por cierto que el encontrarse fuerte y robusto no lo debe a la buena vida que pasó en la línea, donde:el descanso era el pelear y el dormir siempre el velar;  y a fé que, según cuentan las crónicas, no era Sayago el último en las guerrillas, ni de los que dormían con los dos ojos, pues era siempre el primero que se presentaba listo y pronto a cualquier hora que se le buscase.

 Vino después la calma, se hizo la paz aquella en que se declaró no haber vencedores ni vencidos, volvieron los aceros a las vainas y los fusiles a los armeros, los soldados tornaron a sus casas convirtiéndose en simples ciudadanos, pero no volvió Sayago, quién quedó uncido al yugo del uniforme, aunque ya más aliviado de servicio, pues, debido a sus tendencias y aptitudes filarmónicas, ingresó como corneta pistón en la banda del Regimiento de Artillería.

 Si mis apuntes no estan del todo errados o equivocados, Sayago se casó por aquel tiempo, y buscando compañera digna de su real estirpe, eligió por esposa a Eugenia Rivera, hija de Tia Catalina Vidal, morena de campanillas, célebre por sus pasteles y empanadas, cuya fama trasciende todavía, perpetuadas por las manos de su hija, que heredó de Tia Catalina el secreto de aquellas hojaldres sutiles como encajes, y de aquellos recados de vigilia que hacen la delicia de los que aún observan la costumbre "de no comer carne" en los días clásicos de la Semana Santa.

 Yo la recuerdo todavía, a la Tía Catalina, con su canasto de caña tejida equilibrado en la cabeza sobre un rodete de trapo, contoneándose por esas calles, con su rebozo a media espalda, y la mano apoyada en la cadera, recorriendo las casas de sus marchantes. Y recuerdo, también, cuando ponía en el suelo su canasto, y ella en cuclillas, quitaba primero la blanca toalla que lo cubría, y enseguida iba levantando una tras otra las frazadas dobladas que servían de abrigo a los pasteles, arreglados allá en el fondo en una doble camada, humeantes todavía como si acabasen de salir del horno. Mas de una vez, yo muchacho, y goloso, quise meter la mano en el canasto para tomar alguna hojaldre suelta, almibarada con el azúcar revenida por el calor de la masa, y más de una vez, también, Tía Catalina castigó mi golosina pegándome en la mano, indignada de la profanación de su canasto, consagrado como urna sagrada de la pastelería, donde sólo ella podía revolver sin desarreglar el orden de la estiba, en lo cual estribaba el secreto de conservarse la mercadería caliente.

 Eugenia, la mujer de Sayago, no va por las casas como la Tía Catalina. Su aristocrático enlace no le permite lanzarse a la calle, y orgullosa de su habilidad, recibe órdenes a domicilio, sentada al lado de su horno de ladrillos y barro, tibio por lo menos siempre, pues raro es el día en que no sale de allí horneada de pasteles y empanadas que sólo disfrutan los viejos marchantes; porque, eso sí, Eugenia Vidal de Sayago no trabaja para cualquiera, aunque le hagan saltar las monedas de oro o de plata ante los ojos. Apenas si, como homenaje de respeto a la memoria de su madre, sirve a los que fueron parroquianos de Tía Catalina. 

Fructífero en demasía fué el casamiento de Sayago con Eugenia, quien hasta esta fecha ha enriquecido el linaje de los Lucango con la friolera de veintiún descendientes, de los cuales, los siete son varones, y mujeres las catorce restantes. Es de creer que Sayago se dé por satisfecho con esa respetable prole, máxime teniendo en cuenta que el árbol genealógico de su familia continúa echando nuevos brotos, pues cuenta ya hasta siete nietos, y dada la fertilidad de los abuelos, no hay porqué dudar que la multiplicación de la especie seguirá adelante.

El año 59, aprovechando la oportunidad de un buque que partía para Loanda, creyó de su deber Sayago ir a saludar a sus ilustres padres, de los cuales sólo encontró vivo al cacique Lucango Cabanga, tan fuerte como si no hubiese pasado por él un sólo día, y siempre querido y respetado de sus súbditos.

 Grandes festejos hubo con tal motivo en la aldea de Lucango. Se bailaron candombes interminables, se destaparon sendas botijas de chicha, y en retribución a aquellos obsequios, Sayago tocó algunas piezas en su clarín, despertando con estridentes notas los ecos de las selvas africanas, y atemorizando en sus guaridas a los leones y panteras que las pueblan.

 Después de algunos meses de candombe y jolgorios, Sayago habló de volver. Su venerable padre y todos los dignatarios de la corte hicieron supremo esfuerzo para retener a aquel compatriota ilustre: mas de una belleza conga dejó escapar un suspiro por entre sus labios de grana y puso los ojos en blanco tratando de seducir al ingrato que la abandonaba, pero Sayago hizo presente sus deberes de esposo y de padre, habló al viejo Lucango de las virtudes de su nuera Eugenia, demostró la necesidad de su presencia para vigilar la educación de los veintiún Lucanguitos que había dejado, y después de una tierna despedida se embarcó en el bergantín "Oriente", llegando a Montevideo nuevamente a mediados de 1860.

 Sólo entonces fué cuando se le ocurrió poner su clarín al servicio del público, y libre ya de sus compromisos militares, se dedicó a pregonero y distribuidor de anuncios, atrayendo la atención de los transeúntes con los acordes marciales de su inseparable trompeta.

No hay empresario de teatros o de circos que no eche mano de Sayago para repartir los carteles del espectáculo. Piria debe en gran parte su popularidad de martillero a los toques de clarín con que Sayago pregona la interminable venta de solares en el "Recreo de las Piedras"; y tal importancia se dá al instrumento, que no ha mucho fué contratado especialmente para anunciar, no recuerdo que publicación de Buenos Aires, donde alcanzó Sayago gran popularidad en un par de días, viéndose seguido por las calles y por plazas de un gran séquito de curiosos, atraidos por los ecos de la Marsellesa, el himno de Riego o la marcha de Garibaldi, que son las tre piezas predilectas que ejecuta en su clarín.

 Estamos en verano. Los tendidos de la plaza de toros estan poblados por seis u ocho mil espectadores que ansiosos esperan el comienzo de la lidia. La impaciencia se traduce en un clamoreo infernal que termina en un coro acompasado, en que todos toman parte al grito de: "!Son-las-tres! !Son-las-tres!" y cuando el bullicio crece, y las imprecaciones por la tardanza amenazan convertirse en zambra, una nota estridente y prolongada domina todas las voces, apaga todos los murmullos, y repercute en todos los ambitos de la plaza, hasta que sus ultimos ecos mueren entre el clamoreo unanime y espontaneo de un "!Viva Sayago!" con que el publico aclama a nuestro Lucango, cuyo clarin ha dado la orden de abrir la puerta del brete.

 Salta la fiera al medio del circo, nerviosa e inquieta, buscando en quien cebar la punta de sus afiladas guampas, arremete con los picadores impotentes para contener su empuje que llega hasta el caballo, desgarrandole las entrañas, corre la sangre, afananse los diestros, crece la griteria, y sobrepuestos ya a las conveniencias de la educacion de los instintos animales del hombre, se piden mas victimas, hasta que nuevamente se hace sentir el clarin de Sayago para poner fin a la matanza de caballos, y ordenar la suerte de banderillas, de las que una vez bien adornado el morro del toro, se toca a matar, toque a que Sayago da toda la solemnidad del caso, prolongando las notas y rematandolas con un chillido agudo como la punta del estoque que hiere a la irritada fiera.

 Concluida la temporada tauromaquica vuelve Sayago a sus cuarteles, y en los dias de santos populares o aniversarios patrios, organiza murgas, al frente de las cuales recorre las casas de todos los Juanes y Pedros o Antonios que sabe el han de retribuirle la atencion con una propina decente. El 25 de Mayo saluda a toques de clarin a todos los argentinos bien acomodados, el 14 de Julio festeja a los franceses, el 24 de Mayo, dia de la reina Victoria, cumplimenta a los ingleses, en el aniversario del Estatuto les da musica a los italianos, y a todos ellos, a españoles, a italianos, a franceses y a ingleses, les dirije discursos alusivos al festejo, hablando a cada uno en su idioma, pues entre sus muchas habilidades se jacta Sayago de ser poliglota, y para probarlo, habla el castellano pasablemente, bastante bien el portugues, chapurrea el ingles, maltrata el frances, tartamudea el italiano, disparata en vasco y hasta masca silabas incomprensibles que, segun el, tienen su significado congo pretendiendo que: "Angola-ya-ilange ya-samba-ogina-dia tata-me-gana-lucango-cabanga" quiere decir traducido al español: "Mi padre se llama Lucango Cabanga, y es natural de Angola."

Aqui si que viene a perillas aquello de:

el mentir de las estrellas,

es muy seguro mentir,

pues que ninguno ha de ir,

a ver lo que pasa en ellas.

 Pero, puesto que Sayago lo dice, y no tengo yo fundamento para dudar de su palabra, es necesario admitir que habla en congo, mientras no se pruebe lo contrario, asi como tambien debe creerse lo que dice de su padre, y es que vive todavia, contando a la fecha la matusalenica edad de ciento cincuenta y cuatro años, lo que da a Su Majestad Lucango Cabanga una respetabilidad biblica, patriarcal y sobre todo envidiable. 

Y todavia dice mas Sayago: y es que el viejo Lucango, a pesar de su siglo y medio, se permite el lujo de aumentar su tribu año tras año con Lucanguitos, hermanos menores de este que todos conocemos, y que tiene ya la friolera de ochenta y un inviernos ... !Esa no cuela, Sayago... ! 

Lo que mas distingue al heroe de mi cuento es la cortesia. !Sayago es un saludador terrible! Si diez veces encuentra a uno por la calle, diez veces le ha de sacar el sombrero, y otras tantas le ha de preguntar por la familia, y le ha de desear mil felicidades, y le ha de encargar muchos recuerdos por casa, siempre con el sombrero en la mano, el ademan respetuoso, y sin la mas minima insinuacion en demanda de una propina.!Eso no! Sayago no limosnea. Recuerdo, con este motivo, que en una de las conferencias que sobre este pais dio en Paris el Baron de Rasse, esposo de doña Pilar Solsona, refiriendose al desprendimiento de este pueblo, dice que una vez, cruzando por la Plaza Constitucion, encontro un moreno que repartia una publicacion a toque de clarin, y que, habiendo tomado un ejemplar y queriendo retribuirle con una moneda, vio con sorpresa que el moreno la rechazaba.

!Era Sayago! Sayago a quien le pagan para que reparta anuncios, y a cuya honradez repugnaba aceptar lo que aquel caballero creia el costo de la publicacion que habia tomado. Esa honradez es la que le ha franqueado las simpatias que tiene. Sayago es lo que se llama un hombre de entera confianza, y en toda su larga vida no tiene un solo antecedente que afecte a su reputacion.

 Es activo y emprendedor; no pierde ocasion de hacer negocio, reparte esquelas, distribuye prospectos, pregona remates, o desde un extremo a otro de la ciudad, se oye todos los dias el toque de su clarin, alegre y sonoro como una diana, cuyo eco repercute en todos los oidos, y sobre todo en el de su esposa Eugenia, que sabe muy bien que aquellos acordes y sonatas, estan representando el pan y el puchero en cuyo torno juguetean, descalzos y a medio vestir, los nietos de Su Majestad Conga, el insigne Lucango Cabanga, padre de aquel negrito que llego a Montevideo alla por el año 11, a bordo del bergantin "Promptidao", y que hoy todos conocemos por el apodo de: "el corneta Sayago".

 Marzo 5 de 1882 De "Cronicas Montevideanas" de Sanson Carrasco.

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(56) Pedro Campbell - Comandante General

de la Armada Artiguista en el Litoral Argentino

 De Evocaciones Montevideanas de Roberto Ellis

Las cenizas del escoces Lord Thomas Cochrane, Decimo Conde de Dundonald, Almirante de la Escuadra Britanica, y heroe de la independencia de Chile, Peru y Brasil, descansan bajo los arcos ojivales de la abadia de Westminster. Guillermo Brown, marinero irlandes, Capitan de barco mercante, heroe maximo de la Marina Argentina, a la que ingreso llegando a obtener el grado de Almirante, dejo escritas, en ingles, sus memorias, escritas en sus ultimos años a pedido de Bartolome Mitre, memorias que han sido traducidas al castellano. Sus restos descansan en Buenos Aires, en su patria de adopcion.

 Hace pocas semanas llegaron a nuestra ciudad para recibir el homenaje del pueblo uruguayo y darle honrosa sepultura las cenizas del marino irlandes Pedro Campbell, brazo derecho de Artigas en las provincias de Corrientes y Entre Rios, y Comandante General de la Marina Artiguista. Mas modesto en su carrera; pero no por ello menos grande por sus condiciones de pericia, heroismo y su generoso desprendimiento para servir con sacrificio la noble causa de la libertad.

Que fuego ardia en el corazon de este heroe, que anhelo tan intenso y sincero de libertad, que no titubeo en abandonar su trabajo en abril de 1814, para incorporarse a las fuerzas de Artigas. En el idealismo de estos heroes, habia mucho del romanticismo de la epoca, pues ellos sirvieron aqui en America, con la misma generosidad con que Lord Byron ofrecio su vida por la independencia de Grecia. 

Pedro Campbell, marinero irlandes, llego al Rio de la Plata en el año 1806 con las primeras invasiones inglesas bajo el mando del Almirante Pophan y del General Beresford. Varios autores consideran que Campbell se quedo en la Argentina, como desertor, ya que era catolico, y posiblemente se encontro mejor en tierras donde se practicaba su religion. Hay que tener en cuenta que en esa epoca en las Islas Britanicas, los catolicos estaban privados de ciertas libertades, que recien se obtuvieron bajo el gobierno presidido por el Duque de Wellington en 1828.

 Pero esta version que era generalmente aceptada, tiene otra explicacion, gracias a la referencia que me ha hecho el señor Leandro Ruiz Moreno, Director del Museo Historico de Entre Rios "Martiniano Leguizamon", de la ciudad de Parana, provincia de Entre Rios, a quien estoy sumamente reconocido por su amabilidad. Dice asi: "Benigno Teijeiro Martinez, en su historia de la provincia de Entre Rios, tomo 1o, pagina 388, llamada 19, hace la siguiente referencia: "Era ingles o irlandes, segun otros; habia venido al Rio de la Plata, como soldado, en el ejercito de Beresford y como se hallase enfermo en un hospital, al tiempo que Liniers reconquisto Buenos Aires, se quedo en el pais".

Esta importante referencia destruye la version conocida de que habia quedado como desertor. Ahora en cuanto a su nacionalidad, no hay la menor duda de que era irlandes, aunque posiblemente de remota ascendencia escocesa, como se vera mas adelante. 

En el libro "Cartas de Sud America" de J.P. y G. P. Robertson, traduccion de Jose Luis Busaniche (paginas 77 y 78) dice: "que era hijo de la isla Hermana (Irlanda)", y mas adelante se refiere "al ingles mal hablado por un irlandes". Lo cual prueba que a Robertson, que era escoces, le chocaba de sobremanera el mal ingles irlandesado de Campbell, quien por su apellido no cabe duda era de ascendencia proxima o remota escocesa.

 Algunos genealogistas atribuyen el apellido Campbell, como de origen anglo-normando, y lo derivan del apellido latino de Campo Bello; pero otros sostienen que es un apellido celta de origen escoces, con ramificaciones en Irlanda. Ya en el siglo XII, en Escocia en la Baronia de Lochow, Condado de Argyll, figuraban los Campbell, y desde esa epoca el jefe del clan lleva el nombre gaelico de Mac Calein Mor. A fines del citado siglo XII, los Campbell sirvieron al Rey Roberto Bruce, de Escocia. Otros Campbell, descendientes de estos primeros, tenian tierras en Glenorchy, adquiriendo mas tarde tierras en Lawers, Condado de Perth. Tambien en el siglo XV, viven en el Condado de Pembroke, Campbells descendientes de los Glenorchy, y asi por otra parte de los Highlands. Se sabe asimismo que algunos fueron a Irlanda, de donde debe provenir nuestro heroe. En Escocia hay un tartan cuyo dibujo y colores pertenece a los del Clan Campbell.

Pocas veces se ve un caso de adaptacion tan grande a las costumbres del pais como este Pedro Campbell que se convirtio en un gaucho irlandes, que por su valor rayano en temeridad, fue pronto respetado por todos los gauchos y los indios.

 Nada mas grafico que la descripcion que hace el escoces John Parish Robertson de su primer encuentro con Campbell ("Cartas de Sud America" pagina 76): "Hallandome sentado una tarde bajo la galeria de mi casa, llego muy cerca de mi silla un hombre a caballo; era un tipo enjuto, huesudo, de torvo aspecto y vestia como los gauchos llevando ademas dos pistolas de caballeria y un sable de herrumbrosa vaina, pendientes de un sucio cinturon de cuero crudo. Tenia la patilla y el bigote colorados, el pelo enmarañado del mismo color y formando greñas espesas debido al sudor y al polvo que lo cubria; el rostro requemado por el sol parecia casi negro y estaba cubierto de ampollas hasta los ojos". Mas adelante refiere que venia acompañado de otro irlandes a quien Campbell llamaba su "paje".

 Robertson al verlos llegar con ese aspecto dijo para si: "Ave Maria, ora pro nobis" y un poco mas adelante dice lo siguiente: "Me dirigi al interior de la casa para ordenar que trajeran cerveza o aguardiente y algunas monedas de plata, pero cual no seria mi sorpresa (y tambien mi satisfaccion) cuando el que hacia de superior se saco respetuosamente la gorra, hizo una cortesia bastante desmañada y me dijo en mal español y con acento que no era de gaucho criollo:

-No se aflija señor Robertson, estamos bien aqui -. El acento con que hablo en español, el rostro mismo, el pelo rojo y los ojos grises y brillantes, me revelaron enseguida que se trataba de un hijo de la isla Hermana (Irlanda), transformado en gaucho, y en un gaucho de aspecto mas imponente que todos los nativos conocidos por mi". Recobrado mi sorpresa, pregunte al extraño huesped "a quien tenia el honor de hablar?" ...

!Por Dios! - exclamo -. ?No conoce a Pedro Campbell? ... Canbel - agrego acentuando mucho la ultima silaba -. Pedro Canbel como me dicen los gauchos. ?Asi que nunca me oyo nombrar por ahi? ... Entonces usted es el unico caballero que no me conoce en la provincia. !Oh!, Mister Campbell! - le conteste - no solamente lo conocia de nombre sino tambien de fama, aunque esta es la primera vez que tengo el honor de saludarlo".

Grande fue el trato que los hermanos Robertson tuvieron desde ese momento con Campbell, relaciones comerciales en las cuales pudieron aquilatar la honradez de nuestro heroe, asi como la agil imaginacion que le permitia resolver rapidamente los problemas mas dificiles. El mayor elogio de estas condiciones esta sintetizado en esta frase de John P. Robertson: "No pude dejar de pensar en que jefe de administracion hubiera sido un hombre como Campbell y lamente no haberle visto emplear sus condiciones en servicio del Duque de Wellington". 

Los primeros años que paso en la Argentina estuvo en la provincia de Corrientes, trabajando como curtidor en el establecimiento de Don Angel Fernandez Blanco. Rotas las relaciones entre el Directorio de Buenos Aires y Artigas, Campbell que por los años de residencia en campaña se habia compenetrado de sus necesidades, no titubeo en abrazar los ideales republicanos y federales, ofreciendo sus servicios al General Jose Artigas, quien le encomendo el mando de una flotilla en el Rio Parana. Asi fue como el gaucho irlandes que habia recorrido la provincia de Corrientes, derrochando coraje y valentia, se vio convertido en marino, para enfrentarse con marinos o militares celebres a los que logro vencer o los obligo a retirarse, no sin sufrir, como es logico, en algunas ocasiones fuertes perdidas entre sus tropas.

Tuvo durante años un verdadero dominio sobre el Rio Parana, impidiendo que el dictador Francia pudiera enviar ayuda a los de Buenos Aires para destruir el poder de Artigas en las provincias argentinas.

 Teodoro Caillet Bois, marino e historiador argentino, en su obra "Historia Naval Argentina", (pag. 200) dice: "Al mando de esta fuerza anfibia viene el general Campbell, ex marinero irlandes desertor de la primera invasion inglesa que se ha destacado por su hombria entre los capitanes artigueños". Ya hemos visto antes que no era desertor, sino que se quedo en la Argentina por estar hospitalizado cuando se retiraron las fuerzas inglesas, y por otra parte vemos que este historiador argentino reconoce la hombria de Campbell.

Pero para medir las grandes dotes militares y navales de Campbell, debemos recordar que con tropas irregulares formadas por gauchos e indios, se enfrento con fuerzas superiores al mando del General Juan Jose Viamonte, las del General Juan Ramon Balcarce, la escuadrilla de Buenos Aires, al mando del marino frances Angel Hubac, que habia tenido destacada actuacion en el combate de Martin Chico y tambien habia peleado en otras oportunidades bajo las ordenes del Almirante Brown.

Las campañas de Santa Fe, el sitio a la Capilla del Rosario (hoy Rosario de Santa Fe), Carcaraña, Barrancas, Cepeda y San Nicolas fueron combates donde Campbell con su nueva tactica de combate no ceso de perseguir y cargar sobre los renovados ejercitos de Buenos Aires, con tanto exito que Bartolome Mitre hace el siguiente juicio: "Era este - dice Mitre - el inventor de una nueva tactica de combate que consistia en que la infanteria montada y armada de fusil con bayoneta, cargaba a gran galope como caballeria, se dispersaba en guerrillas del mismo modo, echaba pie a tierra por parejas o grupos, cuidando uno de los caballos y rompia el fuego dentro del tiro de fusil. En caso de avance, se reconcentraba y cargaba a pie o a caballo, segun obrase como infanteria o caballeria, y en caso de retirada, saltaba rapidamente sobre sus caballos y se ponia fuera del alcance de su enemigo. Esta operacion era protegida por escuadrones de verdadera caballeria que servian de reserva". Tactica similar a esta que le habia dado tan buenos resultados para los combates en tierra, empleo en los combates navales, abordando por sorpresa a las nave enemigas en medio de la griteria de los indios y gauchos que tomaban por sorpresa a Hubac, quien no sabia como actuar rapidamente para contrarrestar estos ataques.

Ademas del gran aprecio en que era tenido por Artigas, Campbell conto con la amistad del Gobernador Mendez, de Corrientes, amistad que quedo probada en muchas oprtunidades por el mutuo apoyo que se prestaron , y fue distinguido en tal forma por Mendez, que le dio uno de sus hijos como ahijado. Tambien era muy apreciado por los caudillos del litoral argentino; Lopez, de la provincia de Santa Fe y Ramirez de la provincia de Entre Rios, con quien peleo en la batalla de Cepeda. Grande tiene que haber sido la desilusion de Campbell, cuando Ramirez, su compañero de armas, abandona la causa de Artigas, seducido por los planes de Buenos Aires, y comete el incalificable acto de mandarlo engrillado al Paraguay, para que el dictador Francia castigara a Campbell por los perjuicios que habia ocasionado al comercio paraguayo.

Sin embargo, y contra lo que esperaba Ramirez, su propio ayudante Villanueva y otro oficial que llevaron a Campbell y a Bedoya engrillados al Paraguay, fueron encadenados por orden de Rodriguez de Francia, en cambio Campbell quedo simplemente detenido bajo vigilancia en la Villa del Pilar, donde volvio a ejercer su antiguo oficio de curtidor hasta el año de su muerte acaecida en 1832.

El valiente comandante de la Marina Artiguista, siguio en el mismo camino de su jefe el General Artigas, quien paso sus ultimos treinta años en el Paraguay, acompañado de su fiel servidor "Ansina" Manuel Antonio Ledesma. Hoy despues de muchas decadas vuelven a estar reunidos en nuestro suelo patrio, las cenizas de quienes estuvieron tan ligados por sus ideales de libertad y su inquebrantable heroismo.

 De "Evocaciones Montevideanas" de Roberto Ellis

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Estampas Montevideanas de Luis Alberto Varela

Microscopica introduccion del autor Luis Alberto Varela.

 Luis Alberto Varela nacio en Montevideo el 25 de Agosto de 1912. Publico sus primeros poemas en el diario Imparcial en 1930 y posteriormente en la revista Mastil que dirigio el poeta Alvaro Figueredo. Su primer libro, Heme, poemas (1939); Antelacion, critica literaria (1940); Cara y Cruz de la Ezperanza, poemas sociales (1941); Tiempos del Amor y la Amistad, poemas (1943); Mural de Poesia (1945-55). 

Esten atentos, que esto no es un prologo; es una felicitacion de las muchas que debemos a un gran escritor popular uruguayo, a Luis Alberto Varela, pero esta vez por su feliz decision de reunir en un volumen algunas de sus extraordinarias notas que se vivian la calle y en las paginas del diario alla por el Montevideo de la decada del 30, y que, al igual que el tango en la voz de Malena, eran como criaturas abandonadas.

Las cronicas de Varela se abacanaron. Ello no influira en su sentido porque tienen una vida propia tan profundamente humana que, a pesar del ambiente aparentemente sencillo y modesto que respiran, poseen una jerarquia aristocratica: la aristocracia del talento. En la calle o en el libro, pues, en la biblioteca de roble como encima del mostrador de marmol destinadas a envolver un quilo de hueso o un repollo, en manos del intelectual, como en las manos del pibe que vende "a medio los diarios!" en la puerta del estadio, estas Estampas Montevideanas tienen un poderoso y calido aliento, una sangre, una carne y una poesia que las señala en cualquier parte que sea. Si solitas, aisladas, a ley de juego, una por dia en "los papeles con letra" se ganaron el alma de la calle, ahora, todas juntas en un volumen pueden repetir el desafio de Martin Fierro a la indiada: "Entre dos, no digo una pampa: una tribu si se ofrece!...". Entonces ... Arriba los pinos, lonja y madera, y abajen los estandartes y salude la estrella, que los barrios y la ciudad estan de fiesta!. El Hachero. Montevideo 1962

 

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Fondas Montevideanas - Fonda Pontevedra (Montevideo 1930)

La fonda Pontevedra de Perez Castellanos y Cerrito debe haber sido sin discusion, la mas barata de Montevideo y la mas original en cuanto a la riqueza linguistica. Pontevedra no cerro nunca sus puertas, nada mas que los 1o. de Mayo y un ratito las dos tardes de Navidad y Año Nuevo. Un almuerzo o una cena por 20 centesimos, ni en los "Intereses Creados" de Benavente ...

Hacia tres clases de puchero: a la criolla, a la española y de cerdo. Cualquiera de estos tres pucheros - ahora suculentos platos -, costaban con dos pedazos grandes de pan y medio litro de vino (con yapa) 30 centesimos. Pero la especialida